jueves, 7 de julio de 2016

Atrapada en la red

Mi cuñada es del tipo de personas que creen más en la homeopatía que en la medicina y más en el creacionismo que en la teoría de la evolución. Para ella tiene más prestigio los que escriben los horóscopos que los meteorólogos. Asegura que se confunden menos.

Ahora anda liada con el karma, con la interpretación, bastante libre, que ella da a ese concepto. Si llega al estudio y estoy escuchando, mientras trabajo, un documental sobre la Segunda Guerra Mundial o sobre asesinos en serie, me lo cambia por uno de esos vídeos interminables de música supuestamente relajante que me consiguen exasperar porque el sonido durante siete u ocho horas siempre es el mismo, un bucle de un puñado de notas. 

Si su teoría tuviera un ápice de realidad, el caserón que estoy haciendo ahora sería un nido de desgracias porque lo he dibujado con una serie de documentales sobre delitos en la red. Lo que más choca en esos documentales es el incomprensible extremo al que llegan los sentimientos de las personas que se conocen en la red. Sentimientos mucho más fuertes y profundos que los ligados a la vida real y a seres reales. Y casi siempre termina, como poco, en decepción. 

Por eso, cuando hoy hemos recibido la invitación a la boda de una de mis primas con su cibernovio -al que, por fortuna, sí conoce en la vida real-, mis hermanos, demás primos y yo hemos iniciado una porra: ¿cuánto durarán? Mi primo Carlos les echa un año, pero su apuesta venía acompañada de esta imagen:


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