martes, 13 de septiembre de 2016

Obstinada vida

Llueve. Por fin lo hace después de tres meses. Llueve y ha refrescado. El aire frío que acompaña a la lluvia es más purificador que el agua de la ducha. Arrastra el sudor sin devolverlo a los pocos minutos. 

Durante los meses de verano sólo ha caído algún que otro chapetón fantasma de goterones enormes; como pelotas de golf, diría mi tío Fermín; como pezones de ubres, sería la comparación de mi hermano mayor. Me ocurrió un par de veces, que escuchaba llover mientras trabajaba o hablaba por teléfono y cinco minutos más tarde, cuando podía levantarme para ir hasta la ventana, ya todo estaba seco. De la lluvia sólo quedaba la humedad sofocante que ascendía desde el asfalto, la mancha de barro sahariano en todas las superficies y los cráteres que las gotas habían dejado en las zonas terrosas. 

Es un alivio esta lluvia. En el alféizar de la ventana de la cocina de mis vecinos de abajo, en el piso patera, que siempre está alquilado a personas de paso, hay una maceta, una pita. Cuando apareció por primera vez, estaba lozana y brillante. La dueña se fue olvidándola. Ahora tiene el color gris y desvaído de lo moribundo, pero sigue con vida, aunque nadie la cuida y lleva tres meses sin recibir apenas agua. Si sigue la lluvia, tal vez vuelva a brillar. 

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