domingo, 9 de octubre de 2011

Concentración aciaga

Hay días en los que las malas noticias se suceden una tras otra sin tregua. Hoy ha sido uno de esos días. Al principio sólo fueron pequeños contratiempos, como que se rompiera mi camiseta favorita cuando me la iba a poner o que los encargados del chino se equivocaran de pedido y al final tuviera que comer casi a las cuatro de la tarde. Luego fue mucho peor: que uno de mis escritores favoritos me decepcionara o que me enterase que una de las chicas que cuidé durante mi etapa de voluntaria en oncología, falleció hace dos semanas, a los 28 años de edad, cuando, supuestamente, estaba por completo curada del cáncer. Algunos días no merecen la pena levantarse. Sin embargo, la sensación de hoy sólo es agridulce: soy consciente de que cada día de vida, de "relativa" normalidad, es un regalo de los que muchas otras personas no pueden disfrutar (los padres de esa chica, por ejemplo, a pesar de haber pasado dos semanas, o expresamente por haber pasado el atolondramiento del duelo, estarán sufriendo lo inimaginable en este momento). Yo sólo tengo que sentarme y recordar con cariño a Cecilia (jugábamos a pasar de contrabando pasteles -le hacían pensar que los tenía prohibidos para que no se alimentara exclusivamente de dulces-), o esperar que mi escritor favorito vuelva a escribir un artículo o un cuento para que me reconcilie con él (tengo memoria de pez). 

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