martes, 24 de enero de 2012

Huérfanos con padres

Hoy han venido a almorzar mi cuñada, mi sobrina y Loli, una amiga de mi sobrina. Tenían que ir al médico, las tres, pero a horas distintas.

Mi sobrina y su amiga tienen ese parecido que adquieren las personas que están mucho tiempo juntas. Físicamente no se parecen en nada (rubia con los ojos azules, mi sobrina; morena, ojos marrones, la amiga); pero tienen los mismos gestos y tics; la misma forma de sonreír y mirar de reojo cuando están un poco avergonzadas, o la misma forma de soplar el flequillo si se les mete en los ojos. No pregunté, aunque me pareció extraño que no fueran sus padre quienes acompañaran a Loli al médico.

Mientras lavábamos los platos y las niñas jugaban con el ordenador, me explicó mi cuñada que llevan con la niña desde hace tres semanas. Sólo, supuestamente, iba a pasar un fin de semana con ellos, pero la madre se ha desentendido de Loli casi por completo. La llama por teléfono para preguntarle cómo está y si necesita algo, pero siempre pone excusas para no ir a buscarla: el trabajo, una gripe, resaca... El padre, con el que se tiene que quedar fines de semanas alternos, pidió que se la llevaran a Sierra Nevada. Mi cuñada lo hizo. El padre estaba con un grupo de amiguetes. Después del primer saludo, dice que apenas prestó atención a Loli. Mi cuñada ya había salido de Prado Llano cuando se arrepintió de haberla dejado y volvió por ella -el padre no puso impedimento-.

Dice mi cuñada que Loli es muy buena influencia para mi sobrina porque así no se siente sola y tiene con quién jugar. Además, es una niña muy respetuosa, tranquila y agradecida. Lo de agradecida lo he podido constatar: me dio un abrazo cuando se fue y sólo porque les di los bombones que nos regalaron los de la tienda de los kebat.


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