martes, 12 de abril de 2016

El placer de la nada

Estos días me he dado cuenta que me gustan mucho los árboles de hoja caduca porque proporciona a la ciudad dos paisajes muy diferentes: uno desnudo, muy limpio, de líneas puras y otro con el color verde brillante rompiendo la monotonía de los colores desvaídos por el polvo de la contaminación en los edificios. También me he dado cuenta que me gustan las sombras alargadas del atardecer, pero no sé por qué razón. 

He tenido mucho tiempo para observar por la ventana. Llevo unos días con un fuerte resfriado, o tal vez sea gripe. Si acerco la frente al frescor del vidrio de la ventana, se forma una nube de vaho en le punto de contacto, y me duelen las articulaciones, como si fuera una anciana con reuma. 

Desde el domingo hasta hoy que se ha vuelto a marchar Guille, no he tenido que ocuparme de nada. Sólo de mirar al exterior y ver pasar a los extraños y el tiempo. Ha sido agradable este descanso forzoso, permitido por no tener que entregar ningún trabajo de forma inmediata. Los trabajos inminentes levitan en una nube de indecisión por culpa de la falta de gobierno. 

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