lunes, 15 de agosto de 2011

La Isla del Tesoro

He estado un par de días fuera, cuidando a mi madre que tiene un herpes Zóster (comúnmente, culebrilla). Ella vive en un pueblo de Málaga: Villanueva del Rosario; en una casa bastante hortera de dos plantas y, por lo general, en compañía de mi tía Ana. Pero mi tía Ana es muy aprensiva y en cuanto escuchó que era contagioso (por contacto y si no se conserva un mínimo de higiene -lavarse las manos-), salió por patas, dejándola sola. 
La casa de mi madre es como un museo de historia contemporánea. Como mis hermanos y yo nos movemos mucho, todo aquello que no queremos perder en los traslados, lo vamos dejando en cajas en los cuartos que ella nos conserva en su casa (por si nos encontramos en algún momento en alguna dificultad o enfermamos, dice). 

Como la medicación que toma para el dolor la deja en estado de duermevela, me aburrí bastante; hasta que se me ocurrió hacer un investigación superficial en mi habitación, en la que no he dormido ni media docena de veces. Entre alguna ropa metida en fundas, como mi vestido de comunión, había una caja con la etiqueta de "Recuerdos" (mi madre etiqueta todo; el regalo por su último cumpleaños de uno de mis hermanos, fue una máquina para poner etiquetas). 

Si alguien la abriera sin saber de qué se trata, imaginaría que es una caja de pruebas de un asesinato. Hay ropa interior, un casquillo de bala, diversos restos orgánicos (puag, qué asco) y cinco mechones de pelo estropajosos. Los mechones de pelo son de mis hermanos, mi padre y mío. El casquillo de bala corresponde a la primera bala que mi padre disparó. La ropa interior, sólo he preguntado por la mía: mi primera menstruación (creía que la había guardado yo, pero ella me lo ha desmentido: la lavó y guardó de inmediato. Por aquel entonces me compraban la ropa interior mis hermanos. Si veían que algo era correcto, me compraban cuatro o cinco prendas del mismo modelo, talla y casi siempre, color. Una bolsa llena de diversos objetos: canica, ojo muñeca, cuenta roja de collar, soldadito de plástico, algunas monedas antiguas, un pimiento de juguete (todo eso estuvo en algún momento en el interior de nuestros cuerpos -el de mis hermanos o el mío- ellos tendían más a tragar, yo o meter en las fosas nasales). Los restos orgánicos: un trozo de avellana con el que mi hermano más pequeño se atragantó y estuvo a punto de morir, una esquirla del húmero de mi hermano mayor cuando tuvo un accidente con la bicicleta y cuatro dientes de leche (los primeros que se nos cayó a cada uno de mis hermanos y a mí). Menos mal que se enteró de mi operación de apendicitis cuando ya estaba dada de alta: capaz hubiera sido de requerir el apéndice putrefacto para guardarlo como una reliquia. 

Lo extraño es que mi madre haya podido guardar esa caja hasta hoy. No porque algunos recuerdos le deben ser muy dolorosos si no por la cantidad de mudanzas que hicimos cuando vivíamos todos juntos. A veces ni siquiera teníamos muebles, otras éramos incapaces de recordar el nombre de nuestra calle. Todo un milagro que no se haya perdido con la cantidad de mudanzas que hicimos. 

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