viernes, 19 de enero de 2018

Patria

Eli, la limpiadora, demostró tener más sentido común que todos los que trabajamos en el estudio sentados a las mesas. Huy, qué penumbra, dijo y arrancó todas las banderas con las que habíamos tapizado los cristales que dan a la terraza. Una española, una europea, una andaluza y una catalana (en realidad, era un banderín de señalización de pista poco adherente de las carreras de motos, pero que funcionaba muy bien como sustituta). Cuando Eli retiró las banderas, me acordé de un corto cinematográfico: dos ancianos, una pareja, en un apartamento umbroso. De repente entra la luz del sol por la ventana: se acababan de caer las Torres Gemelas. 

Los balcones siguen llenos de banderas, casi todas españolas. Se resisten a quitarlas. ¿Y si nos ocurre como en el Ángel Exterminador de Buñuel?: todos quieren irse de la fiesta pero nadie lo hace. Puede que quieran quitar las banderas, pero un temor interior e irracional les impide hacerlo. Tal vez haya que esperar a un vendaval, o, aún peor, al fracaso de la selección española de fútbol en algún campeonato importante. 

Mi exsuegra vino a visitarme, ella sola. Siempre creí que la mujer estaba incapacitada para moverse sola por el mundo. Me sorprendió. Caminamos por las calles gélidas de Granada. Un día antes había nevado. La nieve se había ido, pero quedó el frío. Se tomó cada una de las banderas colgados en los balcones como una afrenta personal. ¿Es que no se les ocurre otra forma mejor de protestar? ¿Qué valor tiene un trapo colgado? No se me ocurrió una respuesta sensata que no la hiriera. 

¿Qué valor tiene un trapo colgado de un balcón? La verdad es que no estoy muy segura pero, francamente, creo que algunos trapos colgados son un acierto y una necesidad, la única forma de reivindicar la justicia para nuestra Patria. 


jueves, 11 de enero de 2018

Negro sobre negro

Me gusta follar. Me gusta el sexo. ¿Cómo son vuestros orgasmos? Los míos son diez, doce, quien espasmos y al final una descarga eléctrica que me hace arquear el cuerpo y deja completamente satisfecha. 

Perdón a quien haya podido ofender con este insensato trazo de íntima sinceridad. Ante una violación, para algunos jueces, sería un eximente para el violador. 

Cuando alguien invade mi espacio vital, mi memoria olfativa me obliga a recordar la mezcla del after shave Old Spice y el tabaco. Uno de mis primeros jefes tenía la costumbre de poner su cabeza entre el hombro y el rostro de las novatas y permanecer ahí hasta que forzaba algún roce involuntario. Dependiendo de la defensa de la novata, la invasión de la intimidad se cercenaba o iba a más. No era una seducción torpe a un grupo de mojigatas. Él disfrutaba imponiéndose ante nuestro miedo a perder el trabajo. 

Qué difícil tenemos la mujeres encontrar el equilibrio, y aún más, la justicia. 

domingo, 3 de diciembre de 2017

La cadena

¿Cómo desengancharse de algo a lo que llevas atada desde hace más de dos meses? Todo ha sido como una cadena infinita. Un compañero italiano restauraba una casita dañada por uno de los terremotos que ha desolado el centro de Italia en los últimos tiempos. La vivienda debería haber sido demolida, pero siempre ocurre lo mismo: el valor de la vida de quienes menos tienen es prácticamente nulo. Pidió ayudas estatales que ninguna llegaron. Reforzó pilares y vigas con perfiles metálicos. Y cuando recubría la fea estructura con paneles de cartón-yeso, se le ocurrió una idea. ¿Y si el armazón que soporta los paneles fuera la estructura portante? 

Una persona, una idea. La idea permaneció, pero las personas al final éramos 25. El trabajo de la mayoría concluyó. Ahora les toca a los químicos y mecánicos. Pero es complicado desengancharse de algo a lo que he estado ligada casi exclusivamente durante tanto tiempo. Incluso volví a la costumbre de dormir sólo noches alternas. Si cierro los ojos, veo una y otra vez la primera maqueta lanzando trozos de cartón-yeso como si fueran proyectiles al deformarse y romperse las varillas que formaban los tetraedros. 

No importa si al final todo se queda en agua de borrajas. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan feliz haciendo un trabajo. 

domingo, 1 de octubre de 2017

Indefensa

¿Quién me defiende? Creía estar sola, pero la mayoría de los catalanes sosegados y serenos quieren un referéndum legal.

Lo que nos ha proporcionado Puigdemont es una siembra de odio y rabia; una fantochada ilegal de urnas llenas de papeletas previas a las votaciones, de colegios sin censos, de votantes que recorrían Barcelona en busca del derecho al voto una, cinco, diez... veces.

Se habría podido (¿se puede aún?) conseguir un referéndum legal, aunque se hubiera tenido que llegar a los tribunales internacionales. Habría sido más pausado, con dos partes enfrentadas que dieran a conocer los pros y los contras de la independencia. ¿Por qué Puigdemont escogió el camino de la irresponsabilidad? ¿Tenía miedo a perder o tenía miedo a ganar?

¿Quién me defiende? Casi siempre que he estado empadronada en Barcelona he tenido la mala suerte de presidir o ser vocal de una mesa electoral. Es un trabajo tedioso. Prefiero pasar los domingos tumbada leyendo o compartiendo algunos momentos con mi familia. Suelo comprar un billete de avión de los muy baratos para poder escaquearme. En esta ocasión no hice ese preparativo. Jamás pensé que el gobierno general dejara llegar tan lejos al autonómico. ¿Por qué no se paró antes el despropósito del referéndum? ¿Debilidad? ¿Miedo? ¿Pensar que el fracaso del referéndum llevaría a la tumba al actual gobierno autonómico?

La pasividad de Rajoy hasta hoy y las obligadas cargas policiales sólo han conseguido que se ponga en duda el nivel democrático de España.

¿Quién me defiende? La oposición política del gobierno central parecían hasta ayer convidados de piedra. Ahora se rasgan las vestiduras por las cargas policiales y por ineptitud de Rajoy para salir del agujero donde lo metió Puigdemont.

Se ha despilfarrado dinero de los impuestos en un acto ilegal, han habido muchos heridos, la democracia española ha quedado enlodada... pero mañana todos los políticos se darán palmaditas de autocomplaciencia en la espalada asegurando que los otros perdieron, cuando en realidad quienes perdimos fuimos todos ciudadanos.

Es injusto que ese puñado de necios tenga futuro. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

Todo por la Patria

El mundo del cine y la televisión está lleno de muertos. No sólo muertos cuyos corazones han dejado de latir y han sido enterrados o incinerados (o crionizados), son, ante todo, muertos del pasado. Actores o cantantes con sólo el atractivo físico como principal mérito. Ellos echan tanto como nosotros la belleza perdida y la intentan recuperar disfrazando sus rostros con máscaras de cirugía. Todos terminan pareciéndose al Joker. 


Patria acumulaba polvo sobre mi mesilla de noche mientras Mickey devoraba libro tras libro. Hasta leyó toda la serie de Puck, unos volúmenes ñoños para adolescentes, ya viejos cuando se convirtieron para mí en una obligación, sustitución involuntaria de Stephen King. Dijo que quería conocer cosas de mi infancia, sin olvidar el presente. ¿Cómo había podido dejar de leer el libro que tenía en mi mesilla? Él lo acabó en un fin de semana. Se lo habían aconsejado media docena de personas diferentes, y él estaba de acuerdo con ellas: le pareció una novela muy necesaria. Asegura que soy la única persona que conoce que no le haya gustado. 

¿Por qué no te gusta? Mickey me pregunta y sólo sé encogerme de hombros. 

Recuerdo los atentados escuchados en la radio a primera hora de la mañana mezclados con el olor a café y a tostadas. Recuerdo a mi padre tumbándose en el suelo para mirar los bajos del coche, y la vergüenza que sentía porque la gente alrededor nos miraban extrañados. Recuerdo las palabras sosegadas de algunos militares que estaban a favor de la autodeterminación de los vascos para acabar con los atentados y recuerdo a otros furibundos que pedían que se colocara un muro muy alto alrededor del País Vasco, se fumigara con gasolina y se tirara una cerilla. Recuerdo mis paquetes de libros secuestrados durante días por culpa de algún escáner estropeado. Recuerdo la tensión de mi madre y hermanos cuando temían reconocer las iniciales de algún amigo entre las víctimas de los terroristas... Recuerdo que hace poco pensé que estaba muy bien no tener que enfrentarse a la repetición de aquella monotonía matutina de los atentados. 

¿No me gusta leer sobre el terrorismo de ETA? Si ese libro hubiera llegado tres lustros antes lo habría venerado. Ahora sólo me parece una parodia estereotipada del pasado.