jueves, 27 de octubre de 2011

Cuentos infantiles

Esta madrugada llovió torrencialmente y desde entonces no ha dejado de caer agua, aunque ahora lo hace de manera más apacible. En tardes como esta apetece, a partes iguales, permanecer en la casa ante un buen libro, o enfundarse en un chubasquero y salir a pasear, sentir el repiqueteo de la lluvia sobre la capucha que casi nos aísla del exterior.

En estas tardes, durante mi infancia, era cuando mis hermanos cebaban mis pesadillas sin saberlo. Inventaban cuentos para mí, aunque yo pensaban que eran verdad porque siempre cogían un elemento de la realidad. Eran capaces de detallar cómo el viento había arrancado de cuajo un árbol gigantesco y gemelo al que había delante de la puerta de mi casa, matando a la familia que dormía dentro. De los cuatro hijos, sólo había quedado viva la niña pequeña porque tenía la costumbre de dormir bajo la cama. También contaban cómo un soldado loco, con un cinturón de granadas, había convertido el lugar en una carnicería: carne picada a granel, la que ni siquiera podían despegar de las paredes porque las paredes también habían volado. Y mi preferida, la historia de los zombis, que en la supuesta realidad, eran enfermos de rabia, transmitida por los murciélagos que había en la cueva del cerro, donde se guardaban las armas caducadas a la espera de su destrucción. Cinco soldados enfermos habían enloquecido y atacaban a todo el que se le pusiera por delante. Estaban tan sedientos que atacan al primero que se le pusiera por delante para beberles las sangre después de morderles el cuello. Todas las historias tenían una atadura con la realidad: el socavón delante de la casa contigua, el pavimento de la antigua cantina perdido entre los árboles jóvenes que había cerca de mi casa, e incluso la historia de los zombis: un soldado había contagia a otro de hepatitis, el soldado contagiado, mordió al farmacéutico; lo culpaba de haber protegido en exceso al soldado enfermo originalmente. 

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