martes, 5 de julio de 2016

Días de pereza y rosas

Poco a poco recupero el derecho a disfrutar de mi propio tiempo. El compañero de Guille se quedó en casa después del pequeño accidente de tráfico que tuvieron. Ha sido un enfermo leve comportándose muy bien como enfermo terminal. Hasta me había acostumbrado al constante "ay, ay, ay..." con el que acompañaba cualquier acción. Se movía por la casa con la lentitud de una tortuga haciendo la digestión. Y me requería para cualquier acción, incluso para beber un vaso de agua. Eso convertía cualquiera de mis trabajos en una tarea interminable. Ni siquiera pude salir a correr. Lo echaba tanto de menos que ayer, aunque salí a la hora de siempre, llegué con al luz del día a casa. Guille se siente culpable y carga con el trabajo de la casa que me corresponde a mí. Ya sospechaba mi enfado antes de que habláramos y apareció al volver de su último viaje, con un pequeño rosal plantado en una maceta. Sabe que lo efímero de las flores cortadas, me deprime.

Guille friega los platos y yo ganduleo delante del ordenador mientras escucho a Ravel, Pavana para una infanta difunta. Esa música me parece más sosegadora que triste. Muy agradable sin el soniquete del ay, ay, ay... del enfermo.

Debería tranquilizar a Guille, decirle que no es culpa suya que su compañero enfermo haya resultado ser un coñazo, pero es tan agradable ser atendida por alguien, para variar, que creo que retrasaré esa conversación hasta esta noche. 

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