lunes, 25 de abril de 2016

Un rasguño en el presente

El día que fui al asilo regentado por monjas, llovía a mares, caía tal manta de agua que llegué completamente empapada a pesar del paraguas. Pero dentro la calefacción estaba puesta cinco o seis grados por encima de lo que se puede considerar confortable y de inmediato se me secaron los bajos de los pantalones y los zapatos. El ambiente era asfixiante, y al acercarse el mediodía, el aire se llenó del olor a comida de hospital, a comida industrial, imposible de identificar por su hedor. Estaba deseando huir del asilo, pero como si se tratara de un castigo divino, tuve que esperar porque la terminación de mi trabajo coincidió con el inicio de la media hora que la madre superiora dedicaba a rezar. Me pidieron que esperara en un galería acristalada por al que paseaban un montón de ancianas. Sólo mujeres. Si en el asilo hay hombres, supongo que estarán en una sección que yo no pisé. Las mujeres daban vueltas y vueltas a la galería. Ayudadas por personal del asilo o familiares, en grupos o solas. Si se cansaban, se sentaban en unos bancos de madera que había junto a las paredes. Una señora, a la que le faltaban pocos años para triplicarme la edad, me preguntó si sabía cuándo iba a volver su mamá a buscarla. 

Poco a poco las paseantes fueron desapareciendo de la galería e intensificándose el olor a comida. Antes de la una de la tarde, ya no quedaba nadie y a lo lejos se escuchaba el ruido de los cubiertos al chocar contra los platos. El olor era tan intenso que se había convertido en un sabor vomitivo en el fondo del paladar. Sólo un vidrio, ni siquiera doble, me separaba del aire fresco y lleno de aromas de lluvia, pero junto a la manilla de la ventana había una nota pegada que rogaba que no se abriera las ventanas para conservar el calor de la calefacción, y siempre he sido más obediente a los ruegos razonados que a las órdenes severas. 

La espera me pareció infinita, por la atmósfera agobiante y porque se aproximaba la hora en la que había quedado con un cliente. Pero, sobre todo, porque mi imaginación me estaba jugando una mala pasada. ¿Y si el presente que yo creía estar viviendo era un pasado muy remoto, como el de la señora que preguntaba por su madre? ¿Y si de repente me miraba las manos y estaban deformes, arrugadas y llenas de manchas oscuras? ¿Y si miraba mi reflejo en el vidrio de la ventana y me daba cuenta que mi rostro era mucho más viejo que el de mi abuela? Cuando una monja se me acercó sonriendo, por unos segundos temí que fuera a cogerme de la mano y preguntarme: Pero, Rebeca, ¿qué haces aquí? ¿Otra vez imaginando que sólo viniste a trabajar? Venga, vamos, que todas tus compañeras ya están comiendo. Al igual que hizo una de las cuidadoras con la mujer que preguntaba por su madre. Pero sólo era la directora, que ya tenía tiempo para mí.

Cuando pude escapar del asilo, exhalé tal suspiro que mis pulmones se quedaron completamente sin aire.

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