lunes, 12 de septiembre de 2016

La espectadora

Frente a mi piso hay un edificio que parece una montaña de escombros en mitad del desierto. Es molesto a la vista, grande, feo y está casi deshabitado porque albergaba un hotel, clausurado ahora, y la mayoría de las ventanas de sus pisos y persianas de locales muestran carteles ofertando su alquiler o venta. En la primera y segunda plantas hay oficinas de paredes de vidrio. A estas horas, casi las cinco de la noche, suelen ser un espejo negro y sucio donde se reflejan las farolas de la calle y la Luna. Hoy no. Un hombre trabaja en una de las mesas más cercanas al exterior, bajo la luz exigua de un flexo. El cono de luz parece el foco sobre un actor en un escenario. Trabaja sin tregua, sin levantar la cabeza. El monitor de su ordenador, que ilumina su rostro sin parpadeos, está fuera del alcance de mi vista, pero veo moverse sus dedos con tanta rapidez que parecen pulsar las teclas al azar. Lo observo con impunidad. Si se tomara un respiro y levantara la cabeza, seguro que la oscuridad era mi escondite. 

Casi todos los días, a eso de las diez, veo salir a los trabajadores de esa oficina en manada y ocupar los bares más cercanos. Es lo único que echo en falta del estudio de Barcelona: el compañerismo, tener con quién quejarme de la jefa o compartir un rato de charla insustancial, los dimes y diretes de los compañeros... a veces sazonados con mucha mala leche.

Me pregunto si el sujeto que trabaja rodeado de oscuridad, intenta terminar un trabajo urgente o escapar de sus compañeros.  

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