lunes, 4 de julio de 2016

El efecto magdalena

Los veranos de mi infancia empezaban con el olor a plástico recalentado de la tapicería del furgón que iba a buscarme al colegio para llevarme a casa y con el sabor de los extraños helados a los que me solía invitar el chófer, como un ritual, por mis buenas notas. Unos helados baratos, salidos de una cubitera de hielo, con colores exóticos -celeste, morado oscuro, negro...- y con nombres aún más extraños -navidad, acapulco, picahielos...-. Jamás supe en qué alimento o fruta tenían su origen, pero tampoco importaba porque a esa edad a un helado sólo se le pide que esté dulce y frío. 

Ahora mis veranos tienen su inicio, independientemente de la meteorología, el primer día que voy a la piscina. Mi hermano por fin ha tenido unos momentos para el lento ritual del llenado del vaso: vaciarlo, limpiar sus paredes, llenar los depósitos de la depuradora... y abrir los grifos.



Parecía una piscina pública porque mi sobrina ahora está atada a un séquito de amigas y admiradores.

Qué agradable fue intentar leer a la sombra de un árbol mientras el aire se llenaba con los aromas de la barbacoa: chuletas, salchichas, morcilla, hamburguesas... No avanzaba mucho en la lectura. Casi todos los libros de Stephen King tienen algunas páginas donde se le ha ido la pinza, y me tocaba tragarme en las que eso ocurría en El Retrato de Rose Madder. Dormitaba hasta que el golpe del voluminoso libro contra mi nariz me despertaba. 

Y por la tarde tocó salir a pasear, aún, a pesar de la ducha, con la piel que había estado expuesta al sol irradiando calor y la que había quedado cubierta por el bikini, saturada de humedad. Un paseo interminable que acabó de agotar la fuerzas que quedaban después del día de piscina. 

Ayer todo recordaba a la infancia.  

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