viernes, 8 de julio de 2016

Se buscan borregos

Tiendo a imaginar que la mayoría de trabajos son mejores que el mío y están libres de preocupaciones. Pero es una impresión falsa porque incluso los limpiadores tienen que enfrentarse a clientes poco satisfechos o porculeros, que se divierten dejando sus huellas en el suelo mojado. 

Incluso el trabajo de escritor, aparentemente tan inocuo, sin el yugo de un presupuesto o los deseos incoherentes de los promotores; está atado a críticas, algunas furibundas y crueles, capaces de herir al novelista más galardonado. 

Sin embargo, uno de los trabajos que más difíciles y complicados me parecieron siempre, es el de profesor. Cuando era pequeña me cohibía tener que salir ante toda la clase para dar la lección; y los profesores tienen que hacerlo a diario. Pero ahora sé que ese es el menor de sus problemas. 

Esta mañana mi hombro ha servido de paño de lágrimas a mi amiga Magdalena. Hace un par de años la enviaron a un colegio del norte de Granada, una zona marginal. Estaba contenta, aunque le costó adaptarse. Le resultaba muy paradójico que, exceptuando algunos familiares desequilibrados, la mayoría de los padres de sus alumnos le demostraran un gran respeto, mayor que el de los padres de colegios selectivos.

A mediados del curso que acaba de concluir, la mandaron a un colegio concertado religioso. Estaba feliz, creía que empezaba a mejorar. Se equivocaba. El primer encontronazo fue porque en su aula había más alumnos de los permitidos por ley. Después de protestar y no recibir respuesta de la directora del colegio, mandó una carta al ministerio de educación. Desde ese momento estuvo fichada. En algunas charlas que les dio la directora al profesorado, subrepticiamente la llamó perezosa. No cesó de tener problemas. No muy grandes, a veces insignificantes, pero que acumulados hacían que se sintiera muy infeliz. El colmo fue cuando, después de dar una clase sobre la sexualidad, como estaba previsto en el temario, algunos padres enviaran cartas de protesta. Le dolió que la directora ni sus compañeros la apoyaran.

Se duele: Los alumnos les importas una mierda. Sólo buscan corderitos, borregos que hagan lo que ellos quieren para que no les den trabajo.

Quiso volver a su antiguo colegio, pero su plaza ya está ocupada. La han mandado a Baza. ¡Con lo friolera que soy!, se lamenta.


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