sábado, 26 de septiembre de 2015

La Amante (Historieta) - 2ª parte

Era perfecto. Mientras Leutfrida llora con la almohada pegada a la cara para impedir ser escuchada, y su tía teme que sus vecinos hayan sido desconsiderados con la niña, no puede dejar de pensar en la perfección de las facciones del hombre; y el recuerdo de sus dientes tan perfectos que parecían postizos, iluminando una sonrisa perfecta, avivaba su llanto. Cinco minutos de explicación dilatados en media hora. En el vestíbulo, como si quisieran que todos los extraños conocieran a los habitantes de la casa antes de dejarlos entrar en sus profundidades, había una pared llena de fotografías enmarcadas, como un enorme álbum. La mayoría eran de la anciana. Fotografías en blanco y negro de una mujer joven y sin mucho atractivo, interponiéndose ante lugares que Leutfrida sólo había visto en sus libros de geografía o en la televisión. La mujer en París, en Londres, la Isla de Pascua, Egipcio... o la mujer montando a caballo, conduciendo un descapotable, en un barco... La edad la había tratado muy bien. Cuando la mayoría de las mujeres comienzan a marchitarse, ella parecía haber empezado a florecer. La alegría que constantemente se reflejaba en su rostro y su fragilidad, le proporcionaban una belleza que agradaba contemplar. Al menos, eso pensó la niña durante los escasos segundos que tardó en descubrir las fotografías de la boda. Tres. La pareja ante un altar, bailando en una carpa, rodeada de amigos y familiares, todos elegantes y sonrientes, como si no fueran capaces de ver el despropósito de esa unión tan desigual por la edad.

Doña Angustias se sentía vieja, cree que está ya un poco de vuelta de todo, sin que existiera bajo el sol nada que pueda asombrarla; pero cuando supo la relación entre el joven y la mujer, no pudo evitar persignarse tres veces seguidas. Pensaba que a determinadas edades ya no existen picores ahí abajo que deban ser rascados (un simple eufemismo de que a determinadas edades ya no debe sentirse deseos sexuales). El firme propósito de no volver a dejar que su sobrina los visitara, le duró hasta la mañana siguiente. El joven se presentó recién duchado -cuando aún faltaban cuatro días para el domingo-, con el pelo empapado y oliendo a colonia. Traía de vuelta la panera, limpia, sin el hedor a pescado podrido. Su presencia dentro de la sala de estar, por su altura, menguaba la habitación. Alabó los tapetes bordados que cubrían los brazos del sofá y lo acogedora que parecía la estancia. Para consolar a su sobrina, doña Angustia le contó que hay matrimonios que sólo lo son sobre el papel. Al cerrarse la puerta de la calle tras el joven -Toni, según se presentó- con el permiso para que la niña pudiera visitarlos un rato todas las tardes; la mujer estaba convencida que el matrimonio entre el joven y la anciana era uno de ellos y que ningún peligro corría la pureza de cualquier niña al lado del palomo cojo que acababa de abandonar su casa.

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