lunes, 4 de mayo de 2015

Teníamos un compañero de juegos que comenzó su madurez a la par que yo, aunque era de la edad de mi hermano mayor (nací cuando él ya tenía 14 años). Era un auténtico hijo de puta. Hacía trastadas (tirar huevos podridos contra la fachada de la chica que le gustaba, romper las ramas de los árboles que rodeaban la piscina, pisotear la ropa que estaba tendida...) y luego nos echaba la culpa a nosotros. Nuestra mala fama hacía creíbles sus mentiras y solía salir impune. Cabreaba mucho ser acusados injustamente, aunque a todo terminamos acostumbrándonos. Sé por qué lo hacía nuestro vecino: su vida era miserable -tan deprimente como la de la mayoría-, estaba frustrado y, además, sus gamberradas no tenían castigo. 

En los últimos tiempos el azar me ha hecho toparme una y otra vez con una frase escrita por Primo Levi: No podemos comprenderlo porque eso sería como justificarlo. Se refería al nazismo. Para mí esa frase no es real. Puedo comprender a nuestro vecino, pero eso no significa justificarlo. También comprendo a los asesinos nazis: eran sádicos que creían que sus delitos no tendrían castigo, y saber eso sólo aumenta su salvajismo. 

domingo, 3 de mayo de 2015

El poder del halago

En el primer estudio de arquitectura en Barcelona en el que trabajé, me obligaron a asistir a un curso que impartía el COA sobre peritajes. Fue un viernes y un fin de semana muy intenso. Veinticuatro horas lectivas llenas de perogrulladas y una advertencia muy persistente: tener cuidado con las amenazas de los demandados. En ningún momento nos advirtieron que es mucho peor la amabilidad y los halagos. En las periciales judiciales hay que ser imparciales. No dejarse influenciar por la pena o las inclinaciones personales. Sólo hay que fiarse de las normas y las evidencias. Si amenazan, la antipatía hacia esa persona no impide que el dictamen se incline hacia una parte o la contraria, demostrando la imparcialidad de los peritos. Pero si la persona implicada ha sido amable y ha facilitado el trabajo, haciendo un derroche contenido de alabanzas (los halagos excesivos resultan empalagosos y consiguen lo contrario de lo que se proponen), qué difícil resulta decepcionarle.

La justa medida

Fue como el traje invisible del rey. Una de las compañeras de piso, durante el primer año de carrera, aseguró que la no utilización de champú al lavarse el pelo, incluso el no lavarlo durante semanas, lo embellecía. La idea venía avalada por un programa de medicina que había escuchado la madre de nuestra compañera en la radio. De las cuatro que seguimos aquella antihigiénica costumbre, fui la primera en abdicar. Mi pelo sin champú sí parecía sucio, asqueroso, apelmazado por la grasa, hediondo, desagradable al tacto; y el de mis compañeras también, aunque ninguna quería admitirlo. Aguanté una semana, pero no lo dejé por las evidencias, sino por el razonamiento. Cuando mi madre estuvo deprimida y su higiene era más que deficiente, su pelo simplemente parecía asqueroso; al mío le ocurría lo mismo.

Los medios de comunicación tienen el poder de convertir cualquier dato, cualquier idea o comentario en verdades irrefutables. Creer a un médico que aseguró en la Cadena Ser que los cortes de digestión no existían, me llevó al borde de la muerte (tuve uno mientras me bañaba y me sacaron medio ahogada del agua). 

Esta mañana desayunaba con un médico al que le estamos diseñando una vivienda. Es un médico que no tiene aspecto de serlo. Suele vestirse con una combinación de colores dignos de un daltónico y su entrecejo necesita una poda, o su cerebro la convicción de que la ideas no se quedan enredadas en una maraña de pelos; pero sus manos son delicadas y femeninas y su conversación tan amena que es imposible no lamentar que las obligaciones la interrumpan. Pedí un vaso de agua para tomarme un Ibuprofeno. Problemas de escleritis (Internet miente sobre este mal -se puede tener desde los 15 años y sin ser síntomas de otras enfermedades-). El camarero, un señor muy amable y servicial, quiso que no tomara la pastilla, me aconsejó que aguantara el dolor antes de tomármelo, hasta me ofreció una Aspirina. Tuvo que intervenir mi acompañante, asegurarle que no me estaba suicidando por tomarme un Ibuprofeno, para que el hombre se quedara tranquilo. 

Los ataques masivos al Ibuprofeno, en teoría del médico, tienen como fundamento el lanzamiento de otro medicamento semejante pero con patente (sabe que no sería la primera vez). Un Ibuprofeno de vez en cuanto no hace daño, al igual que tampoco lo hace una Aspirina. Si la cantidad aumenta a 20, en ambos casos, te pueden enviar a la morgue. Todo, en exceso, perjudica. Incluso las vitaminas o el exceso de carencia de sol. Todo tiene su justa medida.

jueves, 30 de abril de 2015

Cuando Dios nos olvide

Cuenta mi vecina que en Granada hubo un año de los terremotos. Cada noche había uno, y ella no se iba tranquila a la cama hasta sentirlo. Por aquel entonces trabajaba en La Marcha Verde, un mercadillo que aún se celebra un día a la semana en el Zaidín. Hizo su agosto vendiendo camisetas y pantalones de chándal como si fueran pijamas -por si había que salir por piernas en mitad de la noche-. Asegura que los terremotos no hicieron daño. Alguna casa muy, muy vieja caída, pero nada más. Ni grietas ni muertos por la impresión... nada de nada. Tintineaba su cristalería porque tenía los vasos pegados unos a otros, la lámpara se balanceaba y las pareces vibraban, además del ruido, que era como un camión que se acerca a gran velocidad. Dice que ella duerme tranquila porque nuestro edificio es muy resistente. No la saco de error. ¿Para qué llenarle de preocupaciones la cabeza? Sólo le pido que si hay un terremoto, busque refugio a la intemperie, lejos de cualquier edificio y del cauce del río porque tenemos algunos pantanos que se pueden romper. 

Cierro los ojos y soy capaz de imaginar las consecuencias de un terremoto mediano a pocos kilómetros de la superficie, de un minuto o más de duración. El Albaicín sería una montaña de escombros parecida a la que ha quedado en Nepal porque la mayoría de las casas tienen el mismo sistema constructivo: muros de carga de ladrillos macizos y forjados con viguetas de madera. Gran parte de los edificios del centro serían como castillos de naipes frente a un vendaval (están viejos, saturados de humedad y podredumbre -y no se les puede tocar porque están protegidos por Cultura-) y nuestros monumentos tendrían que ser reconstruidos (la Alhambra sufrió graves daños en 1.431 con un terremoto de magnitud 6.7). 

No estamos preparados para la catástrofe. 

lunes, 27 de abril de 2015

Somos niños

Me gusta mucho Internet, pero no las redes sociales. Hace siglos (en realidad seis años) que no tengo Facebook ni ningún otro perfil semejante. Iba a decir que lo debería achacar a mi desconocimiento, pero en realidad no fue así. En el trabajo lo llamábamos El Caso la Familia: un compañero o compañera nos robó a unos cuantos algunas fotos personales e inventó su propio perfil convirtiendo a nuestros allegados en su propia familia. Mi sobrina se transformó en la hija del (o la) desarmado/a. No quisimos indagar. Quien cometió esa molesta tontería, era uno de los nuestros, alguien con quien debíamos convivir a diario y, de mutuo acuerdo nadie ahondó en el caso, aunque todos sospechábamos quién era. A pesar de tener el perfil nombre masculino, creíamos que se trataba de una compañera solitaria, quejumbrosa y extraña. 

Sin embargo, adoro este blog, el que, demasiado a menudo, me hace confesar cosas que sin duda me harán sonrojar dentro de pocos años. He aprendido la lección y no suelo colgar fotos personales porque, directa o indirectamente, siempre implican a terceras personas; pero escribo mucho, tanto que inevitablemente algunas entradas antiguas es probable que se contradigan con las nuevas porque estoy llena de dudas y pocas cosas (como que me gusta la sandía y me encanta correr) no son algo inamovible en mi pasado y mi presente. Seguro que entre tantas palabras he soltado bastantes barbaridades. Los pocos que me leéis sois amables y me habéis hecho notar algunas con cariño y respeto y he rectificado pidiendo disculpas.

Sin duda, soy afortunada. Hoy El País digital publica un artículo: Los nuevos inquisidores acechan e la red. Hordas de energúmenos que reprochan, por medio de las redes sociales, el comportamiento de otros usuarios. A veces las consecuencias son nefastas y quien deja un comentario racista o una evidente falta de respeto a los caídos en combate, pierden su trabajo. Algunas reacciones son excesivas, desproporcionadas, tan incoherentes que inevitablemente se les achaca a trolls. Pero supongo que el resto, serán moderadas y simplemente reprocharán unas ideas hiriente para algunos sectores. El artículo reprocha que las redes sociales se enriquezcan cuando estos ataques y contraataques se convierten en virales, reprocha las reacciones excesivas de algunos usuarios, reprocha que la memoria de Internet sea infinita (se le olvidó poner el gran alcance físico) y también reprocha la sensibilidad de quienes nos escandalizamos con estos comentarios que originalmente pudieron ponerse como una ironía o una gamberrada.

Pero, independientemente de quién se enriquezca, yo quiero seguir escandalizándome. No con comentarios que buscan claramente la provocación, como el estúpido que aseguraba que se alegraba del reciente accidente de avión alemán porque no iban personas, sino catalanes; pero sí con un señor que cree comprensible que un hombre cobre más que una mujer porque no falta al trabajo la mitad de los días por culpa de los niños o del mentecato que piensa que cualquier fotografía de una mujer es una diana para soltar burradas.

Tal vez el problema está en que muchos aún no se han dado cuenta que Internet no es un juguete.

domingo, 26 de abril de 2015

Las cargas del pasado

Es injusto que durante la carrera no nos hablen de todas las obligaciones que se nos presentará en el futuro. Aunque, para ser sincera, me temo que la mayoría de los profesores desconocen la realidad de la profesión que supuestamente nos enseñan. Si hago memoria de las lecciones más importantes, me da la sensación que nuestros profesores nos estaban preparando para ser arquitectos estrellas desde el principio, sin la necesidad de cumplir normativas o el malabarismo para satisfacer unas necesidades sin salirse de un presupuesto que siempre, sin excepción, es tan menguado que la realidad de lo proyectado se convierte en un esperpento o en un milagro. 

Esta mañana (domingo) la he desperdiciado enfrentada a casi la totalidad de los vecinos de un edificio. Es un edificio antiguo, de finales siglo XVIII, aunque a lo largo de su existencia ha sufrido tantas transformaciones que ya sólo está protegida la fachada y el núcleo de escaleras. Hace tres décadas y media el edificio aún tenía portero. La portería es un piso en el entresuelo con aspecto de zulo: oscuro, dedálico, claustrofóbico a pesar de los techos muy altos. Sólo dos de sus habitaciones tiene luz exterior: pequeños tragaluces por los que se pueden ver los tobillos de las personas que caminan por la acera. El único servicio sanitario que tiene es un retrete escondido en un recinto no mayor que un armario para escobas. 

El piso lo ha heredado el nieto del portero. Aunque es médico de familia, para sus vecinos sólo es el nieto del portero, como si se tratara de un título nobiliario del que no se puede desprender.

Esta mañana pensé que iba a tranquilizar a sus vecinos por las obras que se planea hacer en la vivienda para convertirla en habitable. Será como una matrioska: un piso moderno y seguro (un cubo de acero con un enorme ventanal que da a la fachada posterior -no protegida-) dentro de una antigualla. Pero los vecinos parecían obcecados. Ninguno quería que se hicieran las obras, sin ofrecer justificación. Podrían haber alegado miedo a que la estructura se debilitara, no querer ser molestados por los ruidos, no querer que el edificio sufriera modificaciones... Pero simplemente se negaban. Ninguna clase te prepara para enfrentarte a la sinrazón de las personas. Por fortuna, los vecinos del médico no tienen voz ni voto en la reforma de la portería, sólo se les informó por cortesía. 

sábado, 25 de abril de 2015

Y llegó la realidad

A veces comparo a mi aparejadora con una princesa que está atrapada en una fortaleza custodiada por un dragón (su madre es el dragón). Por supuesto, no se lo digo a ella. Le tengo suficiente estima para querer que no me considere una majadera y una cursi. Está tan unida a ella que no creo que tenga un instante de paz, que no sienta constante inquietud, si no están cobijadas por el mismo techo. Por eso, cuando hace dos o tres días, al salir a comprar la cena, la encontré por casualidad, quise acompañarla en su regreso a casa: tranquilidad para ella y un rato de charla para mí, aunque vivimos muy cerca. 

La fortaleza en la que vive mi aparejadora está pintada de color albero y burdeos, como una plaza de toros. Cuatro bloques de pisos y un paredón fantasmal, blanco, una medianería con minúsculas ventanitas abiertas en ella, rodean un patio espartano y árido, a pesar de los muchos macetones con los que intentan hacerlo más acogedor. Mientras prologábamos la conversación, nos sentamos en el único banco del patio. Parece un lugar de medio siglo atrás o perteneciente a un barrio desgarrado de la ciudad, con tendederos de unas ventanas a otras, sin la monótona simetría y repetición de los edificios nuevos. 

Aunque era temprano, las ocho y pico de la tarde, cuando las últimas luces del día se mezclan con las artificiales de las farolas, susurrábamos, más por proteger nuestra conversación que por no molestar, y nuestros susurros estaban acompañados por un zumbido, muy nítido cuando callábamos. Lo producía el vuelo de un puñado de moscardones que revoloteaban alrededor de enormes trozos de carne roja colgada, como si fueran prendas, del tendedero de una de las viviendas de los bajos, incluso estaba asegurada, como si temieran que el viento la pudiera arrastrar, por palillos de colores. Interrogué a mi aparejadora, pero ella se encogió de hombros. No sabía qué era eso. ¿Para qué habrían colgado la carne a secar? Especulamos:

- Un traje a lo Lady Gaga.
- Un traje como el asesino de El Silencio de los Corderos.
-  La cobertura de una lámpara de carne, semejantes a las que hacían los nazis con la piel de los judíos.
- Se han cargado a uno de los inquilinos del piso y para que no hieda lo han despedazado: la piel la han colgado a secar, las entrañas las han tirado por el retrete y el esqueleto lo venderán a un estudiante de medicina...

Desde entonces la he llamado todos los días. Me ha ido informando: los moscardones ya no están, la carne se ha puesto oscura, la carne sigue colgada... 

Cuando lo comenté con mi suegra, el misterio se rompió como una pompa de jabón: cecina. Qué decepcionante. Casi resulta más asqueroso pensar que esa carne reseca (con el contacto, y tal vez los huevos, de moscardones; bañada por la contaminación de la ciudad y forrada con las semillas de los plátanos que invaden la ciudad como si fuera una nevada persistente) está dirigida al consumo humano, que no pertenece a uno.