viernes, 8 de enero de 2016

Los maestros del no

Entre tantas religiones existentes, seguro que hay una que imponga honrar a tu suegro y tu suegra. Yo satisfago ese mandato, pero es muy fácil adorar a mis suegros. Sobre todo a ella, que tiene toda la dulzura que le falta a su marido. 

Todas las personas tenemos, al menos, un defecto, aunque sea no tener ninguno. El de mi suegra es ser fan de Nicholas Sparks y sentir la necesidad de compartir ese placer (conmigo). Suele regalarme todos los libros de este escritor que lee y  yo la satisfago tragándomelos, para tener un tema más de conversación con ella.

Uno de mis profesores de la facultad invitó a un grupo reducido de alumnos, escogidos entre los más brillantes, y a mí (le hacía los dibujos en Autocad para sus apuntes) a visitar la casa que había diseñado y construido en el Zaidín. De su diseño recuerdo poco. El contraste de la pintura grana con las casitas de su alrededor (creo que ahora está pintada de color blanco -algunos errores son fáciles de rectificar-). También recuerdo el tragaluz que había proyectado a la altura del suelo en un largo pasillo en L. El pasillo desembocaba en un patio con pretensiones fallidas de vergel. Hacia la mitad del interminable tubo, tres escalones colaboraban al sustento de los traumatólogos. La luz que penetraba por la ventana a nivel de la rasante, incidía perpendicularmente sobre las tabicas de los escalones, sin proyectar sombras, y los hacía prácticamente invisibles a la vista de los visitantes. Explicación -condensada- de la ventana a nivel del suelo: proporcionar luz natural al pasillo sin permitir las vistas, para que fuera una sorpresa mayor la visión del patio. Ese día aprendí mucho de mi profesor: a no inventarme bonitas explicaciones para imponer un capricho que iba a empeorar la comodidad de los habitantes de la vivienda que proyectara.

Creo que Nicholas Sparks es tan útil para los escritores novatos como lo fue mi profesor de proyectos para mí. Lo único bueno que puedo decir de la última novela que he leído de él, Fantasmas del Pasado, es que resulta fácil leerla como si fuera una partida de la oca: de oca a oca y tiro porque me toca. De la página 120 se podía pasar a la 130 sin perder el hilo del argumento. Si en la página 120 el personaje masculino acababa de bajarse del coche para entrar en la biblioteca, en la página 130 empezaba a hablar con la bibliotecaria porque el escritor cree necesario relatar cada uno de los pasos de los personajes. Recuerda bastante a las películas relatadas con una voz en off para los invidentes. Tampoco se le da bien perfilar a los personajes. El masculino de esta novela parece un ligón de playa y el femenino, una mojigata. Sería bueno que los profesores de escritura creativa aconsejaran a sus alumnos que leyeran a Nicholas Sparks para saber exactamente lo que no se debe hacer al escribir (consejo de lectora empedernida).


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