viernes, 16 de septiembre de 2016

Agua

Recuerdo el río salado que había fuera del infinito terreno cercado del destacamento de aviación en el que viví la primera parte de mi infancia. El río tenía un agua clara y cristalina, pero todo su alrededor estaba lleno de charcas de agua dulce, la tierra que le servía de lecho debía de filtrar la sal; el agua de las charcas era un caldo espeso de algas y renacuajos casi transparentes, invisibles desde fuera, que soltaban burbujas en las superficie, al explotar formaban ondas, como si hubiera caído una gota de lluvia. En esas charcas siempre parecía llover, incluso en los días más calurosos y tórridos del verano. 

Un año, por culpa de la sequía, se secó el agua del pozo del cortijo donde vivió mi madre de niña. Lo recuerda con mucha nitidez porque era a ella a quien le tocaba ir hasta una fuente, a varios kilómetros, montada en Blanquita, una burra muy mansa, para llenar montones de pequeñas garrafas de agua. Se gastaba tanta agua en el cortijo que a veces, apenas llegaba, tenía que volver a subirse en la burra y regresar a la fuente. Se libró de ese tedioso trabajo el día que media docena de las pequeñas garrafas se rompieron al soltarse la cuerda que las ataba. Alguien de mente brillante sustituyó las garrafas de dos litros por una de veinticinco; la nueva garrafa y la canija de mi madre pesaban lo mismo. 

Es tan normal y cotidiano que en cualquier momento abramos un grifo y salga agua, que no somos conscientes del milagro de tenerla tan a mano; hasta que el acto de girar la manivela del grifo nos dé como respuesta el estertor de un moribundo. Hoy, por primera vez después de no recuerdo cuántos años, y sin previo aviso, hemos estado cinco horas sin agua corriente.


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