miércoles, 1 de julio de 2015

El poder del dinero

Había una película antigua, o puede que fuera el episodio de una serie, en la que una estrella juvenil imponía su dictadura incluso a su madre, la que era tratada como una chacha. Su mánager sólo conseguía manejarlo con la amenaza de dejar de quererlo. A mí me ocurre lo mismo: necesito que me quieran, al menos mis clientes y me esfuerzo porque así sea, a veces hasta extremos excesivos. Soy paciente. Comprendo que el desembolso por una vivienda es una atadura que les lastrará casi toda la vida. Demasiado a menudo, en cuanto han dado el visto bueno a su anteproyecto, se arrepienten y deciden que quieren otra cosa muy diferente a la que anhelaban hasta entonces. Vuelven con su esquema hecho en una hoja cuadriculada, con escaleras minúsculas y habitaciones grandiosas, olvidando que sus parcelas tienen unas dimensiones fijas y que las normativas municipales imponen limitaciones. Intento complacerlos otra vez. Por lo general con el segundo intento quedan satisfechos y cesa su indecisión. Pero, de tarde en tarde, aparece el cliente imposible de complacer, que lo único que parece saber es lo que no quiere y cualquier esfuerzo sólo lleva al fracaso. No existe nada más frustrante. Ahora tengo uno de esos clientes. Colabora activamente en mi infelicidad. Pero ni siquiera puedo enfadarme con él porque su empresa está amenazada por un ERE. Me parece que cada vez que impone un cambio está pensando más en el gusto y placer de los posibles compradores de su futura casa, que en el suyo propio. 

lunes, 29 de junio de 2015

Caminando entre fantasmas

En más de una ocasión he pensado que la vida es como un círculo: nacemos desdentados, feos, arrugados, calvos y dependiendo de otras personas y morimos, si llegamos a muy viejos, de igual forma. Si esta teoría fuera verdad, yo ya he pasado el ecuador de mi existencia porque poco a poco volvemos a la monotonía de hace dos o tres años. Guille recuperó el estudio de Barcelona antes de volver, tenemos pensado regresar a casa en cuanto las viviendas que estamos haciendo ahora en la costa malagueña estén terminadas y hemos vuelto abrir el estudio de Málaga. El mismo que dejamos hace unos meses, cerca de la calle Larios, con unas vistas a la catedral que serían asombrosas si un castillete del edificio de la Telefónica, no las segmentara en dos. Incluso los muebles son los mismos. Los habíamos vendido en una tienda de segunda mano. No merece la pena comprar nuevos porque será una oficina de tránsito, a la que ir de tarde en tarde para quedar con los clientes. 

El dueño de la tienda de segunda mano nos llevó a su almacén, que está en el sótano de un edificio antiguo. Todo el suelo de Málaga supura humedad. La capa freática está muy cerca de la superficie. El sótano tiene su microclima, parece un invernadero. El aire resultaba casi irrespirable, saturado de olores extraños, una mezcla a maderas nobles, roña y humedad. Sobre todo humedad, tanta que imaginé que si abría uno de los cajones de cualquiera de los muebles que se amontonaban pegados a las paredes o formando pasillos, los encontraría llenos de champiñones. El dueño nos llevó a toda velocidad hasta el rincón donde tenía los muebles de oficina. Decenas de sillas giratorias, de escritorios, de flexos, incluso de inservibles fotocopiadoras que ya nadie quiere. El dependiente nos informó que ya no acepta muebles de oficina porque no tienen salida. La muestra estaba en que los nuestros, los que vendimos unos meses atrás, nos esperaban envueltos en fantasmales plásticos blancos, impolutos, aún conservando nuestro olor y las muescas y manchas inevitables del uso. 

Con mis compañeras de piso de estudiantes, tenía un juego: ¿en qué tipo de tienda te gustaría quedarte encerrada durante toda una noche? ¿Una lencería? ¿Una tienda de golosinas? ¿Un centro comercial?... Yo siempre escogía una tienda de informática. Ahora cambiaría. Escogería un almacén como en el que estuvimos, tan lleno de muebles que resulta inevitable el temor a morir aplastada ante el más mínimo sismo. Tan lleno de pasado, de recuerdos ancestrales, de fantasmas ya olvidados, que dan ganas de imaginar la existencia de sus dueños para que aún no mueran del todo. 

sábado, 27 de junio de 2015

El peor castigo

Lo malo de los errores no es cometerlos. Lo malo de los errores es no aprender nada de ellos.

Esta noche hemos celebrado una pequeña fiesta en la terraza de nuestro piso. Algunos amigos de Guille y sus esposas. Cuatro parejas y nosotros, nadie más. Comida de barbacoa y ensaladas en platos de plástico. Mucha bebida. Cerveza y sangría. Y, sobre todo, conversación. Es gente normal. Un informático, tres profesoras, dos parados, un amo de casa y un enfermero. Todos con descendencia. Un hijo por pareja, como si España impusiera las mismas leyes sobre la natalidad que China. 

Suelo estar tan sumergida en mi mundo, limitado al intercambio de opiniones con Guille, mi madre, mis hermanos y primos, que en cuanto emerjo, me asombro por lo que descubro. Una de las parejas que nos acompañaban esta noche, muy dada al deporte y la vida sana, está en contra de la vacunación masiva. Cuando les preguntamos si no tenían miedo de que a su hijo le ocurriera lo mismo que al niño de Olot, nos soltaron una retahíla de datos específicos que fuimos incapaces de rebatirles por desconocimiento. Entre ellos, que en mayo de este año dos bebés murieron después de haber sido vacunados de hepatitis y que el gobierno lo había silenciado porque están conchabados con las farmacéuticas. Cuando se fueron y pude sentarme ante el ordenador, comprobé el dato. Efectivamente, dos bebés murieron tras ser vacunados, pero ocurrió en México y por vacunas que aparentemente estaban en mal estado. Supongo que le resto de información que nos dieron sería semejante a ésta: tergiversaciones de la verdad. 

Tienen mascota. Un perro enorme con cara de malas pulgas y cuya foto enseñan con orgullo como si se tratara de parte de su descendencia. Las vacunas para las mascotas son obligatorias. Me pregunto si también muestran su rebeldía contra el sistema y se niegan a vacunar a  su perro.

Oídos sordos

En qué mundo más contradictorio vivimos. 

La fiscalía llama a declarar a Guillermo Zapata por sus tuits en los que hace chistes sobre el holocausto, Irene Villa y las niñas de Alcácer. No eran chistes propios, estaban entrecomillados y los puso para defender la libertad de expresión por el revuelo que se formó por unos comentarios de Nacho Vigalondo negando el holocausto en su blog de El País (por los que fue despedido). 

El que Guillermo Zapata considere humor negro unos hechos luctuosos con víctimas concretas, lo inhabilita para ser el concejal de cultura del Ayuntamiento de Madrid. Tema que debería haber quedado zanjado en cuanto dimitió a petición de la Alcaldesa. 

Pero, ¿tiene sentido la imputación de la fiscalía? Después de escribir en Google Recopilación chistes Holocausto, en menos de un segundo el buscador ha encontrado 388.000 entradas. Para ser ecuánimes la fiscalía debería imputar a cada una de esas personas cuyos hechos son semejantes (o peores por ser muchos de los chistes originales de quienes los publican) a los de Zapata. También deberían imputar a los directores de todos los periódicos que han transcrito los supuestos chistes para dar la noticia. A fin de cuentas, los hechos son los mismos, aunque el propósito inicial haya sido diferente. 

A pesar de creer que Guillermo Zapata está muy errado por encontrar humor en unos hechos tristes, lamentables e injustos, me parece que muchos lo han oído pero que pocos lo han escuchado (sólo copio unos chistes que ya pululaban por la red). Una imputación segregada es la persecución a la persona -o al partido político-. ¿Está la fiscalía defendiendo a las víctimas o al engranaje gubernamental para impedir que nuevas piezas entre en él?

En el recuerdo

Mi aparejadora busca a su tío-abuelo. Se llamaba Agustín Caballero Cabello y desapareció a mediados de 1.937 en Almería. Recuerda que su abuela solía participar en muchos juegos de azar. Era una mujer austera, nada dada a los caprichos y lujos. En una ocasión le preguntó en qué se gastaría el dinero, si alguna vez ganaba y la mujer le respondió que en poner todos los medios posibles para buscar a su hermano porque le atormentaba más temer que la vida lo hubiera llevado a la indigencia y la necesidad que saberlo muerto; aunque esto último era lo más probable. Lo habían llamado a filas poco después de empezar la guerra civil española. Estuvo un par de meses haciendo la instrucción en Córdoba y luego lo trasladaron a Almería. No quería luchar. No quería mancharse las manos de sangre. El resquicio de una deserción, mantuvo la esperanza de encontrarlo con vida hasta la propia muerta de la abuela de mi aparejadora. Ella ya no lo cree vivo, pero le gustaría saber qué ocurrió con su familiar por simple curiosidad, por respeto a la memoria de su abuela y por deseos de tener en este mundo algún lazo de sangre. 

miércoles, 24 de junio de 2015

Los ladrones del silencio

A las 5:20 de la madrugada llamaron al teléfono fijo. ¡Menudo acojone! ¿A qué velocidad recorren los pensamientos las conexiones neuronales? Aún estaba despierta, terminando algunos planos del último proyecto que tenemos, con el teléfono sobre la mesa. Dos segundos, no más, sobraron para temer que algo malo le había pasado a mi madre y alguna vecina me llamaba, que algunos de mis hermanos había tenido un accidente, que mi sobrina no había vuelto a casa del colegio y mi cuñada se daba ya por vencida y comenzaba a llamar a todos... Hasta pude imaginar que alguna de las obras había colapsado. Nadie respondió a mi petición nerviosa de respuesta. Después de tres digas, colgaron. El número desde el que habían llamado era el 920806381. Buscando en Internet me he enterado que corresponde a la compañía Jazztel, y que tienen la mala costumbre de llamar a horas inusitadas e incómodas. Pero, ¿con qué propósito? Si ayer me hubiera contestado alguien con una propuesta comercial, independientemente de la profesión que ejerciera su progenitora, lo habría considerado un ser engendrado en un burdel (un hijo de puta). 

Me quejaría, como me quejo siempre que llaman a horas menos intempestivas y sí responden; pero dudo que sirva de algo. Exigir que no vuelvan a llamar, que no molesten más, son palabras baldías. 

Me gusta mucho trabajar de noche por el silencio, porque nadie molesta y me puedo concentrar y olvidarme de cuanto es ajeno a la estructura de un edificio o una medición. Espero que la falta de respeto con las que nos tratan todas esas compañías de Internet y telefonía, no se dilate y se apoderen también de nuestras horas nocturnas. 

lunes, 22 de junio de 2015

La siesta

Qué pereza. Guille apenas termina de comer, se tumba sobre las sábanas de la cama. La costumbre impone la división de los trabajos de la casa. A él le toca hacer de comer, yo me ocupo de quitar la mesa y fregar los platos. Es un buen durmiente: dos horas de siesta más las ocho horas de todas las noches. Necesita recuperar horas de sueño porque el último mes en Barcelona, antes de volver, fue caótico, con jornadas de 10 o 12 horas seguidas de trabajo. 

Qué calor. Tal vez debería ceder, permitir que el sentido común ganara a mi cabezonería y poner el aire acondicionado, inventarnos un microclima entre nuestras paredes de cristal. Pero me gusta que en verano haga calor, y sentirlo, incluso me gustan estas horas que invitan a dejar para más tarde cualquier labor que requiera un mínimo de esfuerzo físico o mental. Horas buenas para leer un rato o ver algún capítulo de un dorama

Qué raros serían los surcoreanos si los doramas fueran fiel reflejo de su auténtica personalidad. Ninguno sabría besar. Los besos en esas series son como los de niños de cuatro años que intenta imitar a los adultos y pegan los labios apretujados, como si temieran contagiarse de las miasmas del aliento del otro. No fornican, ni hacen el amor ni tiene relaciones sexuales. El mundo en esas series está lleno de Cenicientas (tal vez por eso tengan tanto éxito). El alcohol es una válvula de escape ante cualquier problema... menos mal que también están las películas surcoreanas que los vuelven más normales y parecidos a nosotros, casi cercanos. 

El calor parece dilatar la distancia que existe entre las neuronas y dificulta el pensamiento. Qué pereza.