sábado, 11 de abril de 2015

Sobre héroes y tumbas

Las manos de Ignacio son grandes, enormes, de palmas ásperas y poseen una fuerza propia de superhéroes. Suele tener un gesto protector, casi reflejo: si caminas muy cerca de la calzada, te pone la mano en la espalda -la ocupa toda, desde la nuca a las lumbares- y arrastra para obligarte a caminar pegada a la fachada de los edificios, lejos del tráfico. Dan ganas de pedirle que no aparte la mano. El contacto nada tiene de sensual, pero agrada la sensación de seguridad que transmite. Durante unos segundos estás convencida que nada malo puede ocurrirte. Son manos de montañero experimentado. 

Hoy vino al mediodía porque necesitaba que le ayudara a diseñar las piezas de una barbacoa que está construyendo. Me sustituyó en la cocina, y yo me puse ante el ordenador. Le gusta hablar. Hace cinco años, en verano, estuvieron en El Atlas. Una expedición de siete personas, un paseo tranquilo, sólo senderismo, en algunos tramos necesitarían utilizar cuerdas, pero los menos. Diez días que se truncaron cuando llevaban siete caminando. Ignacio comenzó a tener diarrea y vómitos por culpa de agua contaminada que había bebido. Al resto, por fortuna, no le afectó. Pocas horas sobraron para que estuviera tan deshidratado que fuera incapaz de dar un paso. Tuvo suerte. Unos lugareños lo llevaron con un burro a su poblado -unas casitas de piedra y adobe que se mimetizaba con la montaña-. Lo estabilizaron durante tres días obligándolo a comer arroz hervido e infusiones. En cuanto pudo subirse al burro sin caerse, lo llevaron hasta una carretera de tierra donde esperaron más de medio día a que pasara una camioneta que hacía la función de autobús. La familia que lo ayudó no quiso aceptar dinero, sólo algunas prendas de abrigo y un par de cacharros de cocina. 

No era la primera vez que Ignacio me contaba esta historia. Aunque antes lo hacía como si se tratara de un pequeño incidente y ahora como si le hubieran salvado la vida. Da la sensación que siente remordimientos por no haber agradecido lo suficiente a la familia que lo ayudó.


Un recuerdo para los espeleólogos y montañeros, los vivos y los muertos. La afición de unos pocos, salva la vida de muchos (¿quién nos rescatará si nuestro coche cae al fondo de un barranco o nuestro avión se estrella contra la ladera de una montaña?



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