sábado, 26 de septiembre de 2015

La amante (Historieta) - 1º Parte

Durante días corrió el rumor que el objeto más preciado de la colección vanguardista de la señora mayor que ocupaba la casa grande de la playa, era su marido. La mansión se interponía entre el mar y media docena de casitas de pescadores, pero nadie se quejó cuando empezaron a elevarla por encima del horizonte porque para la mayoría era perder de vista el lugar donde había muerto el novio, el marido, el padre o un hermano. A Leutfrida sí le hubiera gustado poder contemplar desde la ventana enrejada de su dormitorio el vaivén de las olas o los titilantes reflejos dorados del atardecer en la superficie del agua, en lugar del paredón de losetas blancas, porque para ella el mar era una novedad del que permanecía apartada diez meses y medio al año. Sus padres la mandaban todos los veranos con su tía Angustias por haber sacado malas notas, mientras ellos se iban a un hotel de San Sebastián, aunque Leutfrida estaba convencida que sus padres la mandarían igualmente con su tía si sacara todo sobresalientes, como recompensa, o si sólo aprobara por los pelos, para que recapacitara; porque, más que vivirlo, lo que realmente producía placer a la madre de la joven era alardear delante de sus amigas, con montones y montones de fotografías, de la habitación de lujo en la que se habían hospedado y en los restaurantes de cinco tenedores en los que habían comido. Vivir por encima de las posibilidades de lo que se gana siempre tiene un precio, que en su familia, solía pagar Leutfrida. 

La mayoría de los cotilleos en los que se vieron enredados los habitantes de la casa grande, fueron engendrados por la joven. La muerte de un cuñado había vestido a su tía de pies a cabeza de negro y cubierto con una funda de croché la televisión. La única diversión de Leutfrida era mirar por la ventana mientras fingía estudiar; pero a aquel extremo tan apartado del pueblo sólo llegaba algún gato canijo y desnutrido en busca de los restos de comida que se pudrían en los cubos de basura. El día que un enorme camión de mudanzas mermó la luz que entraba del exterior en su dormitorio, no lo escuchó llegar porque el aburrimiento la sumía a intervalos irregulares en un profundo sopor; habría salido corriendo a interrogar a los extraños si no hubiera temido hacer enfadar a su tía, quien prefería permanecer apartada de todos aquellos que no fueran familia directa. Era como una isla dentro de una isla. 

La ira encendió las mejillas de Leutfrida al darse cuenta que su madre le había sacado de la maleta, sin que ella lo advirtiera, los zapatos de tacón de fiesta por pensar que no los necesitaría. Le hubiera gustado ponérselos para ir a misa el primer domingo después de la llegada de sus nuevos vecinos. Había vislumbrado al hombre en un par ocasiones, una visión fugaz que no le servía para identificarlo entre media docena de desconocidos; pero tenía la convicción de que estaba enamorada de él. Lo vio cuando llegaron de madrugada. Sombras alargadas a contraluz de los faros del coche. Se apeó, se dirigió a la puerta del copiloto y cogió a una persona en brazos para llevarla al interior de la casa sin soltarla. En un principio pensó que se trataba de una niña pequeña, luego supo que sólo podría haber sido la anciana, porque nadie más vivía con ellos. La segunda vez que lo vio, la mujer también estaba presente. Había recorrido unos cien metros por la Cuesta de los Siete Ahogados, cuando el hombre salió tras ella para ponerle una pamela y darle un beso. Como el ala del sombrero los tapaba, Leutfrida lo supuso casto y en la mejilla. Aún dudaba si la anciana era su madre o su abuela, parentesco más acorde con la edad que los separaba. De la auténtica relación que los unía se enteró transcurrida una semana de la llegada de los extraños. Después de mucho rogarle, doña Angustias por fin aceptó que les llevara, como regalo de bienvenida entre vecinos, un enorme salmón que igualmente les había sido regalado a ellas por un amigo del marido-tío difunto. La mujer no protestó al ver poner a su sobrina el enorme pez en la panera grande -la que sólo sacaba si tenía invitados- y adornarlo con albahaca, a falta de perejil, antes de salir corriendo hacia el otro lado de la calle. Albergaba la esperanza de que el olfato de sus vecinos fuera tan basto como el de la niña y que un cólico los mantuvieran atados al retrete al menos durante un mes para evitar que los viera acudir a abrir la puerta en bañador, medio en cueros. Vaticinaba que nada bueno saldría de aquellas personas tan desvergonzadas y diferentes a las del pueblos, quienes, para disgusto de la niña, ni siquiera se dignaban a pasarse los domingos por la iglesia. Doña Angustias no supo adivinar que su aceptación a que la joven visitara a sus vecinos fue el origen de ríos de lágrimas.

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