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lunes, 14 de abril de 2014

Más cosas descubiertas hoy


Esta foto del rumano Mugur Varzariu, publicada en El País digital hoy. Es de una anciana gitana de un suburbio de Bucarest. Me produce en los ojos el mismo efecto que el jugo de la cebolla al cortarla. ¿Es justo que una persona tenga que sufrir, cuando ya no queda esperanza de futuro, semejantes condiciones de vida? Si imagino a un niño en el lugar de la anciana, la tristeza no es tan grande porque pienso que tiene toda una vida para mejorar; si imagino a un hombre o mujer adultos, la pena ni se le acerca porque sospecho que pueden medrar gracias a su esfuerzo. 

Los humanos, ¿tendremos alguna vez la capacidad de anteponer el bienestar general al propio?

Cosas descubiertas hoy

Una nueva versión de Jesucristo Superstar, del Año 2.000.


Es un poco extraña. Meliflua. Da la sensación que lo único que hace falta es que a Jesús lo azoten con una boa de plumas y los Villages People hagan los coros. 

Los ateos también podemos creer en la figura histórica de Jesús de Nazaret. Tal vez le tengamos más respeto que los católicos que lo veneran paseando su imagen sobre un pedestal de plata. Parece que en el Nuevo Testamento de casi todos los católicos falta el trocito donde Jesús echa a los comerciantes del templo. 

Sordera selectiva

Con Guille aún no he vivido lo suficiente para mimetizar sus gestos. A pesar del tiempo transcurrido desde que ya no estamos constantemente juntos, mucha gente nos relaciona a mis hermanos y a mí por la forma que tenemos de mirar a quien ha soltado una burrada o la que tenemos de elevar los ojos a la vez que nos encogemos de hombros cuando consiguen sumergirnos en la más profunda de las dudas. Me gustaría poder imitar el gesto de "qué exagerada eres" de mi marido. El que soltó cuando ayer, a eso de las 12:30 de la noche, pasó la banda de música de una procesión sin santo. Regresaban después de haber estado toda la tarde tras una imagen recorriendo las calles de Granada, y lo hacían tocando, con tanta energía que parecía que acababan de coger sus instrumentos en aquel momento; aunque el cansancio hacía mella en su sincronización y a mí, la fanfarria que tocaban, me sonaba como un avispero que hubiera sido pisoteado. Cuando lo dije, Guille hizo ese gesto que aún no sé imitar, mirándome de soslayo, sonriendo con una comisura y soltando el aire por la otra. 



Mi vecina del tercero salió a su balcón (la que regañó a unos chavales por estar jugando al fútbol con una naranja por balón). Preparaos, no os imagináis la bronca que os va a caer, pensé. Pero la mujer, a la que debieron sacar del sueño porque iba toda despeinada y envuelta en un bata de demasiado abrigo para el calor que hace estos días, se limitó a escucharlos con las manos juntas, como si rezara, y a volver a su escondite cuando los músicos desaparecieron de nuestra vista al ser engullidos por los muros de ladrillo de la fábrica de harinas. 

domingo, 13 de abril de 2014

El error de Dios

A quienes tenemos muchos defectos, nos suele gustar casi todo el mundo porque sabemos que no podemos ser exigentes. A pesar de ello, hay un amigo de Guille que no soporto. La primera vez que lo conocí me extrañó que sus compañeros, sobre todo Guille, con lo prudente que es, le permitieran conducir en las circunstancia que yo lo imaginaba. ¿Es que lo vais a dejar ir en esa condición?, pregunté. Guille tardó en comprender, y no lo hizo por mis palabras, si no por la carcajada que otro de sus amigos soltó al procesar mis palabras. No está drogado. Es que es así, me explicaron. 

Pero no soy a la única que le cae mal, creo. Hoy comió en casa con algunos otros compañeros de fútbol sala de Guille. Algunos lo escuchaban con la expresión en la cara de quien soporta sobre sus narices la halitosis fermentada de su interlocutor. Hablaba de su adolescencia. Aseguraba que cuando tenía 14 años un ojeador del Real Madrid se presentó en su instituto para ficharlo, pero que él siempre había sido del Barça y los merengues le resultaban repulsivos, por eso lo dejó pasar. Cuando ninguno de sus antiguos condiscípulos, de los que están presentes, aseguraron no recordar la presencia de ojeadores en el instituto, intentó convencerlos de que el profesor de gimnasia sólo se lo dijo a él para no despertar envidias. 

Nos privó de su presencia próxima la hora de la cena (comenzaba a preguntarme si debería buscarle un lugar dónde dormir en la casa) y cuando ya se había cargado los planes que teníamos para la tarde del domingo (ir al cine con mi aparejadora y cenar rollitos vietnamitas en un chino). Guille tuvo que soportar un puyazo en su costado: al irse, lo invitó a volver cuando quisiera. Pero también él suspiró en cuanto se cerró la puerta y escuchamos el ascensor bajar. Dios se equivocó al no ponerlo en la familia real, comentó Guille. No le pregunté si lo decía porque así el ego de su amigo se sentiría satisfecho y repleto o porque así se habría mantenido alejado de nosotros. 

sábado, 12 de abril de 2014

Fortuna

He tenido que leer medio libro para descubrir que el Robert L. al que Margarite Duras cree muerto, tirado en una cuneta, anónimo, con los pies desnudos, es Robert Antelme, el escritor de La Especie Humana. Fue deportado a un campo de concentración donde casi muere. Lo recuperan pesando sólo 37 o 38 Kg, todo huesos, con la piel transparente, lleno de aristas, con un aspecto tan diferente al que tenía, que no podían reconocerlo.



En las páginas que Margarite relata el aspecto del marido moribundo, involuntariamente pienso en cómo tuvo que ver mi madre a mi padre los últimos días de su vida. Existe un paralelismo que aturde. En la dificultad para alimentarlo, la falta de fuerzas; la fiebre, que era como una sentencia a muerte; incluso en los excrementos. El círculo se cierra al recordar que fue el doloroso tratamiento contra el cáncer de la madre de Hitler, por un médico judio, lo que, según algunos historiadores, lo convirtió en un hijo de perra. 

Parecería que me obstino en amargarme con pensamientos tan pesimistas cuando tengo muchas razones para ser feliz. Pero no es así. Pensar en el sufrimiento que otras mujeres han tenido que arrastrar desde una edad temprana hasta el final de sus días, sólo me obliga a ser consciente de la suerte que tengo. Miro a Guille, sonriente incluso cuando duerme (debe de estar teniendo un sueño alegre), y me hace feliz. Trabajar a la intemperie le ha atezado la piel y parece que hubiera vuelto de unas largas vacaciones, lozano.. Me cuesta mucho mantener los dedos sobre las teclas, y no ir hasta la cama y tocarlo, al igual que he estado haciendo desde su regreso, sólo el temor a despertarlo, me retiene. 

jueves, 10 de abril de 2014

Sangre contenida

El buen tiempo ha llegado tan de súbito que es como si la gente no se hubiera podido adaptar aún, produciendo un malestar que muchos hacen evidente gritando o enfadándose con el primero que se le pone delante. 

Esta mañana, cuando apenas había amanecido, gracias al cambio horario, en el bar de los churros que está cerca de casa, uno de los asiduos se enfadaba, gritando a pleno pulmón, con el presentador de la televisión cuando informaba que el Atlético le había ganado al Barça. Eché una rápida ojeada a sus cubiertos; por fortuna no contaba con ningún cuchillo, pero sí con un tenedor. Recordé una escena de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, en la que una señora acaba con un tenedor hincado en la mejilla. Tal vez no sea muy doloroso, pero seguro que deja unas cicatrices muy feas. No llegó la sangre al río, ni a las losetas del bar. El hombre se calmó con la misma rapidez que cambiaron de noticia en el informativo. 

En la obra lo raro es que haya día sin bronca (más, teniendo en cuenta el promotor que nos ha tocado en suerte). La de hoy ha sido porque en uno de los cuartos de baño que va alicatado con mármol, las vetas de las losetas estaban colocadas arbitrariamente, y el promotor pretendía que todas estuvieran en vertical. En cuanto se le pidió que se hiciera responsable de las mermas que sufriría el material y el tiempo que se perdería, la posición de las vetas dejó de ser importante. 

A los pies de mi azotea hay un parque lleno de naranjos y adolescentes ociosos. Los adolescentes ociosos le dan mucho uso a las naranjas que arrancan o caen de los árboles. Primero intentan comerlas, pero el gusto debe de ser amargo o estar muy resecas y ningún bocado termina más allá de sus gaznates. Intentan que, haciéndola pasar por una pelota, el perro que los acompaña vaya a recogerla después de lanzarla lejos. El animal, que no debe saber qué se espera de él, mira en la dirección que fue tirada la naranja, mira a los adolescentes, y parece tan expectante como ellos, a ver quién va a buscarla. Cansados por no obtener resultados, la utilizan como un balón. Mi vecina del tercero, de la que muchos dicen que le molesta incluso el ruido de las respiraciones ajenas, se asoma a su balcón y les grita: ¡Niños, que tenéis los huevos muy negros para comportaros como unos niñatos! Los adolescentes vuelven a su ociosidad, sentados en un banco, mansos, sin ganas de seguir la bronca de la vecina furibunda.