viernes, 10 de julio de 2015

Cúmulo

En mi familia la tristeza llega con retardo y de golpe. Se van acumulando las evidencias de quien se ha marchado para siempre, echándosele cada vez más de menos, notando en cada detalle que ya no está, hasta que se hace insoportable y estallamos. Le ocurrió a mi hermano mayor con la muerte de mi padre y me ocurrió a mí con la de mi abuela. Comenzamos a llorar sin consuelo y cuando el llanto nos agota, dormimos durante más de 24 horas. Luego todo se normaliza. El dolor no desaparece, es como algo latente que daña si se piensa detenidamente en ello, por eso es obligatorio saturar la mente con pensamientos que la distraiga. Mi hermano mayor utilizaba fórmulas matemáticas, trigonométricas, las iba recitando como si fueran una oración. Yo pienso en las historias que me contaba mi abuela. Algunas están tan diluidas en mi memoria que debo esforzarme tanto en saber qué ocurría con el perro rabioso, a quién mordió, quién se acostó con quién, de quién era tal hija o quién era sospechoso de asesinato... que termino olvidando que la echo de menos. 

La gente no suele creer en lo que sí existe pero no ve. A veces les resulta más fácil creer en Dios que en la fuerza de la gravedad, a pesar de las evidencias. Tampoco suelen creer en que serán uno de los perjudicados de las advertencias que proporcionan las cajetillas de tabaco: fumar puede matar. Y cualquier medicamento sin una retahíla de efectos secundarios, parece peor que otro complemente inocuo. Pero las advertencias son probabilidades y a veces ocurren. 

Achacaba al calor mi pereza, la necesidad de esforzarme para hacer cualquier cosa (hasta había dejado de leer los últimos días), el estar constantemente de malhumor. Pero era cosa del tratamiento de fertilidad (posible cambio de humor, dice el prospecto de las inyecciones). 

Puede que esté triste y aún no lo sepa. Puede que poco a poco, día a día, se vayan acumulando las repercusiones de haber dejado el tratamiento, y de repente estalle; pero, de momento, sólo siento alivio. 

sábado, 4 de julio de 2015

Historias para no dormir

Mi prima la descocada no cree en fantasmas, pero ayer sintió uno sobre su cuerpo y tuvo un susto de muerte. Lo de muerte, por supuesto, es una hipérbole porque le ocurrió ayer por la noche y aún seguía viva esta mañana. Debería estar compartiendo vivienda con su padre estos días. Una casa de campo llena de muchos recuerdo físicos y de los otros, de esos que se guardan en la cabeza y desaparecen, se evaporan, se pierden por completo, cuando la persona que los atesoraban muere. Pero mi prima la casquivana también es una descastada (eufemismo de hija de puta) y ha metido a su padre en una residencia para ancianos durante el mes que estará de vacaciones. Por eso ayer por la noche estaba sola en la casa, rodeada de unos recuerdos físicos demasiado antiguos para significar algo para ella. Fotografías de personas muy ancianas que ya nadie sabe quién eran. Una de las dos únicas veces que he estado en esa casa, uno de los cuadros con marco de madera se había descompuesto y caído al suelo en ausencia de sus inquilinos. La fotografía era de una anciana muy elegante, delgada, con el pelo blanco y un moño muy elaborado que se veía con claridad porque era una pose coqueta, casi de espaldas para mostrar la barbilla afilada y el pómulo perfecto. Los vidrios rotos, el marco descuajeringado, la fotografía e incluso la alcayata que había quedado hincada en la pared, fueron a parar a la basura. 

Para entretenerse, mi impúdica prima (dejó que la grabaran mientras mantenía relaciones sexuales con dos -o tres- compañeros del trabajo) vio una película de miedo asiática, una de esas en las que sale el fantasma de una mujer joven de piel muy blanca y pelo muy negro, lacio y largo, que se cuelgan de sus víctimas como si fueran garrapatas. Después se fue a dormir a una de las habitaciones de abajo. Hacía calor. Tiró sábana y colcha al suelo y puso la almohada a los pies de la cama para que le diera directamente en la cara el fresco que entraba por la ventana. Esparció el pelo por la almohada para que no se convirtiera en una bufanda, para dejar libre el cuello. Tiene una bonita maraña rizada de color naranja. Los rizos son genéticos, el color, químico.  

Pensó que se quedaría dormida de inmediato, por aburrimiento más que por cansancio; pero la casa estaba llena de ruidos.  A pesar de ello, consiguió cerrar los ojos, y dejarlos así, pasada la medianoche. Duró poco su descanso. La despertó unos rabiosos tirones de pelo. Aunque es un ser racional y no cree en fantasmas (tiene como excusa haber sido sacada del sueño con brusquedad) pensó que el espectro de la película quería llevarla con ella. Tuvo tanto miedo de dejar apagada la luz como de encenderla. ¿Y si se topaba frente a frente con la joven de piel blanca y ojos brillantes y completamente negros, incluidos el iris y la esclerótica? Pero los fantasmas no existen. Las alimañas torpes, sí. La tendencia a exagerar de mi prima hizo que describiera como una rata del tamaño de un gato al bicho que se había enredado en su pelo y tironeaba para liberarse. Lo que consiguió gracias al ataque de pánico que le entró, con saltitos histéricos y manotazos. 

Debería estar compungida. Aún recuerdo el llanto desconsolado de mi prima al otro lado del teléfono; pero no soy tan buena persona. 

viernes, 3 de julio de 2015

¿Con el mismo patrón?

¿Existe la ecuanimidad en la justicia española? A Guillermo Zapata la fiscalía lo obliga a declarar por unos chistes crueles que atentaban contra el honor de las víctimas de ETA y el Holocausto y a Segundo Ávila, un concejal del PP en Algeciras, no le hacen nada por acusar de un atentado a quienes nada tuvieron que ver con él. (Acusó al PSOE y ETA de los dichosos atentados del 11-M). 

Llamaría gilipollas y salvaje -por menospreciar a las víctimas del atentado del 11-M- a Segundo Ávila si no temiera meterme en un jaleo por haber entrado ya en vigor la ley mordaza

Como dice el himno del ejército del aire: La gloria infinita de ser español (espero que se me pille la ironía). 




jueves, 2 de julio de 2015

La noche

Es difícil discernir cuándo se hace de noche en esta época del año. Son las diez, la luna brilla oronda y llena, pero el cielo aún no está oscuro, lo ilumina una luz sucia y escasa, coincidente con la del preludio del amanecer. Existen otros signos que delatan que ha llegado la noche: el aire se llena del aroma de las frituras del bar que tenemos al otro lado de la calle. Los olores que llegan a mi piso desde el exterior son un reloj preciso. Hasta medianoche prevalece el de las tapas, luego lo sustituye el perfume de la dama de noche del jardín de mis vecinos, y el de un macizo gigantesco de jazmines que crece salvaje en el patio de una casa abandonada, hasta las tres de la madrugada, hora a la que pasa el camión de la basura, que con el placentero silencio después del estruendo de su motor, deja la peste de los desperdicios removidos; el hedor tarda media hora en desaparecer, y si el viento corre del este, se puede percibir el olor a tierra mojada de las plantaciones recién regadas de La Vega.

Me gusta la noche. Es como si el tiempo transcurriera más lento, como si se dilatara. Permite vivir con la ficción de ser una isla, raramente interrumpida, ya ni siquiera por las carreras nocturnas porque desde que Guille regresó salimos juntos cuando comienza a anochecer. Él impone el ritmo y yo el recorrido. Resulta placentero el sobre esfuerzo. En su compañía me gusta aventurarme por rincones de las afueras de esta ciudad que creía solitarios. Por la Fuente de la Bicha o El Llano de la Perdiz, más allá del cementerio. Pero no estamos solos. Se ha puesto de moda correr de noche, iluminados por una linterna led pillada a la frente. La primera vez que vimos desde lejos a un grupo de corredores por el Barranco del Aljibe, parecía como si la noche se hubiera llenado de luciérnagas centelleantes, agitadas y nerviosas. 

miércoles, 1 de julio de 2015

El poder del dinero

Había una película antigua, o puede que fuera el episodio de una serie, en la que una estrella juvenil imponía su dictadura incluso a su madre, la que era tratada como una chacha. Su mánager sólo conseguía manejarlo con la amenaza de dejar de quererlo. A mí me ocurre lo mismo: necesito que me quieran, al menos mis clientes y me esfuerzo porque así sea, a veces hasta extremos excesivos. Soy paciente. Comprendo que el desembolso por una vivienda es una atadura que les lastrará casi toda la vida. Demasiado a menudo, en cuanto han dado el visto bueno a su anteproyecto, se arrepienten y deciden que quieren otra cosa muy diferente a la que anhelaban hasta entonces. Vuelven con su esquema hecho en una hoja cuadriculada, con escaleras minúsculas y habitaciones grandiosas, olvidando que sus parcelas tienen unas dimensiones fijas y que las normativas municipales imponen limitaciones. Intento complacerlos otra vez. Por lo general con el segundo intento quedan satisfechos y cesa su indecisión. Pero, de tarde en tarde, aparece el cliente imposible de complacer, que lo único que parece saber es lo que no quiere y cualquier esfuerzo sólo lleva al fracaso. No existe nada más frustrante. Ahora tengo uno de esos clientes. Colabora activamente en mi infelicidad. Pero ni siquiera puedo enfadarme con él porque su empresa está amenazada por un ERE. Me parece que cada vez que impone un cambio está pensando más en el gusto y placer de los posibles compradores de su futura casa, que en el suyo propio. 

lunes, 29 de junio de 2015

Caminando entre fantasmas

En más de una ocasión he pensado que la vida es como un círculo: nacemos desdentados, feos, arrugados, calvos y dependiendo de otras personas y morimos, si llegamos a muy viejos, de igual forma. Si esta teoría fuera verdad, yo ya he pasado el ecuador de mi existencia porque poco a poco volvemos a la monotonía de hace dos o tres años. Guille recuperó el estudio de Barcelona antes de volver, tenemos pensado regresar a casa en cuanto las viviendas que estamos haciendo ahora en la costa malagueña estén terminadas y hemos vuelto abrir el estudio de Málaga. El mismo que dejamos hace unos meses, cerca de la calle Larios, con unas vistas a la catedral que serían asombrosas si un castillete del edificio de la Telefónica, no las segmentara en dos. Incluso los muebles son los mismos. Los habíamos vendido en una tienda de segunda mano. No merece la pena comprar nuevos porque será una oficina de tránsito, a la que ir de tarde en tarde para quedar con los clientes. 

El dueño de la tienda de segunda mano nos llevó a su almacén, que está en el sótano de un edificio antiguo. Todo el suelo de Málaga supura humedad. La capa freática está muy cerca de la superficie. El sótano tiene su microclima, parece un invernadero. El aire resultaba casi irrespirable, saturado de olores extraños, una mezcla a maderas nobles, roña y humedad. Sobre todo humedad, tanta que imaginé que si abría uno de los cajones de cualquiera de los muebles que se amontonaban pegados a las paredes o formando pasillos, los encontraría llenos de champiñones. El dueño nos llevó a toda velocidad hasta el rincón donde tenía los muebles de oficina. Decenas de sillas giratorias, de escritorios, de flexos, incluso de inservibles fotocopiadoras que ya nadie quiere. El dependiente nos informó que ya no acepta muebles de oficina porque no tienen salida. La muestra estaba en que los nuestros, los que vendimos unos meses atrás, nos esperaban envueltos en fantasmales plásticos blancos, impolutos, aún conservando nuestro olor y las muescas y manchas inevitables del uso. 

Con mis compañeras de piso de estudiantes, tenía un juego: ¿en qué tipo de tienda te gustaría quedarte encerrada durante toda una noche? ¿Una lencería? ¿Una tienda de golosinas? ¿Un centro comercial?... Yo siempre escogía una tienda de informática. Ahora cambiaría. Escogería un almacén como en el que estuvimos, tan lleno de muebles que resulta inevitable el temor a morir aplastada ante el más mínimo sismo. Tan lleno de pasado, de recuerdos ancestrales, de fantasmas ya olvidados, que dan ganas de imaginar la existencia de sus dueños para que aún no mueran del todo. 

sábado, 27 de junio de 2015

El peor castigo

Lo malo de los errores no es cometerlos. Lo malo de los errores es no aprender nada de ellos.

Esta noche hemos celebrado una pequeña fiesta en la terraza de nuestro piso. Algunos amigos de Guille y sus esposas. Cuatro parejas y nosotros, nadie más. Comida de barbacoa y ensaladas en platos de plástico. Mucha bebida. Cerveza y sangría. Y, sobre todo, conversación. Es gente normal. Un informático, tres profesoras, dos parados, un amo de casa y un enfermero. Todos con descendencia. Un hijo por pareja, como si España impusiera las mismas leyes sobre la natalidad que China. 

Suelo estar tan sumergida en mi mundo, limitado al intercambio de opiniones con Guille, mi madre, mis hermanos y primos, que en cuanto emerjo, me asombro por lo que descubro. Una de las parejas que nos acompañaban esta noche, muy dada al deporte y la vida sana, está en contra de la vacunación masiva. Cuando les preguntamos si no tenían miedo de que a su hijo le ocurriera lo mismo que al niño de Olot, nos soltaron una retahíla de datos específicos que fuimos incapaces de rebatirles por desconocimiento. Entre ellos, que en mayo de este año dos bebés murieron después de haber sido vacunados de hepatitis y que el gobierno lo había silenciado porque están conchabados con las farmacéuticas. Cuando se fueron y pude sentarme ante el ordenador, comprobé el dato. Efectivamente, dos bebés murieron tras ser vacunados, pero ocurrió en México y por vacunas que aparentemente estaban en mal estado. Supongo que le resto de información que nos dieron sería semejante a ésta: tergiversaciones de la verdad. 

Tienen mascota. Un perro enorme con cara de malas pulgas y cuya foto enseñan con orgullo como si se tratara de parte de su descendencia. Las vacunas para las mascotas son obligatorias. Me pregunto si también muestran su rebeldía contra el sistema y se niegan a vacunar a  su perro.