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miércoles, 23 de julio de 2014

Susurra mi nombre

Me pregunto si fue un lapsus de mi subconsciente el que me olvidara el libro que estaba leyendo en la mesilla de noche cuando salimos de viaje. Me di cuenta demasiado tarde para volver. Pensé que no importaba. Planeé comprar otro, cualquiera, uno de esos romántico-erótico-pornográfico que suelen vender en cualquier expendedor de prensa, de camino a Madrid, pero ninguno de los que vi me atrajo (y eso que no soy tiquismiquis). Así que estuve durante una semana completa en sequía de lecturas. Pero no importó porque me acoplé al horario de Guille (dormí un montón) y no existió ningún tiempo muerto que rellenar con historias ajenas. 

Como ocurre con todas las largas abstinencias, volví a la lectura con tantas ganas que, aunque me faltaba más de la mitad, lo acabé de leer de una sola sentada. Se trataba de Alguien dice tu nombre, de Luis García Montero. Me gustó, en gran medida porque los personajes se mueven, en el lejano verano de 1.963, por los mismos lugares que yo lo hago en la actualidad, aunque algunos tienen los nombre cambiados, como la Avenida de Calvo Sotelo, que ahora se llama Avenida de la Constitución. Es un libro tranquilo, en el que no ocurren grandes hazañas. Un estudiante universitario, de filosofía y letras, encuentra un trabajo eventual durante el verano en una editorial donde venden enciclopedias. El estudiante se enrolla con la secretaria, 17 años mayor que él (Mrs. Robinson). Viajes a los pueblos de Granada, celos, persecuciones, espionaje, equívocos, cuernos... pero no todo es lo que parece. Sólo al final se comprende que este libro haya sido presentado en La Semana Negra de Gijón



No sé si es algo negativo: en algunos párrafos, sobre todo los eróticos, da la sensación que Luis García Montero es más poeta que novelista (puede que sea algo voluntario). 

martes, 22 de julio de 2014

Historias encontradas

Las vacaciones también lo han sido de móvil. Apenas he hablado durante una semana con mi madre. El viernes, cuando todavía no había despertado del todo, ya me impuso estar pegada al teléfono durante 59' (tiene tarifa plana para llamar a los fijos: gratis durante la primera hora). Me puso al día de lo ocurrido durante mi ausencia. Una hora da para hablar mucho y a ella tiene la capacidad de hablar muy rápido. No es que a mi familia le estén ocurriendo cosas constantemente, es que somos muchos. 

Hospital: Al marido de mi prima Loli lo han operado de preñez (le han quitado un tumor benigno del estómago que pesaba cinco kilos). Había estado vomitando casi todos los días de los dos últimos meses, pero no se le ocurrió ir al médico porque también perdió siete kilos en ese tiempo y es de mucho comer y más engordar. Estaba contento con la situación, y como no tenía fiebre, sospechaba que no le ocurría nada malo.

Más hospital: Hay un cuento de Gabriel García Márquez que me pone nerviosa. Una pareja de recién casados. La mujer se pincha con una rosa y termina muriendo: consecuencia drástica de un hecho aparentemente insignificante. A mi tío Fermín unos zapatos nuevos le hicieron una rozadura en el dedo gordo del pie. Se le infectó y el lunes estuvieron a punto de cortárselo, pero la sangre no llegó al río y ya anda plácidamente por su casa y sus madriles.

Whatsapp.- A mi prima La Despendolada (perdió su nombre de pila cuando se hicieron públicas las imágenes de su orgía -se dejó grabar mientras mantenía relaciones sexuales con dos compañeros de trabajo-, en su defensa sólo se puede alegar que estaba como una cuba)... Como decía, mi prima La Despendola consiguió que otro hombre ocupara los huecos que su ex marido dejó en los armarios, cajones y cama, incluso antes de conseguir su viudedad legal (si la casa hubiera tenido dos puertas, el ex habría salido por una mientra el nuevo novio entraba por otra). Consiguió que contrataran al novio en su empresa, que le dieran un puesto de trabajo incluso mejor que el suyo. Este miércoles, mientras mi prima estaba de viaje de trabajo, recibió un whatsapp: No soporto esta relación tan inestable. Me mudo a casa de una amiga. (Cuando terminó de contármelo, mi madre soltó: Donde las dan, las toman -a todos nos caía muy bien su exmarido).

Ha sido una semana muy tranquila. Se nota que mi familia hiberna tumbada a la sombra junto a una playa o una piscina. 

domingo, 20 de julio de 2014

Solo ante el peligro

Poco a poco vuelvo a la normalidad. Sólo ha sido una semana de ausencia, pero salir de la monotonía, conocer lugares nuevos, viajar, dilata el tiempo y lo evapora a la vez. Da la sensación que han ocurrido montones de cosas en sólo cinco minutos. Incluso han ocurrido cosas en la Granada que dejé y que suele paralizarse en verano. Ya ha cerrado de forma definitiva la carnicería de la calle Mulhacén, y el bar que estaba junto a La Blanca Paloma. Un  grillo nos ameniza con su canto las primeras horas de la noche, escondido en algún arbusto del jardincillo que tengo bajo la azotea. En esta ciudad sólo ocurren cosas pequeñas, creo que por eso me gusta vivir aquí (aunque para los afectados cerrar un negocio debe ser una gran tragedia). 

Pero a nivel nacional, parece que muchos asuntos se han estancado. Basta abrir un periódico para ver imágenes que ya ilustraban alguna noticia hace meses. Como la fotografía del teniente Luis Gonzalo Segura. Decir la verdad le ha hecho merecer dos meses de reclusión. Y la injusticia y la rabia lo han obligado a ponerse en huelga de hambre. Supongo que el miedo de sus guardianes, más que el peligro real del teniente, han impuesto el traslado del oficial a un hospital militar (creía que ya no existían). ¿Qué ocurriría si la huelga de hambre llega a sus últimas consecuencias?


Foto robada a El País digital

Supongo que muchos de los que ahora callan por indiferencia, o porque en la actualidad existen demasiados frentes (Gaza, Podemos, Ucrania...) para preocuparse de minucias (la injusticia en el sector militar), comenzarían a gritar. Comprendo que sus compañeros del cuerpo callen (¿quién besa la mano que le quita la comida, o privilegios?). Pero, ¿y sus compañeros escritores? ¿Por qué callan ante la evidencia de un castigo injusto?

De regreso a la antesala del infierno

Dice mi madre que los vuelos que tomo son como ranitas (esas piedras planas que se hacen rebotar sobre la superficie del agua). Pongo la excusa de que no hay otros, que inevitablemente deben tener alguna escala por tratarse de un lugar al que los españoles no solemos ir (si le dijera que es por economía, seguro que exigía pagar ella). Zagreb, Zurich, Madrid; a la misma hora que en los periódicos digitales, la radio y la televisión recogía la noticia del derribo de un avión en Ucrania. La geografía no es el fuerte de mi madre. Cincuenta y dos llamadas perdidas al llegar a Madrid, no sólo de ella, también de todos los que había movilizado y no habían conseguido tranquilizarla aludiendo al origen y destino del avión siniestrado (mi madre está acostumbrada a que le ocultemos cosas). Casi todo el viaje de Madrid a Granada, lo hice pegada al teléfono móvil, para castigo de mi compañero de viaje en el autobús (Guille había tomado el vuelo de Madrid a Barcelona. Razón: papeleo ineludible este lunes). 

Durante los viajes, es muy fácil vivir  aislada de la intemperie, por los aires acondicionados o porque la noche disfraza las temperaturas diurnas. Hasta despertar a media tarde el viernes (llegué muy cansada del viaje), empapada en sudor y con la forma de mi cabeza dibujada con humedad en la almohada, no me di cuenta que estaba a un paso del infierno. Pero la imagen del infierno, según la iconografía cristiana -al menos, la que me proporcionó mis libros de religión durante muchos años: cavernas donde cuerpos sudorosos y medio desnudos se abrazaban para protegerse del fuego- siempre me pareció más placentera que la del cielo -un ángel solitario con camisón tocando la lira-. La temperatura ha bajado estos dos últimos días: de 41ºC, según el termómetro de la farmacia, a 32ºC. Incluso corre una ligera y agradable brisa en el exterior. 

sábado, 12 de julio de 2014

Coleccionando puentes



Os dejo descansar de mis majaderías durante una semana. Poco tiempo, algo inesperado. Espero que disfrutéis de este tórrido tiempo de pereza e inactividad, y no sudéis mucho, estéis dónde estéis. 

jueves, 10 de julio de 2014

Amores que matan

¿Qué talla de ropa necesitaría mi esqueleto descarnado? Con pellejos, músculos, grasa y demás, oscilo entre una 38 y una 40. El hueso de la cadera está muy próximo a la superficie. No creo que cupiese en una talla menor a la 32, que es precisamente la que utiliza mi sobrina con 13 años. Todas las adolescentes que la suelen acompañar, están cortados por el mismo patrón: son altas, estilizadas, muy flacas. A veces me arrastran al centro para ayudarlas a comprar ropa (aún necesitan la supervisión de un adulto). Casi todas utilizan la talla XS. Son cuerpos etéreos, frágiles, modelados por la naturaleza y el ejercicio (practican gimnasia rítmica, danza y/o ballet). 

No me habría puesto a pensar en la talla de la ropa si ayer en el periódico El País digital, no hubiera leído un artículo en el que se consideraba un escándalo que una marca de ropa estadounidense comience a comercializar la talla XXXS que equivale a la 26 en España. ¿Por qué lo hacen? ¿Por demanda del producto? Lo dudo. La talla más pequeña de la ropa infantil de esa marca comienza en la 2 (XS). Lo más probable es que sólo se trate de una campaña publicitaria. 

Pero, ¿por qué no se arma el mismo jaleo cuando alguna marca comienza a comercializar ropa de tallas extra grandes? ¿No se podría pensar que se está incitando a la gula, a que las personas gruesas puedan seguir engordando? ¿No son igualmente peligrosas las enfermedades por sobrepeso que por una delgadez extrema? ¿No son mucho más frecuentes los problemas que produce la obesidad? 

Cerca de la casa de mi madre vive una viuda con un único hijo adolescente. El chaval debe de medir metro sesenta y pesar cerca de los 100 Kg. Las partes del cuerpo que la ropa esconde, es fácil de adivinar porque siempre le acompaña un perro con el mismo problema de sobrepeso. Sus andares (los del adolescente y el perro) son dificultosos, como si no tuvieran articulaciones en las piernas. La madre está orgullosa del hijo porque no sale apenas, no se va con malas compañías y siempre está pegado al ordenador. 

Ante tutores así, ¿importa mucho la talla que pongan a la venta las marcas de ropa? Da la sensación que sólo se está soslayando un problema real.

martes, 8 de julio de 2014

Canícula

Hay que buscar trabajo hasta debajo de las piedras. Es lo que hace mi antiguo profesor y jefe. Y me ha solicitado como aliada. Existen cientos de casas medio derruidas en mitad de una nada con vistas alucinantes. Viviendas con las vigas del techo como alfombra por culpa de la fuerza de la gravedad, del abandono y los meteoros atmosféricos, situadas en suelo no urbanizable: es lo que las hace tan interesantes porque así tendremos la seguridad de un aislamiento absoluto. Es lo que mucha gente busca. Aunque a la mayoría nos daría miedo tanta soledad. Mi jefe-profesor encontró una cerca de Cumbres Verdes. Una vivienda rural típica de principio del siglo pasado: solería hidráulica, muros de carga de ladrillos, teja árabe y cubierta de rollizos de la que apenas quedaba un recuerdo de lo que fue pegado al hastial de la fachada sur. Para la época, no era muy grande: salón, cocina con chimenea, tres dormitorios y lo que parecía media docena de cobertizos para animales. 

Seguramente en otro tiempo habría habido un camino desde la carretera a la casa, pero hace mucho que lo engulló la maleza. Para llegar a la casa había que bajar por un talud que mi recuerdo lo falsea haciéndome creer que tenía una pendiente del 100%, caminar unos 1.000 metros, saltar una acequia seca, pero profunda y esquivar los escombros de la cubierta que taponaban puertas y ventanas. Bajar hasta la casa fue fácil. Lo hice mientras aún quedaba un pequeño resto del fresco de la mañana. Pero me demoré al hacer el levantamiento de la edificación y en comprobar en qué estado estaban los muros. También en imaginar qué vida e historias podrían haberle sucedido a las personas que vivieron hace tiempo allí, tan apartados de todos. Inevitablemente me hacen recordar historias que me contaba mi abuela durante mi infancia. La de la mujer que estaba a punto de casarse, un perro le mordió en un pecho, por vergüenza no dijo nada y murió antes de la boda, pero después de infectar al novio -al parecer, comerse el arroz antes de hacer la paella (eufemismo que utilizaba mi abuela para mantener relaciones extra matrimoniales) también contagia la rabia. 

La vuelta fue mucho más complicada. Las chicharras me ensordecían, los arbustos resecos crujían bajo mis zapatillas como si fueran huesos quebrándose, y los rayos del sol caían con tanta fuerza que era capaz de sentir la diferencia de los colores de mi camiseta: me ardía la piel bajo el logotipo negro en mi espalda. Llegué tan deshidratada al coche que tuvimos que parar en la primera tasca que encontramos en el camino -uno de esos lugares atiborrados los fines de semana, pero vacíos el resto del tiempo-. De zumo, sólo tenían de manzana. Creo que jamás he sentido más placer al deslizarse un líquido por mi garganta. Esta noche intenté repetir la experiencia y fui a comprar zumo de manzana de la misma marca que tenían en la tasca, pero me pareció un líquido tan asqueroso y dulzón como siempre.