viernes, 11 de agosto de 2017

La rabia

Estoy enfada. 

Estoy enfada con Donald Trump y Kim Jong-un por parecer un par de críos enfurruñados y a punto de estallar. Lo malo es que si lo hacen, quien pierde siempre serán los otros. 

Estoy enfadada conmigo misma porque fantaseo con un dron persiguiendo al dictador norcoreano. Para que no sufra su pueblo, la única solución que se me ocurre es su prematura desaparición. Sin líder, el pueblo recién destetado aceptará sin perjuicios el amparo de Corea del Sur, una unificación pacífica. 

Estoy enfadada con el Ayuntamiento de Granada porque pretenden dar la granada de oro a dos figuras religiosas. Puestos a reconocerles méritos a objetos, podrían dárselas a los leones de la Alhambra, en recuerdo a las manos que los labró y a las muchas que los han restaurado. 

Estoy enfadada con los técnicos de la luz porque la semana pasada vinieron al barrio a interrumpir una conexión ilegal que alimentaba una plantación de maría y durante tres horas esas plantas fueran las únicas que disfrutaron de iluminación artificial. 

Estoy enfadada con el cariño excesivo que demuestran políticos y nacionalistas por Cataluña. Tanto cariño va a terminar destruyéndola. 

Estoy enfadada con la periodista de El País que, al relatar la noticia de la detención del corredor que empuja a una mujer y al caer al suelo está a punto de ser atropellada por un autobús, afirma que la mujer había invadido el camino del corredor cuando, sobre todo en las imágenes a cámara lenta, se comprueba que el hombre va a buscarla intencionadamente, estándo aún a varios metros de distancia, sigue corriendo sin mirar y vuelve a su trayectoria. 

Seguramente estaré enfadada por más cosas, pero en este momento no me apetece recordar. 

También debería estar enfadada con Guille por haberme destrozado la comodidad y monotonía hasta extremos inimaginables; pero sólo estoy enfadada por no poder enfadarme con él: al final a quien más se le fastidió la vida fue a él. 

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