domingo, 17 de enero de 2016

Tal como éramos

Hay un chiste antiguo que me hace gracia. ¿Quién es ese hombre de casulla y báculo blancos que habla con Manolo? Yo siempre cambiaba el nombre de Manolo por el de mi hermano mediano porque a veces parece ser más conocido que el propio papa. Si le acompaño a alguna carrera de motos, los saludos son constantes. Tiene la suficiente memoria para recordar nombres de esposas e hijos y la capacidad para identificar en los rostros de los adultos, los que tuvieron de niños. Yo no, yo soy una completa negada para las relaciones sociales. Hace tiempo que dejé de preguntar por los padres de mis amigos de la infancia porque en más de una ocasión he recibido como respuesta: Falleció

Hoy han venido a comer mi sobrina, cuñada y hermano. Supongo que impelidos por Guille. Es divertido comer con ellos. Mi cuñada es capaz de convertir cualquier nimiedad en un hecho increíble digno de ser contado y mi sobrina nos pone al día de las tragedias de cada una de sus amigas. Desde el divorcio traumático de los padres de una de sus compañeras de clase al enamoramiento de otra de sus amigas del hijo del novio de su madre. 

Pero hoy no hubo conversación de ese tipo. A la par de la llegada de mi familia, lo hizo el técnico de Internet. Esta mañana había resucitado la avería de ayer y mandaron un operario. Apenas se vieron él y mi hermano, empezaron a palmotearse las espaldas. Por un momento temí que se estuvieran peleando. Mi hermano es muy pacífico, pero supongo que sería capaz de comportarse como un verraco si alguien se mete con alguna de sus mujeres. No era este el caso. El técnico había compartido parte de la infancia con nosotros en Tablada. Allí sólo estuvimos ocho meses, pero el tiempo en los primeros años de vida se dilata hasta la eternidad y los que hoy sólo serían conocidos, vecinos efímeros, son capaces de permanecer en nuestro recuerdo hasta la noche de los tiempos. 

Al final se quedó a comer. Fue muy divertido para mi sobrina escuchar relatos de cuando su padre era adolescente. Al técnico pude identificarlo en cuanto dijo su apellido, porque en las bases y pabellones militares, todos nos conocíamos por los apellidos: los López, los Trujillo, los Magdaleno, los Furnieles... menos mi madre, que para todos era La Viuda, como si no existiera otra. A mí el técnico apenas me recordaba. Creía que la niña que aparecía de tarde en tarde en compañía de mis hermanos, era algún familiar lejano. 

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