viernes, 16 de septiembre de 2016

Como pez fuera del agua

Me es antipático el compañero de trabajo de Guille, pero me encanta cuando viene a desayunar. Las manos de Guille, al gesticular, son como una de esas danzas de drones que le preparan sus alumnos y me trae las grabaciones, orgulloso, para que las vea. Hablan de aspas, de rotores, de hidrógeno, de autonomía de vuelo... me pierdo en su conversación y sólo escucho mientras soy la única que picotea de la bandeja de churros que compramos cuando él viene. Es agradable ver su entusiasmo.

También es agradable estar sumergida en el parloteo de mi madre y sus amigas a la hora que ellas llaman, pomposas, del vermú. La hora de la cerveza, el plato de anchoas y el cuenco de olivas al mediodía; en realidad. Para la ocasión, se arreglan como si fueran a un lugar muy importante y elegante. Tintinean cuando se mueven por las joyas que las adornan. Nada de bisutería. Todas son viudas y sus pensiones escasas, pero vivir en soledad y el resentimiento contra los maridos que se fueron sin tener nunca un pequeño detalle con ellas, les permite satisfacer el capricho de una pulsera o unos pendientes de oro.

Mi madre y sus amigas hablan de personajes que no siempre conozco, pertenecientes a la farándula o zánganos de ella: hijos, amantes, antiguas parejas... o simple mentirosos que venden su honor por unos minutos de fama. Yo royo un hueso de aceituna o bebo sorbos de mi limonada, la única que no bebe alcohol porque luego tengo que conducir, como si fuera una niña entre adultos, y como tal, guardo silencio. Ayer hablaban de la boda de la hija de Rocío Jurado. Estaban alarmadas porque la mujer no invitó a los hijos que tuvo con el anterior marido. ¿Cuál es el pecado tan grave que una madre no perdonaría a una hija?, preguntaba una las mujeres. ¿O una hija a una madre?, preguntó la mía y me miró. Se siente culpable, cree que nos abandonó durante los diez años que estuvo enferma. 

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