jueves, 28 de julio de 2011

El silencio de las armas

Cuando era pequeña vivía a 100 metros de una galería de tiro. Los soldados entrenaban a primera hora de la mañana y en muchas ocasiones la explosión de la pólvora al chocar el martillo contra el percutor, el silbido de la bala y el chocar contra la diana, que solía ser metálica, eran mi despertador. Con diez años sabía disparar un rifle deportivo del calibre 22 mm. Incluso desmontarlo. Era como un rompecabezas. Me encantaba el ruido metálico al deslizarse unas piezas sobre otras. El encargado de la galería de tiro, un cabo primero con bastante poco seso y demasiadas atribuciones, nos hacía seguirlo (a los niños) como si fuéramos su ejercito particular. Nos llevaba al taller de coches. En la morsa de banco colocaba una bala para sujetarla. Con una segueta y un poco de paciencia, primero rebanaba la parte superior de la bala y luego le practicaba dos profundas hendiduras en forma de cruz. Pedagógico, nos explicaba para qué servía aquello que hacía. Aquel hijo de puta se fabricaba sus propias balas expansivas. 

A veces temo que si me hubiera quedado allí, si no hubiera salido del Destacamento, ahora sería un despojo de persona. Amante de las armas y capaz de sentir empatía con salvajes como el asesino de niños noruego. Pero luego recuerdo el escalofrío que sentí la primera vez que imaginé que la bala disparada atravesaba la cabeza de una persona y no una calabaza. Desde aquel día el ejercito del cabo primero perdió un miembro. 

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