viernes, 5 de febrero de 2016

Los ojos de quien no quiere ver

El día 8 soltarán a un antiguo compañero de trabajo que fue detenido en Portugal con un alijo de cocaína. Ha estado tres años y pico en la cárcel. En este tiempo, además de mucho peso, ha perdido a su mujer, quien tiene otra pareja desde hace dos años. Su hija de seis años no lo reconoce. Su padre murió y no pudo ir al entierro. Su madre se ha enclaustrado en su casa, vive en un pueblo pequeño y no quiere salir a la calle por la vergüenza que siente. Perdió el trabajo en la empresa de mensajería que lo tenía contratado... preferible no imaginar qué otras cosas perdió dentro de la cárcel. Pero, si no lo hubieran detenido, ¿cuáles habrían sido las consecuencias de llegar la droga que transportaba al mercado? 

miércoles, 3 de febrero de 2016

La mala educación

Hace unos días, en una entrevista que hacían a Antonio Muñoz Molina, aseguraba que sentía vergüenza por algunas tradiciones españolas. Al mismo tiempo, en la prensa aparecía la heroicidad de dos energúmenos: habían matado a 72 lechones tirándose sobre ellos. En esos momentos me alegré de vivir en esta época y no medio siglo atrás porque semejante barbaridad, seguramente, habría sido convertida en una fiesta local: aplastamiento del lechón. Por supuesto, ganaría el que matara a más cerditos de un solo golpe. 

Pero el mal ejemplo cunde y se extiende como la pólvora. En el cortijo de los padres de una amiga de Órgiva, han aparecido dos noches seguidas, cinco gallinas decapitadas. A la tercera noche, imaginando que iba a ocurrir lo mismo, se quedaron vigilando; no ocurrió nada. La cuarta, en la que no había vigilancia, volvieron a aparecer las gallinas muertas. A la quinta, el dueño del cortijo, sin decir nada a nadie, se quedó vigilando. Era su sobrino y cuatro amigos. Decapitaban las gallinas con un machete para grabarlas mientras corrían descabezadas. En esta ocasión, como la de los lechones, no se le puede culpar a la juventud de los descerebrados tales hechos porque tienen entre 23 y 27 años. 

Desde el otro lado

Hoy me he topado con una jueza cuyo único fin parecía ser conseguir la infelicidad de todas las partes, incluido un bedel que se atrevió a darle un botellín de agua de una marca que no le agradaba. Por fortuna, el mundo no está lleno de profesionales obstinados en conseguir el mal ajeno. 

Mi dentista es muy bueno en su campo, aunque tiene un pequeño defecto: es sádico. Entre sus juguetes hay un extraño aparato, una cucharilla diminuta, plana, blanca, que se pone a bastantes grados bajo cero. Con ese aparato consigue que los dientes dañados se recalen. Yo no tengo ninguno en este momento, pero mis paletas son muy sensibles porque las tenía de conejo y me las lijaron por la parte inferior. Cuando contraigo el rostro por el dolor, aunque intenta evitarlo, en la boca de mi dentista aparece una sonrisa extraña, se le levanta el labio superior y enseña únicamente un colmillo perfecto y tan blanco como la esclerótica de sus ojos. Durante mi última limpieza, me atraganté con el agua que escupe la fresa: me lo imaginé con toda la parafernalia de un sádico, incluido taparrabos de cuero y un arnés lleno de anillas metálicas. Mi dentista es tan escaso de carnes, que podrían utilizarlo para dar una clase de anatomía sin despellejarlo.  Y tan peludo que si se afeitara desaparecerían las ganas de hundir las manos en su pelambrera y llamarlo Monito bonito

Otra de las profesionales que visito con regularidad, mi ginecóloga, es muy eficiente; a veces le sobra ver el rostro de las personas para deducir el problema: si existe dolor o sólo se trata de una revisión ordinaria. Le gusta dar explicaciones muy detalladas llenas de símiles. Puede que ahí esté su único defecto. En su afán por prevenir, presagia problemas que son sólo probables. ¿Pérdidas de orina? No deben preocuparte. A partir de los 30 es algo normal, sobre todo cuando se estornuda o hace un esfuerzo. Suele ocurrir más en mujeres que han dado a luz, pero no se llevan la exclusividad. Los orgasmos también se modifican a partir de tu edad. Es como si a las terminaciones nerviosas se hubieran puesto un capuchón y no quedas tan satisfecha como antes... Me pregunto si su pareja es psicólogo y se derivan los pacientes de una al otro. 

Me pregunto qué defectos encontrarán en mí mis clientes. Solemos ser quienes menos nos conocemos.

lunes, 1 de febrero de 2016

Tedio

Llueve. El agua ha anegado el camino empedrado y las gotas salpican al caer formando cráteres de paredes altas y caprichosas que apenas duran un segundo. El ruido del agua es interrumpido de vez en cuando por un trueno lejano. Si dejara de llover, seguirían cayendo gotas de agua porque hay árboles, esponjas, que van arrojando el agua que empapa sus hojas y ramas poco a poco. Me gusta salir a caminar cuando llueve, sin paraguas, con la capucha del chubasquero puesta, para escuchar la lluvia que cae con la resonancia de una piel de tambor. Nunca me dieron miedo las tormentas, pero prefiero los truenos que caen lejos, esos que se alargan por el eco y parecen mucho más intensos que los que caen en la cercanía y apenas duran un estruendoso instante. Puede que me gusten por la idea de lejanía, por producirse muy apartados de donde yo estoy: durante mucho tiempo, sobre todo en mis años de internado, siempre quería estar en cualquier parte que no fuera precisamente donde me encontraba. Nada me ponía más triste y melancólica que el olor de la gasolina quemada que dejaban los coches al irse. 

Seguirá lloviendo durante 8 horas, tres minutos y treinta y ocho segundos. He tenido que recurrir a Youtube para ver llover porque aquí hace mucho que no cae una gota. Por las mañanas el cielo amanece impoluto, azul intenso, como de principios de verano. A veces el contraste de una nube muy alta y blanca lo hace parecer aún más intenso. Ayer por la tarde apareció un cúmulo sobre Sierra Nevada. Era denso, de formas muy definidas y delimitadas, suaves, como si el viento lo hubiera erosionado y redondeado durante siglos. Puede que la nube continúe ahí, pero si es así, la oscuridad la perfila como una mancha clara, como parte de las montañas. Mañana, según el tiempo, tampoco lloverá.



domingo, 31 de enero de 2016

Temblores

Tengo una pesadilla recurrente: sueño que duermo muy profundamente y de repente despierto por una sacudida acompañada de mucho ruido. Un segundo de confusión, hasta que comprendo que es un terremoto. Soñar que se está dormido es muy confuso. Es como sumergirse en una realidad paralela de la que cuesta salir.

Hoy buscaba vídeos de terremotos en Internet para una compañera. Intentaba explicarle qué diferencia hay entre los terremotos superficiales (como los de Lorca -con sus sacudidas violentas-) y los más profundos (como el último grande de Japón -que parece que mece a los habitantes de Tokio-) y la importancia de no sobrecargar las estructuras que están apoyadas en pilares insuficientes. En la pantalla se derrumbaba el campanario de la Virgen de las Huertas cuando el suelo, en la realidad, se meció: este-oeste, este-oeste. Fue lo suficientemente leve como para dudar si había sido una sugestión de lo que estaba viendo o una mala pasada del azar.


Cuando me ocurre algo así, corroboro la realidad en el Instituto Geográfico Nacional. Suelen ser muy rápidos actualizando su página web. Cinco minutos después de ocurrido, el sismo es una estrella azul parpadeante en un mapa de España y norte de África. Pero esta tarde no fue necesario abrir esa página. Mi vecina del segundo me reclamó por el portero automático. Quería que bajara al parque que tenemos cerca para que le hiciera compañía durante un rato, hasta que se le pasara el susto. No es el primer terremoto que siente en este edificio, pero sí la primera vez que realmente siente miedo, aunque fue leve. La encontré muy nerviosa, sus manos temblaban. ¿Por qué se había asustado tanto? En el periódico de hace unos días, después del terremoto que hubo en Melilla, publicaron un artículo que aseguraba que Granada, entre otras provincias, tiene un riesgo alto de terremotos dañinos. En su día ese artículo me pasó desapercibido, no lo leí, por falta de tiempo. Ahora me parece un poco insensato. El momento menos apropiado para advertir a los ciudadanos del peligro que corremos, teniendo en cuenta que aún estamos bajo la influencia de las réplicas del terremoto del día 25. 

Por fortuna mi vecina se terminó tranquilizando, pero shhhhhhhhh, no hagáis ruido: duerme en mi cama esta noche (yo lo haré en el sofá). 

El último matarife

Contaba mi tía Lola, hermana de mi padre, que a mi abuela le dejaron de gustar los toros el día que en su casa entró un televisor a color y la sangre de gris, pasó a ser roja. Ahora en la mente de mi tita, si está este recuerdo, se halla perdido en algún recóndito recoveco. Tal vez sea una suerte. Así no se da cuenta que sus hijos no van a verla; justificadamente, a mi entender: siempre quiso más a los hijos ajenos que a los propios. La extraña aversión de mi tita por la carne de su carne, es una de las cosas para las que mi mente no encuentra explicación; el toreo, es otra. 

- Es falso que los toros no sufren en la plaza. Quien lo niegue, es que no quiere ver las evidencias.
- Es falso que si se acaba el toreo el toro de lidia desaparecerá. El estado protege a las especies en peligro de extinción. 
- No es coherente la típica frase de los taurinos: si no les gusta, que no lo vean. Eso es algo que los antitaurinos ya hacen. Pero aquí, de lo que se trata, es de defender los derechos de los animales (y, aunque parezca extraño y no se quiera reconocer, también la dignidad de las personas).
- No es comprensible que una persona, para ganarse la vida, se la tenga que jugar en todo momento. En cualquier trabajo, ante un peligro, se intenta poner una protección y evitarlo. 
- Si a los taurinos lo que realmente les gusta son los pases y el acercamiento del torero al toro, ¿por qué no se quedan sólo con eso y evitan herir y matar al toro? 
- Decir que es una tradición no es excusa. Tradiciones igualmente salvajes, como la caza del zorro en Gran Bretaña, ya han sido prohibidas. 

Esto no es un ataque a la lidia. Sólo es una respuesta real y sosegada a las excusas que ponen los taurinos para explicar su placer por ver matar a un animal. Tampoco es un ataque a los toros el llamar insensato y cafre a Francisco Rivera por torear con su hija de cinco meses en brazos. La reacción habría sido la misma si en lugar de un torero, hubiera sido un arquitectos quien, bebe en ristre, se hubiera puesto a recorrer una obra a medio construir, subiendo y bajando escaleras de mano o colocándose bajo el barrido de una grúa con carga. 

¡Qué fácil ponen los toreros que se sienta antipatía por ellos! ¡Qué falta de cordura! ¡Qué absurda necesidad de defender lo indefendible!

jueves, 21 de enero de 2016

Al ritmo de la culebra

En el destacamento de aviación donde vivía, había culebras. Tenían la misma tonalidad gris-marrón del suelo. Se camuflaban tan bien, que a menudo no te dabas cuenta que estaban ahí hasta que las tenía bajo el zapato. Supongo que no serían venenosas ni dañinas porque nadie nos advirtió para que tuviéramos cuidado con ellas. Sabíamos, por los mayores, que no debíamos acercarnos a las procesionarias ni a los alacranes. De bichos tan inofensivos como las avispas, no nos pusieron sobre aviso porque era preferible no tenerles miedo. El verano no se inauguraba oficialmente hasta que una avispa picaba a alguno. Siempre revoloteaban junto la frescura de un grifo goteante de los patios o la piscina. Su presencia no nos impedía saciar la sed y los bichos aceptaban con rebeldía nuestra presencia. 

En la escala de mis recuerdos infantiles, las culebras del destacamento eran enormes. Un metro o metro veinte, como mucho, según la precisión de mis hermanos. Una de las más grandes cayó en el hueco circular de una estructura de hormigón que había en el suelo, supongo que preparado para un antiaéreo. Puede que el animal ya fuera muy viejo y estuviera medio ciego. Cuando nosotros lo encontramos, estaba girando en el fondo de la estructura, en su perímetro, intentando buscar una salida. Éramos muy salvajes en aquella época pero, por fortuna, a alguien se le ocurrió salvar a la culebra. Aún estaría en mi conciencia e imaginándola girando eternamente, creyendo que el hormigón lijaba poco a poco su piel y terminaba quedando al descubierto un cuerpo sanguinolento y viscoso. 

Al recordar los giros de la serpiente en el fondo de la estructura, no me extraña que a los herpes zóster lo llamen culebrinas. Mi hermano mediano se acaba de curar de una. Le han quedado unas manchas rojas en el costado como si fueran quemaduras de ácido. Asegura que si le quedan cicatrices, se hará un tatuaje de una culebra enorme que sale y entra de su cuerpo. Mi sobrina está encantada con la idea, aunque el médico asegura que la piel quedará limpia por completo dentro de unas semanas. El tratamiento fue el normal para un herpes zóster. Con medicinas tan caras que se les esperaba una curación inmediata. Después de dos semanas sin resultado, mi hermano hizo exactamente lo que pocos días antes le había provocado un ataque de risa: ir a un curandero. Desde ese momento el herpes se convirtió para todos en una culebrina. El curandero lo trató con unas cataplasmas de pólvora negra y limón. 

Al final mi hermano se ha curado, y el mérito se lo ha llevado el curandero. Nadie quiere pensar que cada enfermedad tiene su ritmo de curación. Qué injusto para los médicos.