miércoles, 15 de abril de 2015

¿Tiempo de silencio?

Es raro cómo actúa el miedo: a veces es capaz de paralizar la respiración y el tiempo. El día que vi empapada de sangre la ropa de mi hermano mayor -una camiseta blanca con el logotipo de Yamaha y unos pantalones grises militares (el miedo también cincela los recuerdos en la memoria)-, aunque lo normal habría sido imaginar y temer un mundo sin su presencia, durante unos minutos por mis neuronas no discurrió ningún pensamiento, completo vacío, ni por mis pulmones, aire. Tuvieron que zarandearme para que reaccionaria. 

Por fortuna la sangre no pertenecía a mi hermano. Hizo compañía a una mujer accidentada mientras llegaban los bomberos con cuerdas y equipo de escalada para rescatarla. Su coche se había salido en una de las curvas de la carretera que llevan a Tocón, cayendo por un barranco no muy profundo. Para toda la sangre que cubría las ropas de mi hermano, la mujer salió bastante bien parada: la nariz rota y una costilla fisurada. 

Que nos encontremos en la misma situación que esa mujer, es algo probable. Podemos tener mucha seguridad conduciendo, pero no tenemos pleno dominio del medio que nos rodea (animales en la carretera, grava suelta, anormales que conducen en sentido contrario...). Sino conducimos, pero viajamos en avión, existe la posibilidad de un accidente en cualquier cordillera. Si somos completamente sedentarios y sólo nos sentimos seguros dentro de los reducidos límites de nuestras casas, un terremoto o explosión de gas puede derribarla. En cualquier momento podemos encontrarnos ante la necesidad de ser rescatados. Y quienes lo hacen, quienes arriesgan sus propias vidas para salvar las nuestras o recuperar nuestros restos, quienes rectan por cavidades imposibles, o bajan paredes de piedra completamente verticales; no adquieren su experiencia en gimnasios con montañas artificiales y apoyaderos de fibra de vidrio. Recurren a los caprichos de la naturaleza.

Por supuesto, no todos los espeleólogos se dedican al rescate de forma profesional, pero la mayoría de ellos no dudan en prestar su ayuda cuando es necesaria. El gobierno actual de España se lo agradece lavándose las manos en la chapuza que hicieron los marroquíes en el rescate de los tres espeleólogos andaluces.




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