miércoles, 12 de junio de 2013

Prohibido prohibir... primera parte

Guille y yo tenemos muchas cosas en común y otras tantas propias de cada uno. Somos dos individuos independientes que debemos ceder un poquito cada uno para ser una pareja. Él cede en mis gustos extravagantes de música -a cuyos conciertos me ha acompañado más de una vez- y que tengo puesta constantemente y mis horarios, completamente diferentes a los suyos (ya está acostumbrado a despertarse y que yo no esté a su lado). Yo cedo con su instinto paternal que impone prohibiciones con el único fin de protegerme. 

Prohibido colocar fotos en Internet. Ésta no es muy racional. Si el viento te levanta la falda,  no hay que preguntarse cuántos sabrán de qué color llevo hoy el tanga, si no, desde cuántos ángulos me habrán grabado y subido a Youtube? Ya no somos dueños de nuestra imagen. Tampoco me deja colgar fotos suyas, y es una pena, porque me muero por colocar una de los hoyuelos que tiene al final de la espalda. Fue lo primero que vi de su anatomía. Gateaba sobre enormes planos extendidos en el suelo del despacho que compartíamos y la camisa se le había salido del pantalón. Suelo esquivar la esperpética visión de las huchas.  Pero en Guille era diferente. No correspondía al inicio apretujado por la ropa de un culo peludo. Daban ganas de acariciar las concavidades de sus hoyuelos y conocer la suavidad de su piel atezada, seguir con el dedo la línea de carne más blanca que no había tocado el sol... Era muy difícil concentrarse cuando él andaba (gateaba) por el despacho.

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