martes, 12 de julio de 2016

La blanca y liviana nieve de julio

Ha nevado. Guille estaba convencido que mi comentario era consecuencia de un sueño o un deseo y no de la realidad. El termómetro de la farmacia de la esquina nunca baja de los 30º C, ni siquiera de noche, ni de madrugada, cuando la ausencia de sol refresca un poco el ambiente. Pero sí, había nevado. Una nieve de atrezo, tan falsa como los billetes de 7 €. Ahora que está de vacaciones Guille no madruga, pero para él las 8:00 es media mañana. Cuando se levantó, encontró toda la terraza llena de bolitas de poliestireno expandido. Creemos que un crío del edificio de enfrente, el que antes era un hotel, se ha dedicado horas y horas a desmenuzar los protecciones del embalaje de un electrodoméstico y la brisa que corría ayer del suroeste lo ha arrastrado hasta nuestra terraza. Un adulto no habría tenido tanta paciencia y un perro excavando para esconder su orina, habría despedazado el corcho blanco en lugar de separarlo con tanta minuciosidad. Las bolitas blancas ahora están en la panza de nuestra aspiradora. Guille intentó barrerlas, pero eran desobedientes y salían volando, sin parar en el recogedor. Soy menos civilizada que él. Yo las habría espantado como si fueran moscas molestas y dejado caer a la acera, provocando la sorpresa de los viandantes.

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