miércoles, 27 de julio de 2011

Un hombre tranquilo

Recorro su cuerpo en busca de cicatrices, muy de cerca, humedeciendo su piel con mi aliento, y no las encuentro. Treinta y ocho años y la vida no ha dejado muescas sobre su piel. Todos nos caemos, nos herimos, nos cortamos. Arrastramos heridas externas o internas, de recuerdos más o menos dolorosos. Él no. Ninguna. Como si fuera inmune a todo lo que hiere. Una piel completamente impoluta. Más impoluta ahora que se deja depilar. Ni siquiera tiene lacras. Mi cuerpo está lleno de lacras y a Guille le gusta trazar un mapa de carreteras recorriendo una a una: el nevus azul que tengo en el pecho derecho, un trocito de pezón fragmentado por debajo del mismo pecho, una mancha con forma de huevo en la cadera izquierda, una rosa en el interior del muslo derecho.... Hoy Guille cumple 38 años. Dice que se siente viejo. Jugó a pensar qué hubiera ocurrido si nos hubiéramos conocido cuando él tenía 20 años y yo 11. Asegura que me habría esperado lo que hubiera sido necesario. Que habría sabido que estábamos destinados a estar juntos. Me desternillé de risa por su ingenuidad. Cuando tenía 11 años era muy diferente a como soy ahora. Seguramente no le habría gustado. 

Hemos celebrado su cumpleaños solos. El sábado por la tarde lo celebraremos en la casa de sus padres. Una fiesta sorpresa de la que me advirtió esta mañana al levantarse y de la que supuestamente no debe saber nada.  Ahora lo está celebrando con los chavales del equipo de hockey en silla de ruedas que entrena. Mañana por la mañana lo hará con sus compañeros del trabajo y por la tarde con el grupo de fútbol sala. 

Ojalá este día se repita muchos años. 

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