lunes, 9 de enero de 2012

Los ladrones de tiempo

Los hombrecillos grises, los ladrones de tiempo, del cuento de Momo de Michael Ende, lo invaden todo. Esta mañana, domingo, llamaron a la puerta a las 9:05. Si Guille está en casa, a esa hora, yo suelo estar aún en la cama. Me gusta esperar a que se despierte. Solemos hablar durante un rato -un rato que a veces es casi toda la mañana-. Quienes llamaban eran un par de hombres. Uno mayor, el otro más joven. Ambos muy bien vestido, traje y corbata. Antes de abrir pregunté a través de la puerta quién era. Dijeron que era algo muy importante para mí. Si Guille no hubiera estado a pocos metros de mí (aunque completamente sopa) hubiera tardado más tiempo en ceder. 
- Venimos a presentarle la palabra de Dios.
- ¿Dios? ¿Qué Dios?
- El único verdadero. 
... Os ahorro el diálogo de besugos que tuvimos. Yo algo aturdida por la inesperada y no deseada visita y él -el más joven- soltando frase tras frase memorizada y sacada de un catecismo arcaico. Tardé unos cinco minutos en decirles que soy atea y que no me interesaba. Cerré la puerta después de darles las gracias y desearle buenos días. Insistieron. Volví a abrir, temiendo que el sonido del timbre despertara a Guille. Yo, más que cualquier otra persona, necesitaba de sus charlas porque mi alma estaba en peligro mortal. Les pedí que se marcharan, o que la menos hablaran más bajo porque iban a despertar a mi marido. De inmediato el mayor se puso a farfullar. Aseguraba que estaba viviendo en pecado con ese hombre  -nos casamos por la Iglesia para complacer a nuestras madres-. Terminaron por despertar a Guille, quien los echó sin miramientos. Incluso amenazó con llamar a la policía si seguían fastidiando. Supongo que lo creyeron porque salieron como dos balas.

Casi todos los medios días me obligan a interrumpir la comida porque me llaman de alguna compañía de Internet. A todas ellas les aseguro que no me interesa, y que me borren de sus listas -pero hacen oídos sordos y a los pocos días (o a las pocas horas... o a los pocos minutos -como si tuvieran ganas de tocar las narices- vuelven a desperdiciar una llamada y a interrumpir mi trabajo o mi descanso).

¿Por qué se creen con derecho a apoderarse de mi tiempo? ¿Tienen éxito invadiendo la intimidad de las personas?

En Barcelona, durante un tiempo que estuvo rota la cerradura del portal, fue tan insoportable la invasión de extraños que Guille puso un papel en la puerta: "No compramos nada. No necesitamos nada. Ahorra tu tiempo y no nos obligues a malgastar el nuestro". El cartel sirvió de poco. Tuvimos que seguir abriendo y rechazando a quien nos ofertaba un nuevo seguro del hogar, hacernos socios de algún club del libro, a quien nos aseguraba ponernos en contacto con Dios, a las vendedoras de Avon...

Interrupción telefónica. Los de Ya.com me llaman para ofertar Internet y llamadas por 9.95 al mes (silencian que su servicio técnico es inexistente y que tengo que contratar una línea telefónica aparte). Como me entraba otra llamada a la par, he dejado al individuo con acento extranjero y muy difícil de comprender en espera. Se ha enfadado cuando, después de unos 30 segundos en espera, he vuelto para decirle que no me interesaba. Me ha sentado muy bien que por una vez, sea el otro quien se enfade. (Y que él sólo esté haciendo su trabajo, no me sirve como excusa, porque también yo intento hacer mi trabajo sin la interrupción de extraños ofertando algo que no necesito)

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