sábado, 26 de septiembre de 2015

La amante (Historieta) - 4ª Parte

Toni no hizo así el amor a Leutfrida. Al día siguiente al de la lectura, tan temprano que aún no había en el cielo más luces que las de las estrellas y un gajo de luna, la ventana del dormitorio de la joven giró como si la hubiera empujado el viento. El ruido de las bisagras, oxidadas por el relente marino, no terminaron de sacarla del sueño profundo, sólo la llevó a un estado de semiinconsciencia. Por la mañana, cuando su tía la llamó para que se vistiera y fuera al pueblo a comprar, fue incapaz de precisar si realmente Alicia le había informado de su marcha y pedido que siguiera visitando a Toni por las tardes. Pensó que lo más probable era que todo se tratara de un sueño, maquinado por sus deseos: desde que le había visto hacer el amor a Alicia, sólo Toni ocupaba su pensamiento. 

La casa estaba muy vacía sin Alicia. Parecía apagada y triste, como si tuviera alma capaz de sentir añoranza por las personas ausentes. A la anciana siempre le gustaba descorrer las cortinas del salón y permitir que la luz entrara a raudales. Pasada la media tarde, las ondulaciones de la lámina de agua de la piscina se reflejaban en el techo. Era relajante contemplarlo. Pero ese día todas las luces que iluminaban la casa eran artificiales. Por supuesto, las mayores evidencias de lo dañina que resultaba la ausencia de Alicia, estaban en Toni: su aliento apestaba por el ayuno, no se había afeitado y sólo vestía un albornoz mal anudado que era como una invitación a acariciarle el torso. Leutfrida le pasó los dedos empapados por el sudor del nerviosismo por los abdominales, mientras decenas de pares de ojos de una Alicia con mil edades, los observaban. El hombre permitió que la joven satisficiera su curiosidad, que le hundiera los dedos en el vello púbico y le acariciara el pene como si se tratara del lomo de un cachorro. El albornoz quedó en el suelo del vestíbulo. Apresuramente, con urgencia, con la misma pasión con la que un ateo escucha misa, mantuvieron relaciones sexuales sobre la mesa de la cocina, que era de aluminio y recordaba con una fría perfección a las camillas de los forenses.

Los tres días siguientes ocurrió lo mismo, con pequeñas variantes en las que no estaba la ternura de Toni ni la satisfacción sexual de la joven. Sólo eran dos extraños consumando un acto de apareamiento. Al cuarto día, doña Angustias se enteró de la ausencia de Alicia y prohibió a su sobrina pisar la casa. Así, al menos eso creyó Leutfrida, fue menos dolorosa la partida, porque estaba convencida que poco a poco habría conseguido hacer olvidar a su mujer a Toni.

A él no volvió a verlo más que por la televisión o los periódicos. A Alicia, sí, en su casa, cuando ya había estallado la tormenta y ella se había convertido en una paria. En aquella ocasión se intercambiaron miradas, pero no palabras. A los pocos días de su visita, Leutfrida y su madre se marcharon a París. Nadie le pidió su opinión, aunque no le pareció mal porque su madre, que había derramado mares de lágrimas por la desgracia, ahora parecía feliz. El único cometido de la joven durante infinitos meses fue inflarse como un globo y luego dejar que le arrancaran parte de las entrañas con un dolor tan fuerte que le hizo desear la muerte.

Lo llamaron Miguel. La anciana murió cuando el niño era ya un adolescente, y se aferraba al brazo del padre, escondiendo el rostro en su pecho, para ocultar las lágrimas de dolor por la muerte de la única mujer que había considerado su madre. Alicia, que siempre fue tan clarividente y calculadora -Leutfrida estaba convencida que hasta dedujo sus días fértiles para fingir su huida y permitir a Toni ser padre-, se equivocó al asegurar que en un año sería olvidada. Toni, hasta el día prematuro de su muerte, siempre fue considerado como el desconsolado viudo de la escritora famosa.

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Me temo que Los Papeles de Aspern tienen la cualidad de incitar a teclear.

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