martes, 25 de julio de 2017

El hilo

Mickey asegura que no le importa si lleno el cuaderno que me regaló exclusivamente con las palabras escuchadas en un dictado de frases absurdas; pero que le gustaría que inventara un cuento para él. Le digo que no es fácil. Necesito un hilo del que tirar, algo que sea el principio de la historia. Tardó un par de horas en decidirse. Un osito de peluche ensangrentado, dice. Supongo que en su cabeza la historia ya tiene principio, desarrollo y fin. ¿Un osito de peluche en el escenario de un crimen? ¿Entre los hierros de un accidente de tráfico? ¿Sangre reseca y marrón en un osito de peluche manido en el altar de una niña difunta? 

¿O un osito de peluche gigantesco, tamaño persona? Una casa de veraneo, llena de gente conocida, toda una familia numerosa. Con el calor que hace, a alguien se le ocurre disfrazarse de osito de peluche porque la dueña confesó que eran su fantasía sexual. La aparición repentina del osito en la cocina, hace que la dueña lo apuñale en el estómago. No se atreve a quitarle el disfraz por miedo a encontrar bajo la cabeza de peluche a alguien querido. Temiendo las consecuencias, cárcel por homicidio involuntario, lo arroja a un pozo seco de la finca. Al día siguiente nadie echa en falta a nadie. ¿Quién era el disfrazado? Pasan los días, todo sigue igual y no parece faltar ninguno de los invitados. La dueña piensa en volver al pozo para ver el rostro del extraño, pero está muy hondo. Se marchan y el conocido a quien nadie echa en falta porque existe gente invisible, sigue pudriéndose en las profundidades del pozo. 

¿Quién se atreve a darle forma al cuento?

Palabras

Mickey me ha comprado un cuaderno. Es grueso, con minúsculos cuadraditos apenas insinuados en el papel, como si se tratara de hojas milimetradas. Confiesa que le ha costado muy poco. Comprado en uno de esos supermercados gigantes donde lo mismo puedes adquirir una sombrilla para la playa, unos supositorios para el estreñimiento o una camiseta rebajada con el logo de Barcelona '92, que algún lumbreras pensó que este año volverían a estar de moda. 

Dice que como tiene muchas páginas y es barata, no me importará hacer tachaduras o arrancar hojas. Me lo ha comprado para que lo llene de palabras y no me olvide de ellas. 

No estamos solos

Poco a poco Mickey me cuela en su mundo. Hoy hemos desayunado con uno de sus amigos, Iván el Terrible. Su sarcasmos es el culpable del apodo. Trabaja de publicista en un importante periódico de Málaga y algo se le debe de haber pegado de la perfección de los modelos a los que se enfrenta porque venía para ver la Alhambra pero parecía arreglado para darse un paseo en uno de los yates de Puerto Banús. 

Es una persona muy contradictoria. Asegura que quería mucho a su padre, pero también que cuando era niño rezaba todas las noches para que se muriera, las razones no nos las ha contado, aunque su verborrea es como una metralleta soltando balas. Da la sensación de que quisiera relatar toda su vida y sus pensamiento más profundos en menos de cinco minutos. 

Sigue rezando, pero ahora quiere que muera su empresa. Está cansado de que lo obliguen a hacer propaganda encubierta, disfrazando de artículos periodísticos lo que es simple publicidad. La novedad de tal supermercado del que todo el mundo habla... suele ser el titular de esos falsos artículos. O La prenda de tal tienda de ropa que vuelve locas a las famosas (prenda que, por lo general, es fea o de un color que no pega con nada). 

Mickey se me adelanta. También él se ha visto obligado a hacer cosas que no son éticas. Aprobar a alguien por ser familia de alguien apegado a sus jefes. Y yo, burlar las normativas para satisfacer las necesidades de algún cliente. 

Quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra. 

Al menos, ya no quiere que mueran personas. 

sábado, 22 de julio de 2017

El asesinato de un escritor

La confianza entre Mickey y yo aún es como un río que hay que saltar, vadear o mojarse cada vez que queremos salvarla. Pide permiso para venir a casa, para quedarse a dormir, para beber algo del frigorífico... incluso para husmear entre los libros de la estantería. Pero cuando encuentra un cuaderno lleno con las historias que me contaba mi abuela, lo abre sin más. Interroga, pregunta. Le cuento su origen y le doy un bolígrafo rojo para que corrija las faltas de ortografía. Me alaga leyéndolo durante más de media hora, aunque cuando acaba, es como si sobre las páginas del cuaderno hubiera diluviado tinta roja. Dos faltas de ortografía en medio cuaderno, para mí, no está mal. Pero también me ha corregido el estilo. Tiendo a enredar las frases poniendo las palabras en un lugar que no les corresponden. Quiere traerme uno de los libros de lengua que utiliza con sus alumnos, pero rechazo su ofrecimiento. Si tuviera que ocuparme del estilo, me olvidaría de las palabras. 

Mi cuaderno lleno de historias hace confesar a Mickey: Hace años maté a un escritor. Se llamaba Marcos. Era profesor de literatura. Había escrito una novela pretenciosa, aburrida, con personajes vacuos, enrevesada y sin estilo. Se la dio a leer a Mickey, pero él fue incapaz de decirle la verdad. Su ambigüedad le dio valor al profesor de literatura y la envió al Premio Planeta. Aquel tipo estaba convencido que iba a ganar. Hacía comentarios del tipo: Qué ganas tengo de perder de vista a estos mentecatos (refiriéndose a sus compañeros y alumnos). Hasta tenía escrito el discurso de agradecimiento porque le dijo a Mickey que lo mencionaba. Desde el día del fallo del premio (se lo dieron a J.J. Millás), dedicó todas sus energías a odiar y menospreciar a todos los escritores que habían ganado algún premio de renombre en nuestro país. 

Mickey está convencido que si hubiera sido sincero con su compañero, le habría dado ánimos para reescribir la novela más centrado, con conocimiento de los errores que cometía; tal vez se hubiera apuntado a una clase de escritura creativa o comenzado por algo más sencillo como simples cuentos. Se arrepiente de haber callado. Pero yo estoy convencida que, si le hubiera dicho la verdad, el profesor de literatura no estaría odiando ahora a un puñado de escritores: odiaría a Mickey por haber matado su sueño. 

Fastidiosa realidad


A Mickey le asombra mi fascinación por los terremotos. Nos alternamos para escoger los documentales en la televisión. A los dos nos interesan los que tratan del nazismo o la shoa o los que relatan los últimos días de Hitler. Pero de esos sólo nos quedan por ver algunos que tratan el tema desde el punto de vista del esoterismo, lo que me parece una mofa de las víctimas, una completa falta de respeto, mayor que los chistes de mal gusto que rondan por la red. Por eso a él le toca soportar los documentales que tratan de terremotos y yo finjo aburrirme con las biografías de personajes importantes, como Napoleón o Buda. Si realmente me aburro, como con la biografía de Cantinflas, me refugio en Internet. 

He encontrado una web donde informan de los terremotos en tiempo real, y en la que la gente normal y corriente hace comentarios de lo que han sentido. Escriben en su idioma original y la propia web lo traduce al idioma seleccionado. La traducción de uno de los comentarios, dejado por alguien que sintió una réplica del terremoto de Grecia de hace dos noches, era Batido de luz. ¿A qué podría referirse? Imaginé que, tal vez, aquella persona vivía en una casa con las ventanas tapiadas por frondosas copas de árboles, y que el terremoto las agitó, dejando penetrar la luz de forma intermitente. O que era de noche y el terremoto hizo que se balanceara la lámpara del techo, llenando la habitación de luces y  sombras. 

Mickey leyó por encima de mi hombro. Light shake significa ligera sacudida. 


miércoles, 19 de julio de 2017

La historia interminable

Si el autismo tuviera cura, creería que yo lo fui durante la primera etapa de mi vida, porque las cosas ocurrían a mi alrededor, pero yo no era muy consciente de ellas.  

Cuando en una reunión entre conocidos sale el tema infancia, y yo cuento que la pasé prácticamente toda sin salir de un internado de monjas, la gente siente conmiseración por mí. En parte es comprensible porque los periódicos están llenos de noticias de abusos físicos o sexuales a niños por parte de los religiosos. El mismo hermano del papa Ratzinger admite que abofeteó a los niños de su coro y a reglón seguido asegura que habría intentado evitar los daños a los niños de haberlos conocido. Aterra imaginar qué considerará ese hombre malos tratos. 

Las monjas de mi internado no eran así. Nos querían y lo demostraban, con la suficiente distancia que se requiere a un profesor. Para las pocas que nos quedábamos los fines de semana en el internado -yo lo hacía con mucha regularidad-, nos tenían preparados dulces de postre en las comidas y merienda, que luego exagerábamos ante quienes se habían ido, y películas infantiles de vídeo de la última década, extremado signo de modernidad porque estábamos acostumbradas a ver con las demás alumnas, las rodadas durante la dictadura por niños prodigio que aún, por aquel entonces, aparecían en las revistas del corazón, ya convertidos en cascajos humanos. 

Fue allí donde vi por primera vez La Historia Interminable, aunque yo estaba convencida que había visto otra versión, más completa y muy diferente. Hasta era capaz de describir la librería, semejante a la que había visitado con mi tío Fermín en Madrid, y Bastian era clavadito a mi primo Paco cuando era niño. Yo sólo lo había conocido de adulto, pero en casa de mi tío había ciento de fotografías suyas cuando era tan alto como ancho, regordete, redondo, de carrillos rojos como tomates maduros. Tardé mucho en comprender que las imágenes de mi memoria pertenecían a lo imaginado durante la lectura del libro, y no a lo visto en una pantalla de cine.




lunes, 17 de julio de 2017

El sabor del milagro

Esta casa está llena de ruidos extraños. Las persianas son de aluminio, excesivamente ajustadas, y cuando menos lo esperas ¡crack! suelta un crujido de hueso quebrado. Como tengo la ventana abierta y estoy a muy pocos metros del suelo, todo el que pasa por la acera parece colocarse durante unos segundos en el piso. Sus respiraciones, sus toses, sus canturreos... parecen emitidos junto a mi oreja. Y a lo lejos, un perro aúlla lastimero. Seguramente porque los dueños lo han dejado encerrado en el balcón.

A mi madre no le gusta escuchar esos aullidos. Está convencida que vaticinan alguna desgracia. 

La primera vez que lo escuchó, hubo una masacre, decenas de muertos. ¿Cómo compensar con raciocinio lo que parecía el fundamento de una superstición? 

Cuenta que por aquél entonces la obligación del cumplimiento de las leyes municipales era más laxa. No estaba permitido tener en los patios de las casas del pueblo animales, pero nadie hacía caso a esa ley. Conejos, gallinas, palomas, tórtolas, pavos, patos... hasta cerdos y alguna que otra vaca. El pueblo apestaba, pero sólo para los extraños. El olfato de los autóctonos se había acostumbrado al hedor. 

A una noche del lastimero llanto de un perro, le siguió una mañana de terror. Más de una docena de conejos habían muerto y un cerdo estaba enfermo. Eso fue el primer día, al siguiente no quedaba ni un conejo y los cerdos enfermos eran muchos. A los demás animales no les afectaba la epidemia. 

Una vecina de mi abuela le regaló a mi madre un par de cerditos. Un macho y una hembra. La mujer era de espíritu sensible y no creía soportar ver a sus gorrinos morir. Pero aquellos marranos aguantaron. Todo el pueblo sin cerdos y aquellos dos seguían engordando para su san martín, completamente sanos y lozanos. La hembra incluso se quedó preñada y soltó una piara enorme que fueron vendidos en cuanto los destetaron, exceptuando a dos, que le regalaron a la dueña original de los gorrinos. ¿Tiempo que tardaron en morir los cerditos? Una semana. Por eso, desde aquel momento, llamaron a mi madre La niña de los milagros. Lo prefería a Turrón de azúcar, que era su mote original. Pero, de milagro, nada. El veterinario le aconsejó que encalara la pocilga un par de veces al año y que una vez a la semana lo desinfectara con Zotal. Lo hizo, como el resto del pueblo, pero lo de encalar la pocilga lo pasó de una vez al año a una al mes y lo de desinfectar, a días alternos.

Como no quiso probar la carne de sus cerdos, tuvo que confiar en quienes sí lo hicieron para saber que, a pesar de sus temores, los filetes de lomo y los chuletones de jamón, no sabían a Zotal. 


sábado, 15 de julio de 2017

La anfitriona


Hoy huelo como Dolores, una amiga de mi abuela. La mujer sofocaba el hedor del sudor con agua de colonia. 

Sudo. Me ducho. Media hora después el sudor vuelve. Las gotas me recorren la espalda como animales reptando. Bajan entre los pechos, esquivan el sujetador y llegan al ombligo. La camiseta es un trapo mojado. Ayer, a las siete de la tarde, el termómetro frente al Corte Inglés de la Acera del Darro marcaba 42ºC. Hoy no sé. Tal vez uno o dos grados menos.

Las bicis nos esperan en el pasillo de la entrada. Pero aún hace calor para cogerlas. Queremos dar un paseo por los alrededores del cementerio y la Bola de Oro para comprobar el alcance del incendio. Mi madre las roció esta mañana con agua bendita. Ha traído del santuario de Lourdes un bote con forma de virgen. Dice que es peligroso montar en bici por culpa de los borrachos y drogatas. 

La amiga de mi abuela se tomaba muy en serio sus invitaciones a merendar. Nos preparaba chocolate muy espeso. Sobre el chocolate ponía nubes, que era merengue hervido en leche. Las nubes las adornaba con hilos de caramelo. A mí sólo me gustaban las nubes de merengue. Cuando volvía a casa, le pedía a mi madre o hermanos que me las hicieran, pero a nadie le salía como a ella. 

De aquellas reuniones, la merienda era lo de menos. 

Recuerdas cuando un rayo partió la higuera de la plaza una noche que no había ni una nube en el cielo... Recuerdas cuando el perro de la Antoñita se volvió loco y mordió a más de seis personas, todas de la familia de los Tiznaos... Recuerdas cuando el cura de la catequesis nos decía que los pecadores siempre revivían en el ataúd y arañaban la tapa... 

Al otro lado del miedo

Mentí. Siempre dije que me había enamorado de Guille desde el principio, desde que gateaba por mi despacho atento a sus planos extendidos en el suelo, con la corbata echada sobre el hombro para no pisarla y la camisa salida que permitía ver los hoyuelos del final de su espalda. Al principio, en realidad, sólo fue un capricho. Era el tío bueno del despacho, tras el que todas iban, y él sólo me hacía caso a mí. Tuvieron que pasar algunos meses desde el inicio de nuestro noviazgo para que me enamorara realmente de él. Dos días antes de nuestra primera navidad juntos, nos tocó 300 € en la lotería nacional. Yo pensé en darnos un homenaje en algún restaurante bueno de la ciudad, él no, él propuso comprar mantas y repartirlas entre los pobres. Fuimos a un mayorista y, si mal no recuerdo, conseguimos 32. Treinta compradas y dos regaladas. Eran buenas mantas, pero muy feas, a cuadros marrones y morados. Cada vez que, en años sucesivos, veía a un indigente envuelto en una de aquellas mantas, me emocionaba hasta las lágrimas. Me enamoré de Guille porque era generoso. 

Durante una década fui incapaz de encontrarle defectos. El divorcio ha destruido el temor a molestar de muchas personas que me han dicho qué piensan de él. Es un estirado... Es un esnob... Nos miraba a todos por encima del hombro como si fuéramos moscas revoloteando un excremento.... Ese tío creía cagar diamantes... Ya no importa cómo es. Nada me une a él. Ayer renuncié al 34% de su empresa de drones, y aunque el divorcio me ha dejado con una economía muy precaria, al borde de un abismo porque el trabajo, aunque se acabó la crisis, sigue escaseando; hacía mucho tiempo que no me sentía tan libre. 

jueves, 13 de julio de 2017

La señora de las pócimas

Madre: ¿Sabes quién ha muerto?

Poco a poco mi madre vuelve a su costumbre de llamarme por cualquier nimiedad. Después de abandonarme Guille dejó de hacerlo. Temí que estuviera enfadada conmigo, que me culpara de lo ocurrido, pero sólo la retenía su miedo a encontrarme llorando porque, asegura, no habría sabido cómo consolarme.

Yo: ¿Quién?
Madre: Paca.

El mundo de mi madre se divide entre la realidad y la ficción de los personajes televisivos. A veces me habla con tanta cercanía de gente de la farándula, que los confundo con familiares. 

Durante una tarde, por una de sus llamadas, creí que mi prima Belén y su padre Antonio andaban con problemas judiciales (tienen tierras y una tienda en común); pero mi madre hablaba de Belén Esteban y del representante de la ¿artista?

Yo: ¿Paquita Rico?
Madre: No, Paca la farmacéutica

La memoria de mi madre retiene con todo detalle los malos momentos del pasado, por muy remoto que sea. 

A Paca la conocimos una tarde de invierno en la que toda la ciudad de Málaga parecía necesitar medicamentos para el resfriado. La farmacia estaba atestada, pero en cuanto entramos nosotras, nos dio preferencia. Pero, ¿cómo la sacas así? Pobrecita, si tiene que estar ardiendo de fiebre. ¿Aspirina infantil? Mi madre asintió aturdida, le dio las gracias por habernos colado y salimos. En realidad entramos en la farmacia para comprar a mi padre, que estaba ingresado, unos caramelos de menta con forma de gominola que le gustaba chupar siempre que la quimioterapia no le había llenado la boca de quemaduras. Me llevaba cogida de la mano pero no se había dado cuenta de mi enfermedad. Yo sólo me había quejado de cansancio. Pero eso era algo muy normal en mí.

A la farmacia volvimos en otras ocasiones. Y como mi madre es de darle palique a los desconocidos, se terminó enterando que aquella mujer y mi tío Alfonso eran vecinos. 

Mi madre siente remordimientos por lo ocurrido, pero a mí no me importa. En realidad, de no ser por ella que me ha contado la historia un montón de veces, es como si no hubiera ocurrido nunca. Lo único que me importa de los hechos, saber si al final conseguimos los caramelos para mi padre, ella no lo recuerda. 

El gilipollas que soñaba con cerillas

Los helicópteros sobrevuelan el cielo granadino dirección al cementerio de San José. Los helicópteros me hacen recordar la película Apocalipsis Now. La película a The Doors. El grupo musical a El Jinete Polaco. Disfruté mucho leyendo ese libro. Giro la cabeza y en la mesa de al lado tengo Patria, con el marcador a muy pocas páginas del final. A la mayoría de la gente le ha gustado ese libro. Para mí es como un hueso de pollo atravesado en el gaznate. Los buenos de ese libro son muy buenos y los malos unos amargados por las circunstancias de la vida. Puede que fuera así en realidad; pero algo falla. He conocido militares que pensaban que la solución vasca era una referéndum de autodeterminación y otros que pensaban que debían cerrarles las fronteras y arrojar bidones de gasolina para quemarlos a todos. Mala leche divina, como en Sodoma y Gomorra. 



Otro helicóptero pasa, aunque el periódico dice que el incendio está estabilizado. 

Del incendio me enteré de regreso a Granada. Mi madre me llamó. Mañana ve a visitar la tumba de tu padre. A ver cómo ha dejado el humo el cristal del nicho

Tres focos. Corre un viento tan caliente que reseca el sudor de la piel y la ropa dejando las marcas blancas de la sal. Esta mañana nadie daba los buenos días. Las ocho de la mañana y cuarenta grados. Las dos de la tarde y cuarenta y cinco grados... Un día propicio para provocar incendios. 

Todos los años ocurre lo mismo. En esta ciudad hay un gilipollas con ganas de quemar el bosque de la Alhambra. Quien empieza quemando libros, termina quemando personas. Quien empieza quemando bosques, ¿cómo termina?

miércoles, 12 de julio de 2017

Necesitamos un héroe

Mientras escribo esto suena en Youtube el We Don't Need Another Hero de Tina Turner. Pero en realidad nosotros sí necesitamos un héroe. He buscado en la red (ahora todo está ahí). ¿Dónde habrá uno en la actualidad? Lo he encontrado en los EEUU.


¿Y si invadimos EEUU y hacemos a Michael Moore ciudadano español? 

Hasta hace poco no había visto muchos documentales de él. Me impactó mucho Bowling for Columbine. En EEUU un ciudadano ciego puede conseguir una licencia de armas. Claro que aquí, a mi vecino Daniel el Cuerdo también se la concedieron. En Andalucía los motes suelen reflejar la cualidad o defecto contrarios a los que sobresale en una persona. Aquí, al Cyrano de Bergerac, lo llamarían El Chato

Los documentales de Michael Moore acojonan mucho. No creo que haya ningún norteamericano que ame más a su país. Para amar un país hay que ser crítico con él, percatarse de sus defectos e intentar resolverlos. Pero da miedo que nuestros políticos tomen como ejemplo la situación actual de los norteamericanos y quieran imponérnosla. ¿En serio tu propia compañía de seguros -que pagas o paga tu empresa por ti- puede negarte un tratamiento por considerarlo caro? ¿No conocen las vacaciones pagadas? ¿No tienen derecho a pagas extras? ...

Aunque puede que aquí Michael Moore decepcionara. Muchas personas que tienen mis mismas ideas socio políticas son incapaces de censurar a personajes como Maduro o regímenes tan extremista como el de Corea del Norte por considerarlos de los suyos. 

Pero prefiero pensar que no, que incluso aquí, Michael Moore sería una mosca cojonera para los políticos. 

Tras Rajoy: Oye, tío, ¿en serio que no sabías nada nada de la financiación ilegal del PP? ¿Nos tomas el pelo? 

Tras Pablo Iglesias: Venga, tío, qué te cuesta? Una pequeña censura a Maduro, aunque te ampares en la locura de ese majareta.

Tras Puigdemont: En serio, tío? ¿Después del pollo que has montado te acojonas y le pasas la patata caliente a Junqueras? ¿Pero, de qué vas? ¿Te das cuenta que estás jodiendo la economía de los ciudadanos normales? 

Sin duda, necesitamos un héroe que defienda a los más débiles de este país. Es decir, a cualquier ciudadano que trabaje para vivir y a todos aquellos que quieren pero no pueden porque nuestros políticos están demasiado enfrascados peleando entre ellos, metidos en berenjenales que no importan a nadie, para resolver problemas reales como el paro. 

martes, 11 de julio de 2017

El miedo y el coco

Cinco ratoncitos de cola gris,/ mueven las orejas, / mueven la nariz. / Uno, dos, tres, cuatro, / corren al rincón, / porque viene el gato.. / a comer ratón. 

Canción infantil

Los periódicos nos asustan. Advierten de un terremoto grande e inminente. Aquí y en Los Ángeles. Qué extraño, que mismos hechos distanciados por continentes y miles de kilómetros, nos una a mi hermano, cuñada y a mí. 

Cuando el verano llega, la gente se va de vacaciones y, exceptuando los accidentes que hay por los traslados del centro de las ciudades a la costa, los periódicos se llenan de noticias que realmente no lo son. La última: la de los terremotos. Al menos la advertencia de los estadounidenses está justificada porque Trump ha hecho recortes importantes en el sistema de aviso de terremotos, del que ya gozan, con muy buenos resultados, los japoneses. Pero, ¿qué propósito tiene el advertir a los españoles y quedarse ahí? Deberían, al menos, dar algunos consejos. Ejemplo:

Si vives en un edificio construido después de 2002: estate tranquilo en casa. Métete debajo de la mesa para que no te caigan muebles y objetos de adorno en la cabeza. Mantente lejos de las ventanas. 

Si vives en un edificio construido entre 2002 y 1979: Ponte bajo una viga estructural o el dintel de una puerta. En cuanto el terremoto cese, sal corriendo a la calle porque si hay una réplica, seguro que tu edificio colapsa. 

Si vives en un edificio construido antes de 1979, ante un terremoto: reza.

Menos mal que los periódicos, en esta época, por lo general, sólo sirven para abanicarse o cubrir la cabeza de quienes dormitan tumbados en la playa. 

Sismógrafo de Chimeneas hoy. Los gurruños de tinta son sismos

domingo, 9 de julio de 2017

A Dios rogando ...

Siempre pensé que el agua bendita de la iglesia de mi colegio la aliñaban con colonia. Cuando los miércoles, día de misa obligada, entraba a primera hora de la mañana, olía a lavanda. Y dudo que fuera efluvios desprendido de las hermanas. Ellas no se permitían ningún gesto de coquetería. Exceptuando un mínimo (sí, está subrayado) de higiene. Luego la iglesia se llenaba y el hedor a animal encerrado y a cera quemada, devoraba el delicado perfume.

Supongo que Mickey es culpable de que estos días recuerde más que nunca mis días escolares. Hoy anda lejos, en Almería. En un evento familiar. Mis hermanos y cuñadas en Barcelona y Valencia. Mis amigas las divorciadas, en la playa de Málaga. Y mi madre en Loúrdes, poniendo velas a todo dios. En ese "a todo dios" incluye a Montoro (el ministro de Hacienda). Asegura que ese tío tiene el alma muy negra, porque, ¿cómo permite que una pensionista que cobra 500 euros al mes tenga que pagar 1.000 euros en una dentadura postiza y tratamiento dental? (se refiere a mi tía Lola, que se encuentra en esa situación).

Hace un rato me mandó un whatsapp. ¿Quieres que le ponga una vela al desgraciado? (Guille ha perdido su nombre, ahora todos lo llaman desgraciado, ex o algún epíteto igualmente cariñoso). Llevo toda la mañana ociosa. Y, como ella temía, tener la mente ocupada en temas que no sean el trabajo, me ha hecho enfadar, y mucho; pero no con Guille, que casi llego a comprenderlo. Quien me ha hecho enfadar, hasta convertirme en una locomotora de vapor, como esos personajes de dibujos animados que se van poniendo rojos poco a poco hasta que estallan, es Puigdemont. Su obstinación y majadería no están siendo inocuas. Deberían pasarle cuentas de todos los negocios que se están perdiendo por la inestabilidad política. Por colaborar con un grupo constructor catalán, he perdido la oportunidad de proyectar un hotel en un edificio de 1870 en el centro de Málaga. Es un concurso privado por invitación. Quince participantes. Pero teníamos bastantes oportunidades. Era como un regalo para la imaginación. Nos hincan puñales quienes, se suponen, nos deberían proteger.

sábado, 8 de julio de 2017

Alguien nos recordará cuando hayamos muerto

Las flores cortadas me producen desasosiego. En el pasillo que llevaba a los dormitorios en el internado, había un jarrón sobre un arcón de madera labrada con pinta de ser tan antiguo como el edificio. A aquel jarrón iban a parar las flores que sobrevivían a la misa del domingo. Para el jueves sólo quedaba alguna rosa blanca cabezona, con el tallo flácido y la punta de los pétalos marrones. El viernes el jarrón aparecía brillante y vacío. 

Esta mañana me han regalado un clavel rosa perdido en una nebulosa de minúsculas florecillas blancas. Mis compañeros de desayuno creyeron durante 24 horas que me había suicidado. 

En la madrugada del miércoles la calle se llenó de coches de policía, ambulancias y un coche fúnebre. Una mujer se había suicidado durante la noche. Mi ausencia + suceso aparentemente en mi bloque (en realidad fue en el de enfrente) + supuesta razón (ahora todos me conocen por la divorciada) = conclusión errónea. Dos camioneros retirados que se cuenta entre los habituales a la hora del desayuno en el bar, compraron la flor y el camarero la puso en un vaso de tubo y la colocó en la barra, donde suelo sentarme.

Durante el día, por las conversaciones de algunos clientes, el camarero se enteró de la verdad. La suicida fue una señora mayor con una enfermedad terminal; sólo adelantó lo inevitable, acortando su sufrimiento (E.P.D.).

En agradable saber que alguien, que no es de mi familia, me echará de menos si desaparezco. 

viernes, 7 de julio de 2017

Cruce de caminos

Cuando era pequeña y hacía una y otra vez el mismo recorrido del destacamento de aviación al internado y viceversa, imaginaba que si el trayecto se dibujaba sobre un mapa de papel con bolígrafo, el papel terminaría agujereado porque el camino siempre era el mismo. Durante algunos años, tres o cuatro, los que duró la enfermedad de mi padre y el luto de sus amigos, mi universo no abarcaba más allá del mundo cercado del colegio y del recinto militar y los veinte kilómetros de carretera tortuosa que separaba un destino del otro. 

Poco a poco las líneas imaginarias en el mapa imaginario se fueron prolongando, llegando más lejos: Murcia, Madrid, Barcelona... Pasando fronteras: Andorra, Londres, París... Si hubiera tenido las mismas inquietudes viajeras que mis hermanos, pronto el mundo se hubiera convertido en un pañuelo. 

Para salir de la pereza de las siestas largas, Michey y yo permanecemos tumbados, dedicados a la charla. Hoy intentamos encontrar destinos en común, coincidencias en el lugar y el tiempo de nuestro pasado. Seguramente, algún día del verano de 1995 estuvimos muy cerca, tal vez a pocos metros de distancia; tumbados sobre la misma arena de la playa de la Malagueta. Pero, de habernos conocido, no nos hubiéramos hecho amigos porque durante la adolescencia la diferencia de cinco años, es un abismo. 

jueves, 6 de julio de 2017

Día de perros

Hoy no tocaba madrugar. Lo único que tenía que hacer esta mañana era dedicarla a la enésima reunión con los abogados del divorcio. Parece una historia que no terminará nunca. Le pido prestada su sala de reuniones a un compañero, aprovechando que está fuera. Normalmente las reuniones son en Madrid o Málaga, pero hoy Guille tenía asuntos por aquí. Llegan tarde, pero no me importa porque es una mañana muy extraña. Hace tanto viento que la tela gruesa que se ha soltado de uno de los toldos de los balcones de arriba, golpea con furia el vidrio. Parece un ser animado que quisiera entrar en la sala. Antes de darme tiempo a subir al piso de los dueños del desastre, la tela se desprende del todo y cae a la acera. Alguien, una mujer joven, grita: Ten cuidado, hijo de puta, que podrías habernos matado.

Sólo llega con uno de los abogados de su séquito. Guille está extraño con el pelo teñido y una grieta muy profunda entre sus cejas. Antes sólo era una arruga insignificante que solía desaparecer si le tensaba la piel. Pero ahora resultaría menos extraño que tocara la cara de su abogado, que siempre me mira con una sonrisa, que a Guille. 

La reunión es aburrida. Un rollo de informe económico de la empresa de Guille. Mientras se habla de cifras que me traen sin cuidado, fuera el viento enfurece. El vidrio doble no amortigua el ruido de los golpes de ventanas y puertas que se cierran de golpe, de los toldos sacudidos como velas de barco en un vendaval ni de las sirenas de los camiones de bomberos. 

Cuando salgo a la calle, el viento se ha apaciguado. Regreso con pereza a casa, dándole patadas a las ramas y hojas de árboles que alfombran el suelo. 

Michey y Rambo me esperan a la puerta de casa. Rambo es el perro del hermano de Mickey. Se lo cuida durante unos días porque él está haciendo obra en su casa y no podría ocuparse de él bien. Rambo necesita que le curen el hocico porque se ha cortado con una rama, con las que jugaba mientras venían del aparcamiento a casa. 

Me derrumbo en el sofá. Rambo lo hace en el suelo, a mi lado, con las patas para arriba. Quiere que le rasque la panza. Dormitamos mientras Mickey se ocupa de nuestra comida. 

miércoles, 5 de julio de 2017

El futuro en 120 m²

Madrugo para inspeccionar una casa recién acabada. La familia vendrá este fin de semana a verla. Está en El Rincón de la Victoria y ellos viven en Barcelona. La vieron cuando aún sólo era un esqueleto de hormigón y paredes de ladrillo sin revestir. Quiero comprobar que no hay nada mal. Pero incluso a las 7 y media de la madrugada la luz ya entra a raudales por las ventanas. Hace falta penumbra para descubrir los desperfectos en el pavimento o las paredes. La casa ahora huele a pintura. Lamento que no haya perdurado el de la madera recién cortada de cuando pusieron el suelo. Pero el olor a pintura es mejor que el hedor a orina. Es a lo que apestan la mayoría de las casas por estrenar porque los obreros utilizan los sanitarios cuando aún no funcionan correctamente las instalaciones. 

Una pareja joven. Tres dormitorios. ¿Qué les deparará el futuro? ¿Qué sinsabores y alegrías vivirán bajo el techo que he ayudado a crear? 

Las ventanas abiertas permiten llegar el  ruido del graznido de las gaviotas, pero no el de las olas. El mar está en calma. El agua lame la arena y se retira sin ruido, sin espuma, permitiendo distinguir el fondo. 


martes, 4 de julio de 2017

Las hijas del profesor

El móvil de Mickey esconde un puñado de fotografías que enseña con orgullo de padre. Una docena de mujeres arregladas para una celebración importante. Sólo tienen algo en común: haber querido, o necesitado, aprender a destiempo. Las fotos las tomó el día que se graduaban. A comienzo del curso eran muchas más, incluso había dos hombres, pero sólo ellas han sido las supervivientes.

Hay una mujer de 68 años. Una chica junto a un chaval que parece su hermano mayor pero que en realidad es su hijo. Una mujer con rasgos sudamericanos muy sonriente. Otra con el pelo rubio, muy corto, algo entrada en carnes y con aspecto de ser la jefa de la manada....

¿Por qué estudian? En el internado había una niña con el esqueleto deforme. Éramos crueles. Las que no pertenecían a su clase desconocían que se llamaba Micaela. Todas la llamaban Cuasimoda. Aseguraban, no sé si con algún fundamento, que antes de cumplir los 15 años moriría. Siempre quise saber, aunque nunca me atrevía a preguntarle, que si era así, por qué estudiaba. ¿Qué propósito tenía permanecer encerrada y aburrida durante días interminables si no le serviría de nada lo aprendido?

Mickey conoce la historia de sus alumnas. La mujer mayor, estudia porque es una viuda reciente y temía acabar volviéndose loca si se quedaba sola en casa pensando únicamente en su marido difunto. No es la persona de mayor edad de la que ha sido profesor. Su récord está en una señora de 77 años que consiguió terminar primaria. La chica joven se apuntó al curso porque quería dar ejemplo a su hijo, que se había propuesto dejar los estudios en cuanto cumpliera los 16 años. La señora peruana por necesidad, porque tenía trabajo en un restaurante de Marbella y le exigían un mínimo de estudios. La mujer parecía amedrentada al principio. Desconfiaba. Le repitió un par de veces que no tenía plata para pagar el curso. Tardó en creerse que era gratuito. Y la mujer rubia de pelo corto, simplemente, porque se aburría en casa y las aulas le permitían, además de aprender, disfrutar de algo que todas parecían necesitar: el compañerismo. 

lunes, 3 de julio de 2017

Perdida tras el espejo

¿Por qué escribes tanto? 

Mickey trae un pliego de lija al agua y me la pasa una y otra vez por la dureza del índice, con suavidad, como si fuera una caricia, hasta conseguir que el callo que me produce el bolígrafo, mengüe. 

Tardo en responder. Le digo que soy dislexica. Necesito escribir las palabras para no olvidarme de ellas. 

Me arrastra a Torremolinos. Quiere que conozca a una de sus alumnos. Delante de ella tengo que llamarlo Juan Pedro. 

Quedamos en un bar. La alumna se llama Alicia. Es menuda. Rubia platino con cejas tupidas y negras. Muy nerviosa. De mirada esquiva. A Mickey lo llama maestro, como si se tratara de un título nobiliario. Este año se ha dado por vencida en los estudios porque es disléxica y le cuesta mucho leer. También se hace un lío con los números. Compartimos experiencia. El mismo principio. Pero casi de inmediato nuestros caminos se bifurcan. Su familia no se preocupó de su problema. Ni siquiera sabían que existía. Sacaba malas notas y la castigaban por creerla perezosa. Con once años dejó el colegio. Con 17 se echó novio y tuvo un hijo. Ahora quiere trabajar en lo que sea, pero incluso para camarera de pisos o limpiadora le piden un mínimo de estudios acreditados. 

Acepta mi número de teléfono y unas palabras de ánimo. Cuando la miro, sé que su sonrisa triste es reflejo de la mía. Si mi familia hubiera sido tan negligente como la suya, ahora yo también estaría perdida.

La princesa está triste

¿Qué le gustaba a mi sobrina a los 11 años? No tengo capacidad para responder a esa pregunta porque los recuerdos se mezclan. Además, a esa edad ya tenía suficiente independencia para no necesitarnos para satisfacer sus inquietudes intelectuales. 

Recuerdo que estuvo ingresada en el hospital cuando tenía cuatro años y emitieron en la televisión "¿Qué he hecho yo para merecer esto?", se desternillaba con esa película. Por aquella época también veía una y otra vez, Planta Cuarta; y poco después La Ciudad de los Niños Perdidos. Las películas de Disney no le hacían mucha gracia. Me necesitó para leerle Manolito Gafotas hasta que ella aprendió. Luego ya devoró ella sola esos libros y las viñetas de Mafalda. Por desgracia otras diversiones han ocupado el tiempo que dedicaba a la lectura. Desde los cuatro años está apuntada a un grupo de teatro: West Side Story, La Bella y la Bestia, La Cenicienta, Cabaret... Ella siempre hace pequeños papeles. Suelen cantar y en mi familia tenemos un oído pésimo (es genético). Hace gimnasia rítmica. Casi siempre escogen músicas de Alberto Iglesias porque, aseguran, su ritmo se ajusta muy bien a sus movimientos. En verano, con el dinero que ha ahorrado durante todo el año, se apunta a un campamento de surf donde también se aprende inglés. 

Mi sobrina es una adolescente normal, como sus amigas. A algunas les gusta leer, a otra las películas de Harold Lloyd, una compite en natación, otra sabe tocar muy bien el piano, otra es autodidacta y se está preparando para ser maquilladora de efectos especiales... 

Estos últimos días se ha montado un pollo enorme porque una publicación asegura que la princesa Leonor disfruta leyendo a Stevenson y Carroll y viendo películas de Kurosawa. ¿Qué niño de 11 años no disfruta leyendo La Isla del Tesoro o Alicia en el País de las Maravillas? Las películas de Kurosawa sí chirrían un poco como gustos infantiles. 

Hay quienes se ven en la obligación de defender los gustos de la niña porque muchos se han burlados de ellos al considerarlos demasiado intelectuales. (Los comprendo, hace tiempo vi a un señor de unos 40 años disfrutando durante la hora y media que tarda el autobús Granada-Málaga, de episodio tras episodio de Bob Esponja). 

A mí me parecen unos placeres impuestos por el papel de princesa. Seguramente inventados por un asesor que intenta no deteriorar aún más la monarquía en España. Probablemente ha evitado incluir algún autor o director de cine español para no menospreciar al resto. 

Sería triste que los gustos de una niña de 11 años estén tan faltos de imaginación. 

sábado, 1 de julio de 2017

Yerma

A veces me da la sensación que mi universo y el azar se confabulan para echarme sal en las heridas. 

La semana pasada llegó una carta de Guille. Me invitaba al bautizo de su hijo. ¿Cómo se le pudo ocurrir semejante disparate con las broncas que hemos tenido en las reuniones con los abogados? El niño se llama Guillermo. Guillermito, supongo, para diferenciarlo del padre. La invitación es como una tarjeta navideña, con la fotografía sepia en el exterior. Una pareja y un niño. El hombre sentado en una mecedora con la cabeza gacha, la mirada atenta al niño que tiene entre los brazos. La mujer, como de atrezo, de pie tras la mecedora y con una mano apoyada en el respaldo, mira a la cámara y sonríe, distante. Tardo tiempo en darme cuenta que el hombre es Guille. Está extraño, y no sólo por los retoques de la fotografía. Se ha dejado el pelo más largo de lo que solía llevarlo y teñido. 

La invitación me hace feliz. ¿Estará Guille intentando que volvamos a la normalidad y acabar, al menos, como amigos? Hasta que busco y no encuentro la fecha y lugar de la celebración. 

La única razón del odio de Guille es mi esterilidad. 

Desde entonces todo me obliga a recordar la nítida exclusión que Guille me ha hecho de uno de los momentos más felices de su vida. 

La chica de la limpieza no friega las escaleras porque está embarazada y teme una caída.
Me llaman de la clínica de fertilidad. ¿Quiero intentarlo de nuevo? 
Una niña del instituto de mi sobrina se ha quedado embarazada. Una adolescencia truncada a los 16 años. 
La mujer de mi compañero de El Rincón de la Victoria vuelve a estar embarazada. Su sexto hijo.
En un blog de literatura en el que me gusta entrar escriben sobre gestación subrogada y de niños nonatos. 
El niño que mi cuñada acoge durante dos meses del verano, es más pequeño que otros años, apenas sabe hablar. Se lanza a los brazos de cualquier mujer con el pelo largo y moreno y la llama mami. 

Qué cruel es el universo y qué fácil sentirse su ombligo.


Otra vuelta de tuerca

¿Qué somos? Mickey me ha presentado a alguno de sus alumnos como su novia, pero nuestra relación no es tan seria. Sabemos que se trata de algo efímero, una época de transición para volver a confiar en las parejas. Sin embargo, no paramos de preguntar y hablar, como si necesitáramos conocer todo del otro. Le gusta dormir de frente. Su aliento en mi pelo, el mío en su cuello. En más de una ocasión me ha despertado al intentar hacerme cambiar de postura. Dice que no es normal que las parejas se den la espalda. Lo castigo haciéndole una pregunta. Soy cruel, si habla, se desvela del todo. 

¿Por qué adultos? ¿Por qué no niños?. Conoce la respuesta, no necesita pensarla. 

Por culpa de Felipe González. Uno de mis primeros alumnos. Llamarse como un político no era lo único que lo hacía sobresalir entre los demás niños. Estaba cebado y era muy alto. Parecía el profesor entre los alumnos. Y para colmo cualquier cosa lo hacía llorar. Un día que estaba de vigilante en el patio durante el recreo, les prohibí jugar al látigo. Y claro, Felipe se puso a berrear. Le expliqué, como si hablara con un adulto, que si alguno de sus compañeros o él era lanzado contra las ventanas o puertas de vidrio que rodeaban el patio, se podría hacer mucho daño porque el cristal se convierte en cuchillos cuando se rompe. Pasó menos de una semana. Felipe empujó a uno de sus compañeros contra la puerta de cristal. Se rompió pero era vidrio templado y por fortuna el chaval no se hizo mucho daño. Cuando fui a regañar a Felipe, me lo encontré con los mofletes ardiendo y la cara llena de lágrimas y mocos. "Bueno, al menos tiene remordimientos de conciencia", pensé. Pero al acercarme, el hijo de puta me suelta: "Maestro, eres un mentiroso. El cristal no se rompió como cuchillos". 

jueves, 29 de junio de 2017

Uno de ellos

Por fin mi primo Miguel Ángel le ha dicho a mi tía que es homosexual. No fue algo preparado. Cuando llegan estas fechas de principio de verano, coincidiendo con la semana del Orgullo Gay, se va una quincena de vacaciones a Madrid para la celebración y para saludar a nuestro tío Fermín. Su madre nunca había reparado en la coincidencia. Este año, por la propaganda que se le ha dado a la fiesta, aconsejó a mi primo: Anda, ve un poco después, no te vayas a mezclar con esa chusma. A lo que mi primo respondió: Yo soy uno de ellos, mamá

Esa misma noche mi tía sufrió un ictus debido a la subida de la tensión arterial. Y ayer, una semana después, salió del hospital. La situación ha empeorado para mi primo. Su madre asegura que no recuerda nada de lo ocurrido aquella tarde, aunque los médicos dicen que es poco probable que esa amnesia sea real. 

¿De quién es la culpa de esta situación? ¿De mi primo por no fingir no ser heterosexual y hacer feliz a su madre? ¿De su madre por aceptar como única verdad lo aprendido en una lejana y bárbara infancia? ¿De la sociedad por tardar tanto en proporcionar plena igualdad a todos los ciudadanos? 

miércoles, 28 de junio de 2017

El pecado de la monogamia / El pecado del nacionalismo

En más de una película surcoreana he visto repetida la misma escena: reyes que por primera vez van a mantener una relación sexual y, desde el otro lado de la puerta cerrada de la alcoba, alguien lee las instrucciones para el correcto apareamiento. Acaricie los pezones de su esposa con los pulgares, túmbese encima de ella, bésela con suavidad en los labios, si su pene está erecto... 

Reinas que apenas gozaban del sexo porque los reyes podían rodearse de concubinas o eran homosexuales y la única función de la fornicación era procrear. 

Si esa escena está basada en la realidad -en ocasiones una fantasía se repite tantas veces que se vuelve creíble-, espero que las instrucciones no fueran leídas por un eunuco. Debía de ser frustrante excitarse por la cercanía de dos cuerpos que fornican y no poder satisfacerse. 

Es curioso cómo las circunstancias a las que nos enfrenta la vida, nos hace cambiar de parecer. Hasta hace poco pensaba que cualquier hombre o mujer puede pasar toda su existencia pegado a una única persona. Ahora esa idea me produce una profunda tristeza, como si la convicción de permanecer confinado en una habitación muy reducida, nos pareciera correcto, por amor a ese trozo de tierra donde se ha nacido. ¿Por qué limitarnos a sentir las caricias y el cuerpo de una única persona?

¿Son la monogamia y el nacionalismo lo mismo? 

La pecadora

Mi amiga Lorena es una de esas personas que necesitan compañía incluso para ir al baño. La semana pasada se celebraba la misa por el alma de una vecina, y me arrastró con ella, aunque sabe que soy atea. Supuestamente fui chantajeada por la invitación a unas cervezas a la salida de la misa, pero lo que en realidad me incitaron a seguirla, fueron las historias que cuenta de su familia. Creo que sufro de una necesidad patológica de escuchar relatos, sean reales o ficticios. 

Apenas había comenzado la ceremonia, nosotras habíamos sido puntuales, llegó una señora arrastrando un carro de la compra, cebado por muchos más productos de los que estaba destinado a contener. Unos puerros se escapaban de su interior. Recordaban a esas ramas de jaramagos que crecen entre las juntas de las solerías o el mortero pobre de los tejados. Aparcó su carro junto a una de las columnas del templo, dos filas delante de nosotras. Se arrodilló, y no volvió a ponerse en pie hasta que el sacerdote dijo que podíamos ir en paz. Cuando se rezó el Yo Confieso, la mujer golpeó con fuerza su pecho tres veces (por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa). La cercanía me permitió escuchar la resonancia a casquería de su interior, como el sonido amortiguado de un tambor. 

¿Cuál sería el grave pecado de aquella señora? Ocultaba cualquier posible belleza tras la negligencia. Ojeras, piel falta de hidratación, pelo estropajoso recogido con descuido con una goma; el tirante derecho de su sujetador blanco, caído, asomando por su vestido estampado sin mandas. No parecía muy mayor, dentro de la década de los treinta. Tampoco era delgada ni obesa. Le sobrarían unos cinco kilos. 

Como las misas me aburren, no aparté la mirada de la pecadora. ¿Sería la tentación de la carne la que la obligaba a hincarse de rodillas? El amor por un hombre que no era su marido y cuya atracción no podría resistir. De algo estaba convencida, el encuentro con el amante no estaba cerca. Sólo una relación muy manida acepta la falta de coquetería de alguna de las partes, y esas relaciones no producen remordimientos de conciencia. 

A menudo es mejor la imaginación que la realidad, que arruina una buena historia. Entramos en el bar que hay junto a la iglesia, una de esas tascas que han soportado guerras, dictaduras, crisis y promesas democráticas. La mujer del carro de la compra nos siguió. 

Camarero: Gloria, ¿lo de siempre?

Mientras Lorena y yo apenas habíamos bebido media caña -acompañado por trozos de jamón cocido que estaban de muerte-, la mujer dejó seca una botella que había contenido medio litro de whisky. 

lunes, 26 de junio de 2017

Alguien a quien odiar

¿Qué se puede decir de un hombre de 41 años que asegura odiar a su madre y se ha acostado con una de sus estudiantes de ESO? 

El humor de Mickey es extraño. Su presentación es: Odio a mi madre. Soy profesor de ESO y mi última novia era una de mis alumnas. No advierte que es profesor de adultos. Cree que después de semejante conjunto de dislates, ningún otro aspecto de su vida puede decepcionar. También debería añadir que es un picaflor. 

Mickey es un apodo, por Mickey Mouse. Durante la adolescencia, sus orejas eran tan perpendiculares a la punta de su nariz y su cogote que parecía que alguien invisible le tirara de ellas. Su madre se obstinó en que lo operaran cuando apenas había cumplido 12 años, a pesar de las reticencias de la mayoría de los médicos de estética. Sus orejas de soplillo nunca le causaron problemas. La operación, si. Hace tres décadas, hasta los padres alentaban la homofobia. Perdió a todos sus amigos en aquella época y se sintió muy solo, porque para muchos la vanidad lo convertía en afeminado.

A su hermano menor también lo martirizó su madre. Antes de terminar la carrera, por el estrés, se le empezó a caer el pelo y ella lo obligó a teñirse el pelo de rubio, para que fuera menos evidente. Cuando llegó de la peluquería, se rapó la cabeza y se fue a vivir con su abuela. Nunca terminó la carrera. Estaba destinado a ser biólogo y ha terminado de conserje en un colegio.

Cuando Mickey censura a su madre y yo protesto, convencida de que algo bueno tendrá la mujer, él se encoge de hombros y dice: Supongo, sin añadir nada más.

domingo, 25 de junio de 2017

Montando películas

Él: Fíjate, está casi nuevo.
Ella: Déjalo ahí. No vayas a pillar algo malo. A saber Dios de quién era.
Él: Es como el fórmula 1 de los andadores.
Ella: ¡Qué lo dejes, coño! ¡No voy a permitir que se lo des! Si se entera que lo hemos cogido de la basura, se tira toda la noche llorando del disgusto.
Él: Pero si no se entera ni de que está sentado sobre su propia mierda. Y el que tiene es un trasto. Cualquier día se nos mata porque se le ha descompuesto. Y éste está nuevo, como si nunca lo hubieran utilizado.
Ella: Pues por lo mismo. Seguro que es de alguien que ha muerto. De un viejecillo que se quitaba la dentadura postiza y luego se cogía al andador sin lavarse las manos. ¡Por Dios, qué asco! Déjalo ahí que sólo de pensarlo me dan arcadas.
Él: Lo lavo con lejía y con alcohol. 
Ella: Seguro que estaban esperando a que el pobre hombre muriera para tirar sus cosas. Se deslomaría durante toda la vida trabajando, cualquier cosa a cambio de darle caprichos a sus hijos, para convertirse al final en un estorbo. Anda, vámonos, que me da más tristeza que asco.

sábado, 24 de junio de 2017

Los nombres de la risa

¿Por qué tenemos tan pocas palabras para definir la demostración de la alegría en el rostro? Risa, sonrisa, carcajada... Si queremos definir los miles de matices que tiene la risa, nos vemos forzados a crear frases interminables saturadas de adjetivos. Deberíamos tener una palabra para la risa irónica, para la risa forzada, para sonrisa de descaro, para las carcajadas incontroladas que hacen agitarse el cuerpo como si sufriera convulsiones. También necesitaríamos una palabra en concreto para definir la sonrisa de felicidad que aparece en el rostro inconscientemente, y que no se puede borrar aunque se intente. 

Mickey dice que sonrío mientras duermo, y que lo hago casi todas las noches. Le pido que me despierte, pero él se niega alegando que no quiere ser el culpable de robarme unos minutos de felicidad. ¿Con qué soñaré? Hace tiempo, lo suficiente para que de la memoria hayan desaparecido rostros de actores y el título, vi una serie de abogados. Una señora exigía que se le dejara pasar su vida soñando porque en sus sueños tenía una vida plena, con familia, esposo e hijos; y en la realidad estaba sola. Puede que yo sueñe con la realidad, con cualquier momento de mi vida cotidiana. 

Sin duda, necesaria la palabra que defina la sonrisa de los durmientes. 

martes, 20 de junio de 2017

El rastro persistente

Cuando era pequeña nos mudábamos dos, tres... hasta cinco veces al año. Lo hacíamos con tanta frecuencia que en una ocasión una monja no me dio el recado del traslado de mi familia de Tablada a Málaga porque creyó que era mentira. Existían los móviles, pero eran tamaño ladrillo, de la densidad del plomo y el precio del oro. 

No importaba lo lejos que nos marcháramos -sin pasar nunca de Despeñaperros-, siempre, absolutamente siempre, en algún rincón de la nueva casa aparecían hormigas rojas y pequeñitas. Tardamos en darnos cuenta que viajaban con nosotros, en la tierra de un ficus, que sobrevivió durante lustros a nuestra negligencia y olvido. Murió en el patio trasero de la casa de mi madre, durante una riada que destrozó la tapia del patio y atravesó toda la casa, con el tronco cercenado por algún objeto contundente que arrastró el lodo. 

Cuando me mudé al nuevo apartamento, limpié los cajones de todos los muebles, los armarios, las estanterías. Hasta los más insignificantes objetos de Guille fueron a parar a una maleta que le envié a Madrid. Ahora nunca va a Barcelona, y eso a sus padres les duele. 

Pero siempre queda algo. Mi portátil, como protector de pantalla, tiene la galería de imágenes. Casi todas son fotografías de mi sobrina, algunas de los edificios que he hecho, pocas de algunos amigos. Hay tantas y aparecen al azar, que puedo tirarme días sin ver la mayoría de ellas. Esta mañana apareció una que había olvidado por completo. La fotografía de un paisaje, una loma suave y una encina en su cumbre, rodeada de un manto suave de cebada. Es un árbol de mi infancia. Durante algún tiempo creí que había desaparecido, tal vez arrancado por voluntariamente por alguna enfermedad, o derribado por el viento o carbonizado por un rayo... Pero me equivocaba. Mi recuerdo era engañoso y lo colocó en una ubicación diferente a la real. Guille recorrió más de 20 km  para sacar aquella fotografía para mí. Miro en Propiedades del archivo. Creado: Lunes, 19 de diciembre de 2016, 13:14:32. Muy poco después, el uno de enero, se marchó para siempre. 

El rescate

Mi sobrina y sus amigas rescatan a una de las suyas de quedarse en el instituto sin ellas. La genética la ha maltratado. Le salen bultos de grasa en la cara. El trimestre pasado estuvo más tiempo en el hospital o encerrada en casa que en clase. Por si sola, o con ayuda de profesores de apoyo, consiguió superar todas las asignaturas menos la economía. Entre todas maquinaron un plan. Una vomitó en clase. Otra tiró el examen sobre el vómito. Cuando lo limpiaron, una de la otra clase sacó una fotografía a la hoja sucia. A mi sobrina se le da bien la economía. resolvió el examen fuera de clase y le pasaron los resultados al teléfono que habían disfrazado con una carcasa de calculadora. Hasta habían comprobado que la niña de los vómitos (a quien se le da muy bien potar a voluntad) sólo debía tomar esa mañana una infusión de manzanilla para que el papel manchado fuera legible.

Yo: Y tu madre ¿qué te ha dicho cuando se ha enterado?
Sobrina: No puede protestar. A mami la pillaron copiando. Tenía todos los muslos llenos de fórmulas.
Yo: Tu mami era muy gamberra cuando iba al instituto. 
Sobrina: Fue el verano pasado. En el curso de nutrición.

Mi amigo Mickey es profesor de la ESO. Se lo comento. Se encoge de hombros. Le parece bien. Está seguro que el profesor de economía se habrá percatado de la trampa, o de parte de ella. O lo habrá intuido porque un alumno mediocre o malo no mejora de repente. Las niñas sólo están proporcionando equilibrio a su compañera. La naturaleza se ha cebado con la cría y ellas la han rescato de la injusticia.


lunes, 19 de junio de 2017

El momento del adiós

Fran Rivera se ha convertido en una piñata para las redes sociales. En esta ocasión, por defender la memoria de un compañero de profesión de un puñado de trolls que para la mayoría sólo existen porque él les da importancia, ha utilizado un lenguaje barriobajero, inadecuado y soez. 

¿Se puede considerar el fallecimiento de Iván Fandiño una muerte laboral? 

Me importan los animales, pero más me importan las personas. Si en cualquier trabajo se produce una muerte, se intenta poner un remedio para evitar que vuelva a ocurrir. El toreo se puede llamar arte, Sun Tzu llamaba arte a la guerra; pero para algunas personas sólo es un trabajo, una forma descabellada de ganarse la vida. 

Los amigos del torero, sus familiares, los familiares de los toreros que continuarán jugándose la vida hoy, mañana o en la próxima fiesta de un pueblo, deberían exigir que se pusieran medios para evitar la muerte de los toreros: trajes que no se reduzcan a ridículas mallas rosas o que protejan los cuernos del toro para que no sean tan dañinos. 

¿Ridículas mis propuestas? ¿Eso no es toreo? ¿No sería el hombre contra el animal? Para quienes mis preguntas son afirmaciones, deberían avergonzarse y comprender que es inhumano, no por el daño que se les infringe a los animales durante las corridas de toros, si no por sacar placer, y no querer evitarlo, del riesgo de muerte que corre un puñado de personas por el simple disfrute de los espectadores. 

Al menos, ya que el derramamiento de sangre parece inevitable -del animal o del hombre-, deberían obligar a que junto a la plaza de toros, durante las corridas, permanezca una UVI móvil, o un helicóptero, que permita los traslados al hospital en el menor tiempo posible. Claro, que eso encarecería las entradas. ¿Tampoco se aceptaría esta propuesta? 

Tal vez, sin duda, es el momento adecuado para parar esta barbarie. 

domingo, 18 de junio de 2017

El amante

De todos los muebles que había en el apartamento, sólo he conservado una lámpara con ventilador incluido. Siempre quise tener una, aunque me parecían aparatosas e inútiles. Esta es muy bonita. Las aspas son de madera lacada del color del cerezo. Parecen la hélice de un avión antiguo. Tiene bombillas de bajo voltaje que, extrañamente, apuntan al techo. Cuando la hélice gira, el dormitorio se llena de sombras a intervalos regulares. Es hipnótico. Tranquilizador. Aunque sólo consigue remover el aire caliente, y espantar, tal vez, alguna mosca que se cuele por la ventana abierta. No refresca la piel pegajosa por el sudor, ni retarda que los cubitos de hielo se deshagan dentro del empalagoso zumo de piña y coco. El deshielo lo hace apto para mi paladar. El frío del líquido condensa en el vidrio las gotas de agua. Escurren por su superficie y empapan la servilleta de papel que utilizo como posavasos. El hielo, al cambiar de estado, hace ruido y se mueve dentro del líquido, como si tuviera vida animal. A esta hora, pasadas las cuatro, es fácil distinguir los ruidos de la casa. El exterior se ha sumido en el silencio; el extraño intervalo entre los que trasnochan y los que madrugan. Hoy, que es mi primera noche sin compañía en una semana, soy más consciente de los ruidos de mi alrededor. La extraña cercanía de la calle me hace recordar una película que vi hace mucho, y el libro en que se basa, que leí hace aún más. Unos amantes mantienen relaciones en una habitación protegida del exterior por unas puertas fraileras. No recuerdo si en la película la cercanía de los extraños excita a los amantes. Yo, lamento haberme dado cuenta de esa falta de privacidad demasiado tarde. 

La voluntad de Dios

Cierro los ojos antes de dormir y me esfuerzo en imaginar que fuera diluvia. Los meteorólogos prometieron tormenta estos días, y supongo que es una promesa cumplida porque hubo truenos y el viento que precede a la lluvia, pero fueron tan pocas las gotas caídas que han dejado cráteres limpios de polvo en la superficie monocromática de los coches. 

La realidad se impone a la imaginación. La ventana está abierta para que entre el aire fresco de la noche, aunque lo que se cuela principalmente, son las conversaciones de los paseantes nocturnos, tan desacostumbradamente cercanos -mi nuevo apartamento está a solo 3 metros de la rasante de la acera- que a veces me asusto por creerlos en mi misma habitación.

Hace un rato, a eso de la una, un hombre, con pocas ganas de llegar a casa porque su caminar era lento, pasó hablando por teléfono. Y lo hacía en un tono tan alto que delataba que su interlocutor estaba sordo, o tal vez adormilado, o  tenía poca cobertura. 

- En la misma zona, tío. Estuvimos en el mismo pueblo. Imagina que hubiera ocurrido un año antes, tío. Estaríamos todos muertos. Y hasta pensábamos ir este año porque el sitio es de puta madre. Unos paisajes alucinantes. Claro que ahora serán puro carbón. Porque Dios ha querido que este año me den las vacaciones en agosto, tío, que si no estarías en este momento preparando nuestros entierros. A la Tere le dije este mañana: Niña, compra una tarta que tenemos que celebrar la suerte que hemos tenido. Que podríamos haber sido nosotros....

Sumas que restan

Lo bueno de la separación, es que me he quedado con casi todos los amigos que teníamos en común. De Pere me apoderé casi de inmediato. Incluso antes de escapar de Barcelona y de la crisis económica. Éramos aliados, enamorados del mismo hombre. 

Hace unas semanas, más de cinco porque aún hacía frío, vino a visitarme, rebotado de Madrid. Lo había invitado Guille, pero de inmediato se dio cuenta que era un convidado de piedra. Siguió para abajo, para Andalucía, parapetado en una excusa de trabajo por si yo también le hacía un desplante. Fue divertido tenerlo por aquí. Como él dijo, hicimos cosas de chicas. Vimos películas romanticonas juntos, preparamos comidas exóticas sacadas de Internet y nos pintamos las uñas de los pies, para placer y disfrute de los posibles amantes, porque aún no era tiempo de sandalias. Una noche, acurrucados en la cama, intentamos ver Julieta; aunque a ambos nos gustan, por lo general, las películas de Almodóvar, nos quedamos dormidos en una de las primeras escenas. Cuando Julieta se encuentra con una amiga y le destroza los planes de marcharse de Madrid. El calor de las mantas y el cansancio nos hicieron caer en un sueño tan profundos que ni siquiera la estridencia de la música de la banda sonora nos sacó de él. A Pere, paradójicamente, lo despertó el silencio que siguió a la película, y al verme dormida a su lado, nos sacó una fotografía. La colgó en su Instagram con el comentario: ¡Ay, mami, a tu hijo lo han vuelto hetero! Todos sus amigos se lo tomaron por lo que era, una broma, menos Guille: Queca, eres patética queriendo darme celos así. Confieso que su comentario me dolió por demostrar lo poco que me conocía. Aquella fue la segunda vez que me había llamado patética. 

La primera ocurrió pocos días después de marcharse. Acepté la invitación de un compañero a compartir su estudio en El Rincón de la Victoria (aunque al final no ha dado resultado). Guille me llamó patética por salir escopetada cuando su socio se apoderó de nuestro antiguo estudio de Málaga. Nunca me gustó su compañero, y si lo toleraba era exclusivamente por él. Por supuesto, querer imponerse, aunque hubiéramos tenido alguna relación, era injusto; pero me hizo daño porque era la primera vez que me insultaba. 

La tercera vez que me llamó patética, aunque sí existió daño físico, no me dolió en absoluto. Nos peleábamos por los coches delante de los abogados, que debían de pensar que éramos críos enfurruñados por no querer ceder sus juguetes. Quiso quitarme un llavero, la anilla se me trabó en el pulgar. Me hice daño. Se inflamó de inmediato, y Guille me llamó patética porque no pedí hielo para evitar la hinchazón. Nada. En aquella tercera ocasión no sentí nada. 


lunes, 12 de junio de 2017

La trampa

Vuelvo a estar empadronada en Barcelona por algunos problemas con el piso de la Diagonal. No me gusta estar empadronada en Barcelona porque siempre, en todas las elecciones, me toca tirarme doce horas sentada a una mesa electoral. 

Cuando era pequeña, mi amigo Kiko solía llegar muy contento a su casa. Once contra uno y he ganado por 23 a 0... 32 a 0 ... 57 a 0. Cualquiera diría que era un as jugando al fútbol, pero el truco estaba en que sus contrincantes eran simples piedras colocadas en mitad del campo. 

¿Me tocará ser presidenta o vocal en una mesa electoral durante la grotesca votación por las independencia de Cataluña? En realidad son como mi amigo Kiko: juegan solos, sin contrincante. ¿Tienen alguna posibilidad de perder? Estás inventando un futuro idílico, irreal y fantasioso, sin problemas reales. ¿De verdad estaría Cataluña dentro de la Unión Europea? ¿No tendrían que pagar aranceles nuestros productos? ¿Tendríamos libertad para movernos por el territorio español sin visados ni pasaporte? 

Se gastarán un montón de dinero de nuestros impuestos en un referéndum injusto del que conocemos los resultados y aún así querrán legitimarlos. Sólo necesitamos saber el porcentaje. ¿Cuál será? 110% a -10%?

domingo, 11 de junio de 2017

Cazando peces

Mi madre tuvo que convencerse de que yo no había sido la culpable de la ruptura con Guille para que comenzara a consolarme. Él se lo pierde. El mar está lleno de peces

Tengo amigas nuevas. Me las presentó mi cuñada. Su grupo de viudas/divorciadas. Cuando salen de cacería, me arrastran como si temieran que fuera a perder una gran oportunidad. Pero salir a ligar sólo es una excusa para pasar un buen rato de charla, bromas, chismes y bebida. Siempre regresamos solas a casa. Me gustan mucho porque son excesivas, dramáticas, descaradas, divertidas... han conseguido librarse del temor al qué dirán. 

Hace unas semanas nos tomamos más en serio eso de ligar porque una de nosotras necesitaba un acompañante para una boda. Tuvimos una cita masiva con un grupo como el nuestro, pero masculino. En menos de media hora, el acompañante de mi amiga, la necesitada de compañía para una boda, le estaba preguntando si se le daba bien planchar, y a mí otro me aseguraba que con él no me iba a faltar de nada. Fue el único día que volvimos alicaídas a casa. Convencidas de que en el futuro sólo encontraríamos sujetos más necesitados de que le limpiaran el polvo a echar uno. preñeces cerveceras, machismo disfrazado de caballerosidad, camisas percudías...  

En el gimnasio encontré los polos apuestos a estos señores. Me quedé mirando el jarrete de un hombre joven que hacía spinning delante de mí. Tenía tatuada una imagen de la película Gantz:O. Su compañero se dio cuenta y se lo advirtió. Le aclaré que no le miraba el culo, como aseguraba su amigo, me atraía su tatuaje porque conocía la película. Los dos se llaman Javier, el del tatuaje y su sombra, y se parecen tanto que pueden pasar por hermanos, aunque no lo son. Estuvimos de cachondeo un rato, y tomándonos una cerveza. Cuando me iba, me ofrecieron hacer un trío. Confieso que dudé unos segundos, pero ese día también volví sola a casa.

No les he preguntado a mis nuevas amigas cómo consiguen satisfacer las necesidades sexuales. Son tan abiertas y sinceras... hay algunos detalles que prefiero no conocer. 



Por un puñado de lectores

He vuelto a los dictados con frases del tipo: La manta de lana de la cama la paga Paca. Aunque creo que no está dando resultado porque el otro día confundí pintar y pinzar. Me cuesta mucho hacer cualquier cosa que no sea maquinal. No por que aún siga lamiéndome las heridas -eso ya ha pasado a la historia-. La carga de trabajo ha aumentado de repente y ahora estoy sola. Tuve un becario, pero ya ha terminado. Antes caía algún proyecto importante cada tres o cuatro meses, y mucha paja del tipo certificados o pequeñas reformas. Ahora la paja continúa, pero los proyectos a los que hay que dedicarles más tiempo, han aumentado.

Creo que olvidar esa palabra, que se me ha hincado en el cerebro como una banderilla, y la indignación que me produjo un artículo leído ayer en el periódico, me han hecho volver.

"Posiciones sexuales para cuando él quiere y tú no": polémica por un blog que indigna a las redes, es el titular. Pero, ¿es esa realmente la noticia? O: La prensa y las redes sociales se alían para fomentar la polémica y las mentiras. En el mismo periódico donde sale esa noticia, no hacen caso a un arquitecto que estuvo encerrado durante 40 días cuando quiso entrar en EEUU como turista. Su delito: haber viajado a Siria hace seis años. La legalidad del secuestro no es noticia. A ese hombre le han robado más de 40 días de su vida: miedo, frustración, injusticia... no importa. El machismo inventado de una bloguera es más importante. Está bien que cierren ese blog, lo que no me parece correcto es que los periódicos lo consideren noticia. Están dando pie a que algunos blogueros sin escrúpulos vendan su moralidad por un puñado de lectores y por tener sus quince minutos de fama en los periódicos.

Pero, indignación aparte, después de leer los pocos consejos que aparecen en la noticia de La Nena, es inevitable preguntarse si a esa mujer le importa un ápice su pareja. Y si la puede manipular con tanta facilidad ¿se tratará de un aparato cilíndrico que funciona a pilas?, que pulse el botón de off y su problema se verá resuelto.





Las dos flores

Conocer la muerte de una compañera me hace mirar las fotos del colegio. La busco entre muchas caras que ya he olvidado por completo y otras que reconozco con las modificaciones del paso del tiempo. Margot, Margarita, Marga. Una de las empollonas de la clase. Había dos. Ella y Rosa. Creo que de la clase, yo era la única que las miraba con envidia. No eran amigas entre ellas; pero se complementaban y conseguían que la otra fuera aún mejor. Estaban en constante pique, queriendo superar a su contrincante. Puede que si el azar no las hubiera unido, sólo hubiesen sido estudiantes mediocres. 

Me gusta repasar las fotos antiguas. En la única que tengo en la que aparecen ambas, es de grupo, toda la clase bien formada. Rosa a la derecha, larguirucha y con expresión de superioridad, Margarita a la izquierda, mucho más baja y mirando a su derecha, como si quisiera escapar de aquella obligación. Cada una en un extremo, los corchetes que contenían a la mediocridad. Miro esas fotos e invento la vida de quienes desconozco el futuro que tuvieron después del colegio. De ninguna sabía nada, lo que me permitía fantasear. Las imaginaba juntas, en constante pique, compartiendo apartamento, en algún lugar importante donde sus superpoderes: sus inteligencias, fueran lo común, como la NASA o cualquier empresa informática de logotipo reconocido hasta en el más recóndito rincón del planeta. 

Pero no. Rosa estudió pediatría y ejerce en una clínica privada de Antequera y Margarita, empresariales, aunque nunca ejerció. Se casó pronto. Tuvo tres hijos y lleva dos años muerta. Una antigua condiscípula puso el recordatorio por el segundo aniversario de su fallecimiento en alguna red social y la noticia, como si fuera una pelota de goma, ha rebotado de un lado a otro hasta llegar a mi whatsapp. Los embarazos fueron acumulando peso a su cuerpo menudo hasta conseguir que su corazón, por el esfuerzo, estallara. 

D.E.P

miércoles, 24 de mayo de 2017

El anciano perdido

Hace unos meses le robé una conversación a un anciano. Pensé escribir una entrada con ella, pero creo que al final no lo hice porque no la encuentro (tampoco la he buscado con mucho ahínco).  A veces pienso en escribir algo, hasta busco las palabras precisas que pondré, pero al final, por olvido o por falta de tiempo, no lo hago, pero en mi mente queda el recuerdo de haberlo hecho. 

En una de las dos esquinas de la intersección de la calle Agustina de Aragón con Chueca de Granada, hay un local no muy grande y gafado. Hace unos meses un señor con barba impregnaba de hedor a esmalte sintético el aire, le daba a la brocha gorda, mutaba el color azul de una pescadería por el rojo de una carnicería. El anciano, un hombre consumido, momificado, todo huesos, entretenía al pintor vaticinando un futuro muy breve para su negocio. 

La carnicería abrió, y estuvo activa unas semanas, tres o cuatro. De repente, en la persiana roja, apareció un letrero en una hoja cuadriculada de cuaderno: Estamos de vacaciones. Volveremos. Perdonen las molestias. ¿Quién se va de vacaciones cuando acaba de abrir un negocio? Según mi vecina, que todo lo sabe, sanidad le había puesto algunas pegas que debían subsanar. A las pocas semanas la carnicería volvió a abrir, pero con otro dueño. Cada vez que pasaba por aquel comercio, estaba completamente vacío. Un reluciente mostrador con trozos de carne perfectamente ordenada que podía ver al pasar por la calle porque nunca había clientes que me entorpecieran la vista. El azar hizo que en algunos días mi camino esquivara el local. Hoy he vuelto a ese cruce de calles y sobre el letrero de CARNICERÍA, hay otro de papel que pone: SE ALQUILA. 

El local, cuando aún lucía los colores de la pescadería


Inevitable recordar al anciano, y al hacerlo me he dado cuenta que hace mucho que no lo veo. Espero que todo se deba a la casualidad. Que nos hayamos convertido en dos imanes de polos iguales y que cuando yo camino por una calle, él acabe de doblar por cualquier esquina, escapando a mi vista.

Idos de la pinza

Cuando a mis compañeras de primaria le preguntaban por el día más feliz de sus vidas, lo tenían fácil. Fuera verdad o no, siempre aseguraban que había sido el de su primera comunión. Han pasado más de 30 años, pero para mí fue un momento aciago que aún no he logrado olvidar: ese día tuve conciencia del verdadero significado de la muerte. También fue como una despedida oficial a mi padre. Murió pocos meses después, en septiembre.

No puedo evitar mirar con pesar a los niños disfrazados para su primera comunión. Los observo y me pregunto qué estará pasando por sus mentes. ¿También se sentirán al borde de un abismo porque saben que un día dejarán de existir y no tendrán conciencia para percibir el paso del tiempo? 

El mismo sábado que se celebraba el concurso de Eurovisión, asistí a la comunión del hijo de unos amigos. Diez años recién cumplidos y metro y medio de esqueleto desgarbado, incómodo por los zapatos que le estaban moliendo los pies y la corbata que le cortaba la respiración. 

Si hubiera leído una de las últimas entradas en el blog del juez Calatayud, me habría acordado de él en cuanto me acerqué al cortijo donde se celebraba la comunión y lo vi rodeado de coches. Más de ochenta invitados (a la boda de mi hermano mediano no llegaron a diez). 

Todo fue tan desproporcionado que, llegado un punto de la noche (la comunión duró de las 6 de la tarde a las 2 de la madrugada), me pregunté si se iban a apagar las luces y aparecer un puñado de stripper. 

Y aún así, la madre se quejaba. Había previsto que la comunión se celebrara por la mañana, y que la fiesta durara todo el día, con capea incluida y matanza. Pero el cura y el veterinario se habían negado. 

Cuando la mujer mencionó la matanza, señaló con la cabeza una de las mesas con comida: jamón asado, lomo a la pimienta, pinchitos morunos, chuletas... Entre las bandejas y platos había fotografías de un cerdo rosado y gordo, y bajo las fotos, un nombre: Lucero.


martes, 23 de mayo de 2017

Condensando el tiempo con números

Un trío.

Dos comuniones. Una convencional. Otra, tipo boda.

Tres lugares nuevos donde vivir. El despacho del Rincón de la Victoria salió rana. Demasiado lejos para los clientes. He tenido que volver a Málaga. He alquilado un apartamento. Es pequeñito. Cómodo. El estudio de la calle San Antón lo conservo, pero sin los muebles que lo convertían en una vivienda, parece diferente. Más grande. Inmenso.

Cuatro abogados. Tres de Guille, una mía.

Cuatro coches. Tres para Guille, uno para mí (es como si la imposición y el prevalecer de los derechos no dependiera de la justicia, si no del número de abogados que se tiene). 

Cinco fotografías, en vida, del cadáver que nos comimos. Una mirando indiferente a la cámara. Otra tumbado en la hierba. Dos entre sus compañeros de San Martín. Otra caminando hacia el horizonte, enseñando las posaderas y un, supongo, gracioso caminar que la fotografía no captó. 

Seis días de visita de Pere.

Siete proyectos. El más frustrante, la ampliación de un cortijo cerca de Alcaudete. La burocracia es una puñalada al sentido común.

Siete los meses de gestación del bebé de Guille. Mi exsuegra, que no parece feliz con la nueva situación y ha dejado de culparme de lo ocurrido, lo llama Naranjito porque dice que el tamaño de la cabeza del niño es como una naranja. 

Seis, las visitas que he hecho al psiquiatra. Por tranquilizar a mi familia. Temían que cayera en una depresión. Lo único que he sacado, además del dinero de los bolsillos, es un montón de pastillas que algunas amigas miran como si fueran golosinas. 

Cinco nuevos amigos.

Cuatro... no hay cuatro.

Tres, las ventanas que tiene mi nuevo apartamento.

Dos, las veces que se ha caído una niña que está aprendiendo a patinar en el parque al que da la ventana por la que miro. 

Una, yo.

miércoles, 12 de abril de 2017

El señor que se sienta sobre su cerebro

La inteligencia no es una de las cualidades con las que me ha bendecido la mezcla de genes maternos/paternos. Tengo otras, pero de inteligencia ando más bien justita. Por eso, cuando leí que Fran Rivera, sobre los animalistas, preguntaba: Para ser antitaurino, ¿hay que dejar de ducharse?, pensé que algo se me escapaba, que no llegaba a comprender el sentido oculto de la frase o a pillar la ironía. Pero no, simplemente no había más; y al parecer, tampoco en su cerebro. Adobó una trola (sólo los antitaurinos marranos no se duchan, porque antitaurinos seguro que hay de todas clases, igual que taurinos) con intolerancia (la gente se viste y va como puede y como quiere y se siente más cómoda). 

En fin, si la tauromaquia depende de sujetos como éste, los antitaurinos tienen el trabajo hecho. 

Impasse

Ando peleándome con los abogados. No esperaba que esta situación cansara tanto, agota y entristece hasta las lágrimas. Lo que antes tenía un claro dueño: tuyo, mío; ahora, si la posesión era mía, se convierte en nuestra; si era de Guille, sigue siendo suya exclusivamente. La situación se ha desmadrado hasta extremos inimaginables. Guille suele gritar antes los abogados: Joder, Queca, hazlo fácil. Exigiendo que acepte alguna injusticia sin protestar. 

Me pregunto si Guille me quiso alguna vez. Recuerdo algunos gestos de ternura y todo se vuelve aún más confuso. La última noche, sin venir a cuento, me besó el hombro. Y el día anterior a ese, fue pegajoso como una lapa. ¿Fingía?

Lo malo es que la lucha no ha hecho nada más que empezar. 

jueves, 23 de marzo de 2017

El pajarito que susurra al oído

Cometo muchas faltas ortográficas; las normales, como toda la gente, al comerme haches o poner una "v" en lugar de una "b", pero también cometo errores al escribir, por ejemplo, cama en lugar de cara. Este blog se llama Sin Escrúpulos precisamente porque no demuestro tenerlos al no cesar de juntar palabras y esperar que alguien sea capaz de comprender qué quiero decir.

En la última entrada cometí un error garrafal. Escribí Arcollano en lugar de Alcoyano. Pero en esta ocasión no fue la dislexia la que me jugó una mala pasada. Fue un aprendizaje incorrecto. Uno de mis profesores de estructuras, cada vez que sus alumnos demostrábamos tener esperanzas en que sucediera algo improbable, como que el examen fuera fácil, nos solía decir: Tenéis más fe que el arco llano, que en realidad es una viga y terminará colapsada. Ahora supongo que lo de mi profesor de estructuras era un juego de palabras y no desconocimiento de los orígenes del dicho: Más fe que el Alcoyano

Gracias al pajarito que me susurra mis meteduras de pata.