viernes, 9 de septiembre de 2016

Maneras de vivir

Mi vecino de enfrente canta a pleno pulmón canciones de Rosendo, aunque se le da realmente mal, incluso peor que al propio autor; pero resulta agradable escucharlo por el esfuerzo que pone. Si las paredes de su piso fueran transparentes o saliera al balcón para cantar, intuyo que lo veríamos rasgando con furia las cuerdas de una guitarra imaginaria. 

No creo que esté mal hacer algo, aunque seamos pésimos en ello, siempre que se saque placer y no se ponga en peligro la vida y los bienes ajenos. 

Hace poco un buen y admirado amigo dijo que mis historietas son muy naífs. Estoy en proceso de asumirlo, mientras sigo dándole a las teclas. Cada uno se divierte como puede. Mi madre prefiere la comodidad de sentarse delante de la televisión y convertir la ficción de un puñado de personajes en sus propios asuntos. Mi sobrina le sigue los pasos. Cuando esta mañana fui a la casa de mi cuñada para recoger algunos melones, calabacines y berenjenas que su padre nos había regalado de su huerta, encontré la cocina llena de adolescentes greñudas, legañosas y en pijama, aunque ya pasaba el mediodía. Las niñas se habían quedado a dormir con mi sobrina para ver Gran Hermano, un programa que es como una jaula de hámsters: encierras a unos cuantos individuos y los miras alimentarse, fornicar y dar vueltas y más vueltas en la rueda. 

Las niñas ya saben a qué casting se tienen que presentar para ser aceptadas en ese programa porque sólo pueden entrar mayores de edad. También han decidido a los amigos que llevarán para que las apoyen y los meses que perderán de clases, incluso si les convendrá tomarse un año sabático en los estudios. 

¿Se les puede reprochar que se vean tentadas por esa forma de vida? Un joven de 16 años inventa un detector de cáncer económico y apenas tiene repercusión en los medios de comunicación. Sin embargo un caradura se hace pasar por quien no es y su jeta es reconocida incluso por quienes no vemos la televisión.


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