miércoles, 8 de abril de 2015

Los amantes

Tardé mucho en aprender a leer. Lo hice cuando mi familia ya había perdido la esperanza y comenzaban a quitarme de la cabeza la idea de querer ser arquitecta. Puede que en mí, el deseo de leer, de conocer historias reales o ficticias, sea algo genético porque, aunque no era capaz de enlazar una sílaba con otra, robaba a mi hermano mayor sus cómics, que me estaban vetados, y me tiraba horas y horas con ellos, aunque los dibujos sólo me permitieran intuir las historias que contaban. Luego aprendí a leer y no volví a los cómics hasta mucho tiempo después. Pero, ¿dónde estaban las historias que me habían divertido tanto? Las reales, las que detallaban la palabra escrita, me parecían menos interesantes que las había creído dilucidar por las imágenes. Echaba en falta el romance entre dos samuráis o la repoblación de la Tierra desde las pústulas de un científico loco que produjo la exterminación de la raza humana. Aquella experiencia de mirar sin conocer realmente lo que veía, tiene su reminiscencia en el placer que siento al contemplar las muchas fotografías con las que Internet nos satura.

Foto robada a El Ideal

Puede que la ausencia de Guille sea, en parte, culpable del erotismo que encuentro en la fotografía de arriba. Dos hombres jóvenes, probablemente compañeros de trabajo, tal vez los conductores del camión sobre el que duermen, abrazados a sí mismo, como si la luz diurna los retrajera del contacto directo al otro; pero las piernas, desobedientes, se enredan y enlazan y los pies buscan la caricia de la piel desnuda. Un trabajador descarga sacos de verdura mientras dos hombres duermen en la parte superior del camión, dice el pie de página de la fotografía, aclarando mucho menos de lo que vemos, pero, ¿no estropearía la verdad todo cuanto podemos imaginar? 

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