domingo, 31 de enero de 2016

El último matarife

Contaba mi tía Lola, hermana de mi padre, que a mi abuela le dejaron de gustar los toros el día que en su casa entró un televisor a color y la sangre de gris, pasó a ser roja. Ahora en la mente de mi tita, si está este recuerdo, se halla perdido en algún recóndito recoveco. Tal vez sea una suerte. Así no se da cuenta que sus hijos no van a verla; justificadamente, a mi entender: siempre quiso más a los hijos ajenos que a los propios. La extraña aversión de mi tita por la carne de su carne, es una de las cosas para las que mi mente no encuentra explicación; el toreo, es otra. 

- Es falso que los toros no sufren en la plaza. Quien lo niegue, es que no quiere ver las evidencias.
- Es falso que si se acaba el toreo el toro de lidia desaparecerá. El estado protege a las especies en peligro de extinción. 
- No es coherente la típica frase de los taurinos: si no les gusta, que no lo vean. Eso es algo que los antitaurinos ya hacen. Pero aquí, de lo que se trata, es de defender los derechos de los animales (y, aunque parezca extraño y no se quiera reconocer, también la dignidad de las personas).
- No es comprensible que una persona, para ganarse la vida, se la tenga que jugar en todo momento. En cualquier trabajo, ante un peligro, se intenta poner una protección y evitarlo. 
- Si a los taurinos lo que realmente les gusta son los pases y el acercamiento del torero al toro, ¿por qué no se quedan sólo con eso y evitan herir y matar al toro? 
- Decir que es una tradición no es excusa. Tradiciones igualmente salvajes, como la caza del zorro en Gran Bretaña, ya han sido prohibidas. 

Esto no es un ataque a la lidia. Sólo es una respuesta real y sosegada a las excusas que ponen los taurinos para explicar su placer por ver matar a un animal. Tampoco es un ataque a los toros el llamar insensato y cafre a Francisco Rivera por torear con su hija de cinco meses en brazos. La reacción habría sido la misma si en lugar de un torero, hubiera sido un arquitectos quien, bebe en ristre, se hubiera puesto a recorrer una obra a medio construir, subiendo y bajando escaleras de mano o colocándose bajo el barrido de una grúa con carga. 

¡Qué fácil ponen los toreros que se sienta antipatía por ellos! ¡Qué falta de cordura! ¡Qué absurda necesidad de defender lo indefendible!

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