martes, 1 de abril de 2014

Duele que no duela

Guille dice que soy una melodramática: algún tiempo antes de vender el local de Barcelona cambié la cafetería donde solía ir a desayunar por otra más barata para ahorrar unos euros. Era bastante absurdo porque a final de mes no eran más de 15, pero me sentía bien haciéndolo. Ahora que volvemos a tener una economía holgada, quise regresar a mis antiguas costumbres. Me planté delante de la cafetería el lunes a las nueve de la mañana, y estaba cerrada, supuse que era su día de descanso, aunque el cartel con el horario lo contradecía. Volví esta mañana: mismos resultados. Esta tarde, sólo por casualidad, tuve que pasar por la calle Pintor Zuloaga, a la que da uno de sus escaparates, y me di cuenta que los mostradores, que los días de descanso dejaban llenos de dulces, pero cubiertos con papel, estaban completamente vacíos. Una mujer me vio escudriñando el interior a través de los cristales, y me dijo que llevan cerrados desde principio del mes pasado. No sabía mucho, sólo que fue de un día para otro, sin previo aviso, porque ella, como yo, aunque creo que nunca hemos coincidido, también tenía costumbre de desayunar en la cafetería. La mujer se fue y yo seguí observando. En los escaparates aún se ve algún cuenco de cerámica granadina con cuajada de carnaval y las bandejas repletas de bombones perfectamente alineados. Me recordó el banquete de bodas de Grandes Esperanzas. De repente esperaba ver el hocico de una rata asomando por un agujero de la capa compacta de azúcar glasé y canela de la cuajada; pero de momento el abandono sólo se evidencia en una careta de carnaval caída. 



Debería estar cabreada. Me encantaban sus barquillos de chocolate rellenos de nata, sus tartaletas de fresa, los pastelitos salados, las lenguas de gato que se derretían en la boca, los helados de turrón que recordaban a la navidad aunque sólo los dispensaban en verano, y, sobre todo, me encantaba la amabilidad de la chica morena que estaba tras el mostrador de los pasteles y del camarero, extrañamente escuálido, a pesar del lugar donde trabajaba. Pero en los últimos tiempos han cerrado tantos establecimientos que me gustaban mucho, que este es, simplemente, uno más.

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