miércoles, 26 de julio de 2017

Calor

Creía que llovía y me he levantado de un salto para verlo. La lluvia se ha vuelto tan extraña como la nieve en invierno en estas latitudes. Ya es un espectáculo difícil de ver. Pero no era lluvia. Alguien riega las plantas a estas horas. Junto con el estruendo de un aire acondicionado, es el único ruido que se escucha. No suele haber tanto silencio en mi nuevo barrio. Está lleno de casas nuevas, con buena insonorización, pero por aquí a la gente parece gustarle comunicarse a gritos. Aún no llevo dos meses viviendo aquí y ya estoy pensando en mudarme de nuevo. 

Treinta y dos grados centígrados dentro de casa. Cuando regresé de correr, en este barrio imposible hacerlo antes de oscurecer, tuve la absurda idea de refrescarme con colonia pulverizada. En los brazos, las piernas y el estómago no pasó nada. En el cuello fue como recibir una ducha de ácido. La piel está irritada por culpa del sudor. Parece piel cocinada a fuego lento. 

Me gusta que Mickey se quede a dormir. Pero hoy no podía. Su presencia me obliga a permanecer en la cama. Sin él, me parezco a Rambo, el perro de su hermano. Es un animal muy tranquilo y perezoso, listo. Busca el trozo de suelo más fresco de la casa y se tumba, hasta que su cuerpo lo calienta y se arrastra hasta otro puñado de losetas frías. Hago lo mismo que Rambo. Duermo en el suelo, con la cabeza apoyada en un cojín que se empapa de inmediato en sudor, hasta que la solería se calienta y busco otra parcela fresca. El amanecer y la hora de levantarse suelen llegar antes que el sueño. 

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