miércoles, 28 de junio de 2017

El pecado de la monogamia / El pecado del nacionalismo

En más de una película surcoreana he visto repetida la misma escena: reyes que por primera vez van a mantener una relación sexual y, desde el otro lado de la puerta cerrada de la alcoba, alguien lee las instrucciones para el correcto apareamiento. Acaricie los pezones de su esposa con los pulgares, túmbese encima de ella, bésela con suavidad en los labios, si su pene está erecto... 

Reinas que apenas gozaban del sexo porque los reyes podían rodearse de concubinas o eran homosexuales y la única función de la fornicación era procrear. 

Si esa escena está basada en la realidad -en ocasiones una fantasía se repite tantas veces que se vuelve creíble-, espero que las instrucciones no fueran leídas por un eunuco. Debía de ser frustrante excitarse por la cercanía de dos cuerpos que fornican y no poder satisfacerse. 

Es curioso cómo las circunstancias a las que nos enfrenta la vida, nos hace cambiar de parecer. Hasta hace poco pensaba que cualquier hombre o mujer puede pasar toda su existencia pegado a una única persona. Ahora esa idea me produce una profunda tristeza, como si la convicción de permanecer confinado en una habitación muy reducida, nos pareciera correcto, por amor a ese trozo de tierra donde se ha nacido. ¿Por qué limitarnos a sentir las caricias y el cuerpo de una única persona?

¿Son la monogamia y el nacionalismo lo mismo? 

La pecadora

Mi amiga Lorena es una de esas personas que necesitan compañía incluso para ir al baño. La semana pasada se celebraba la misa por el alma de una vecina, y me arrastró con ella, aunque sabe que soy atea. Supuestamente fui chantajeada por la invitación a unas cervezas a la salida de la misa, pero lo que en realidad me incitaron a seguirla, fueron las historias que cuenta de su familia. Creo que sufro de una necesidad patológica de escuchar relatos, sean reales o ficticios. 

Apenas había comenzado la ceremonia, nosotras habíamos sido puntuales, llegó una señora arrastrando un carro de la compra, cebado por muchos más productos de los que estaba destinado a contener. Unos puerros se escapaban de su interior. Recordaban a esas ramas de jaramagos que crecen entre las juntas de las solerías o el mortero pobre de los tejados. Aparcó su carro junto a una de las columnas del templo, dos filas delante de nosotras. Se arrodilló, y no volvió a ponerse en pie hasta que el sacerdote dijo que podíamos ir en paz. Cuando se rezó el Yo Confieso, la mujer golpeó con fuerza su pecho tres veces (por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa). La cercanía me permitió escuchar la resonancia a casquería de su interior, como el sonido amortiguado de un tambor. 

¿Cuál sería el grave pecado de aquella señora? Ocultaba cualquier posible belleza tras la negligencia. Ojeras, piel falta de hidratación, pelo estropajoso recogido con descuido con una goma; el tirante derecho de su sujetador blanco, caído, asomando por su vestido estampado sin mandas. No parecía muy mayor, dentro de la década de los treinta. Tampoco era delgada ni obesa. Le sobrarían unos cinco kilos. 

Como las misas me aburren, no aparté la mirada de la pecadora. ¿Sería la tentación de la carne la que la obligaba a hincarse de rodillas? El amor por un hombre que no era su marido y cuya atracción no podría resistir. De algo estaba convencida, el encuentro con el amante no estaba cerca. Sólo una relación muy manida acepta la falta de coquetería de alguna de las partes, y esas relaciones no producen remordimientos de conciencia. 

A menudo es mejor la imaginación que la realidad, que arruina una buena historia. Entramos en el bar que hay junto a la iglesia, una de esas tascas que han soportado guerras, dictaduras, crisis y promesas democráticas. La mujer del carro de la compra nos siguió. 

Camarero: Gloria, ¿lo de siempre?

Mientras Lorena y yo apenas habíamos bebido media caña -acompañado por trozos de jamón cocido que estaban de muerte-, la mujer dejó seca una botella que había contenido medio litro de whisky. 

lunes, 26 de junio de 2017

Alguien a quien odiar

¿Qué se puede decir de un hombre de 41 años que asegura odiar a su madre y se ha acostado con una de sus estudiantes de ESO? 

El humor de Mickey es extraño. Su presentación es: Odio a mi madre. Soy profesor de ESO y mi última novia era una de mis alumnas. No advierte que es profesor de adultos. Cree que después de semejante conjunto de dislates, ningún otro aspecto de su vida puede decepcionar. También debería añadir que es un picaflor. 

Mickey es un apodo, por Mickey Mouse. Durante la adolescencia, sus orejas eran tan perpendiculares a la punta de su nariz y su cogote que parecía que alguien invisible le tirara de ellas. Su madre se obstinó en que lo operaran cuando apenas había cumplido 12 años, a pesar de las reticencias de la mayoría de los médicos de estética. Sus orejas de soplillo nunca le causaron problemas. La operación, si. Hace tres décadas, hasta los padres alentaban la homofobia. Perdió a todos sus amigos en aquella época y se sintió muy solo, porque para muchos la vanidad lo convertía en afeminado.

A su hermano menor también lo martirizó su madre. Antes de terminar la carrera, por el estrés, se le empezó a caer el pelo y ella lo obligó a teñirse el pelo de rubio, para que fuera menos evidente. Cuando llegó de la peluquería, se rapó la cabeza y se fue a vivir con su abuela. Nunca terminó la carrera. Estaba destinado a ser biólogo y ha terminado de conserje en un colegio.

Cuando Mickey censura a su madre y yo protesto, convencida de que algo bueno tendrá la mujer, él se encoge de hombros y dice: Supongo, sin añadir nada más.

domingo, 25 de junio de 2017

Montando películas

Él: Fíjate, está casi nuevo.
Ella: Déjalo ahí. No vayas a pillar algo malo. A saber Dios de quién era.
Él: Es como el fórmula 1 de los andadores.
Ella: ¡Qué lo dejes, coño! ¡No voy a permitir que se lo des! Si se entera que lo hemos cogido de la basura, se tira toda la noche llorando del disgusto.
Él: Pero si no se entera ni de que está sentado sobre su propia mierda. Y el que tiene es un trasto. Cualquier día se nos mata porque se le ha descompuesto. Y éste está nuevo, como si nunca lo hubieran utilizado.
Ella: Pues por lo mismo. Seguro que es de alguien que ha muerto. De un viejecillo que se quitaba la dentadura postiza y luego se cogía al andador sin lavarse las manos. ¡Por Dios, qué asco! Déjalo ahí que sólo de pensarlo me dan arcadas.
Él: Lo lavo con lejía y con alcohol. 
Ella: Seguro que estaban esperando a que el pobre hombre muriera para tirar sus cosas. Se deslomaría durante toda la vida trabajando, cualquier cosa a cambio de darle caprichos a sus hijos, para convertirse al final en un estorbo. Anda, vámonos, que me da más tristeza que asco.

sábado, 24 de junio de 2017

Los nombres de la risa

¿Por qué tenemos tan pocas palabras para definir la demostración de la alegría en el rostro? Risa, sonrisa, carcajada... Si queremos definir los miles de matices que tiene la risa, nos vemos forzados a crear frases interminables saturadas de adjetivos. Deberíamos tener una palabra para la risa irónica, para la risa forzada, para sonrisa de descaro, para las carcajadas incontroladas que hacen agitarse el cuerpo como si sufriera convulsiones. También necesitaríamos una palabra en concreto para definir la sonrisa de felicidad que aparece en el rostro inconscientemente, y que no se puede borrar aunque se intente. 

Mickey dice que sonrío mientras duermo, y que lo hago casi todas las noches. Le pido que me despierte, pero él se niega alegando que no quiere ser el culpable de robarme unos minutos de felicidad. ¿Con qué soñaré? Hace tiempo, lo suficiente para que de la memoria hayan desaparecido rostros de actores y el título, vi una serie de abogados. Una señora exigía que se le dejara pasar su vida soñando porque en sus sueños tenía una vida plena, con familia, esposo e hijos; y en la realidad estaba sola. Puede que yo sueñe con la realidad, con cualquier momento de mi vida cotidiana. 

Sin duda, necesaria la palabra que defina la sonrisa de los durmientes. 

martes, 20 de junio de 2017

El rastro persistente

Cuando era pequeña nos mudábamos dos, tres... hasta cinco veces al año. Lo hacíamos con tanta frecuencia que en una ocasión una monja no me dio el recado del traslado de mi familia de Tablada a Málaga porque creyó que era mentira. Existían los móviles, pero eran tamaño ladrillo, de la densidad del plomo y el precio del oro. 

No importaba lo lejos que nos marcháramos -sin pasar nunca de Despeñaperros-, siempre, absolutamente siempre, en algún rincón de la nueva casa aparecían hormigas rojas y pequeñitas. Tardamos en darnos cuenta que viajaban con nosotros, en la tierra de un ficus, que sobrevivió durante lustros a nuestra negligencia y olvido. Murió en el patio trasero de la casa de mi madre, durante una riada que destrozó la tapia del patio y atravesó toda la casa, con el tronco cercenado por algún objeto contundente que arrastró el lodo. 

Cuando me mudé al nuevo apartamento, limpié los cajones de todos los muebles, los armarios, las estanterías. Hasta los más insignificantes objetos de Guille fueron a parar a una maleta que le envié a Madrid. Ahora nunca va a Barcelona, y eso a sus padres les duele. 

Pero siempre queda algo. Mi portátil, como protector de pantalla, tiene la galería de imágenes. Casi todas son fotografías de mi sobrina, algunas de los edificios que he hecho, pocas de algunos amigos. Hay tantas y aparecen al azar, que puedo tirarme días sin ver la mayoría de ellas. Esta mañana apareció una que había olvidado por completo. La fotografía de un paisaje, una loma suave y una encina en su cumbre, rodeada de un manto suave de cebada. Es un árbol de mi infancia. Durante algún tiempo creí que había desaparecido, tal vez arrancado por voluntariamente por alguna enfermedad, o derribado por el viento o carbonizado por un rayo... Pero me equivocaba. Mi recuerdo era engañoso y lo colocó en una ubicación diferente a la real. Guille recorrió más de 20 km  para sacar aquella fotografía para mí. Miro en Propiedades del archivo. Creado: Lunes, 19 de diciembre de 2016, 13:14:32. Muy poco después, el uno de enero, se marchó para siempre. 

El rescate

Mi sobrina y sus amigas rescatan a una de las suyas de quedarse en el instituto sin ellas. La genética la ha maltratado. Le salen bultos de grasa en la cara. El trimestre pasado estuvo más tiempo en el hospital o encerrada en casa que en clase. Por si sola, o con ayuda de profesores de apoyo, consiguió superar todas las asignaturas menos la economía. Entre todas maquinaron un plan. Una vomitó en clase. Otra tiró el examen sobre el vómito. Cuando lo limpiaron, una de la otra clase sacó una fotografía a la hoja sucia. A mi sobrina se le da bien la economía. resolvió el examen fuera de clase y le pasaron los resultados al teléfono que habían disfrazado con una carcasa de calculadora. Hasta habían comprobado que la niña de los vómitos (a quien se le da muy bien potar a voluntad) sólo debía tomar esa mañana una infusión de manzanilla para que el papel manchado fuera legible.

Yo: Y tu madre ¿qué te ha dicho cuando se ha enterado?
Sobrina: No puede protestar. A mami la pillaron copiando. Tenía todos los muslos llenos de fórmulas.
Yo: Tu mami era muy gamberra cuando iba al instituto. 
Sobrina: Fue el verano pasado. En el curso de nutrición.

Mi amigo Mickey es profesor de la ESO. Se lo comento. Se encoge de hombros. Le parece bien. Está seguro que el profesor de economía se habrá percatado de la trampa, o de parte de ella. O lo habrá intuido porque un alumno mediocre o malo no mejora de repente. Las niñas sólo están proporcionando equilibrio a su compañera. La naturaleza se ha cebado con la cría y ellas la han rescato de la injusticia.