viernes, 4 de enero de 2013

El primer milagro de Rosarito

La falta de sangre en las venas de la abuela de Rosarito, la suplía muy bien la bilis, cuyo único efecto secundario era la amargura perenne en el humor de la mujer. Doña Angustias mostraba su rictus de muerta prematura incluso en los momentos que se le suponía debía sentir felicidad. Estaba rodeada por sus cuatro nietos y sus labios se retiraban mostrando una retahíla perfecta de dientes desiguales: los que habían sido sustituidos por piezas de oro y los originales sombreados, ennegrecidos o renegridos por culpa del café solo que tomaba a todas horas. Lo que pretendía ser una sonrisa, recordaba bastante a la mueca de amenaza de un bulldog al que se le ha pisado el rabo. Era comprensible que a los gemelos les diera miedo. Si no fuera por ellos, Rosarito no aceptaría pasar aquellas dos semanas en el cortijo, periodo que la niña tomaba como su época de ceba. Mal alimentados durante el resto del año, al llegar la Navidad y ser requeridos por la abuelita, al cruzar las puertas de pino viejo que separaban la parte de servidumbre de la parte noble del enorme edificio, entraban en un mundo de abundancia. Allí las bomboneras no eran meros objetos de adorno; escondían: sultanas de coco, alfajores de almendra, dulces de sidra, yemas de santa teresa, roscos de vino o anís, mantecados de aceite... y la única cortapisa para no atiborrarse era el temor a un dolor de tripa, porque nadie les regañaba si comían hasta estar rellenos como los pavos que servían en la cena de Noche Buena.

Una sola virtud tenía doña Angustias: sabía querer, aunque con un cariño tan limitado que se le iba casi todo en Gusti, la hija de su hija y apenas quedaba un ápice para  repartir entre sus otros tres nietos, los hijos de su hijo difunto. En cualquier acto de la mujer que estuvieran involucrados los cuatro niños, se hacía patente la desproporción del cariño, incluidos los regalos de los Reyes Magos. Uno de sus mayores placeres, era levantarse temprano y ver aparecer en el comedor a sus nietos; a Gusti tan cargada de regalos que su caminar, si ese año no había tocado también unos patines, era torpe y lento y a Rosarito y los gemelos, contentos y felices con sus estuches de colores -los que invariablemente les traían los Reyes-; pero, a la vez, curiosos y expectantes por cada uno de los objetos que su prima llevaba entre los brazos.

La noche de Reyes los niños se fueron pronto a dormir. Cuando los tres aperos disfrazados de Magos de Oriente entraron por la ventana del dormitorio de Rosarito y sus hermanos, los gemelos hacía bastante que dormían profundamente; sólo la niña, a su pesar, continuaba despierta (le asustaba que tres extraños, uno de ellos con el rostro embadurnado con carbón, aún más fantasmagórico que el resto por el cerco rosa que tenía alrededor de los ojos, deambularan por la habitación con plena libertad). Se tapó la cabeza con las mantas y habría sido regurgitada por el embozo en cuanto los hombres disfrazados se fueron si no se hubiera quedado tan profundamente dormida como sus hermanos.

El gallo aún no había cantado, sólo las criadas que se ocupaban de encender el fuego deambulaban por la casa como almas desvalidas y el día apenas llegaba a ser una claridad sucia en el horizonte, cuando los gemelos se levantaron. ¿Cuánto se tarda en desenvolver un estuche de colores? Los miembros de Rosarito respondían a un cerebro que parecía estar todavía profundamente dormido y soñando. Tardó en admitir que estaba espabilada y consciente; para entonces sabía que su abuela ya estaría esperándolos ante el desayuno. Bajó las escaleras saltando los escalones de dos  en dos y, a pesar de estar prohibido, corrió por el pasillo hasta llegar al comedor. Ese día doña Angustias recibió el primer regalo de Reyes inesperado en mucho, mucho tiempo: dos sonoros besos en las mejillas de la nieta cuyo odio  había labrado con tanto esfuerzo. En ese preciso momento el rostro macilento, apergaminado y cetrino de la mujer se cubrió de un rubor que la favorecía y convertía su expresión de moribunda en otra de sincera alegría.

Quienes se preguntaban por la razón de la inesperada muestra de cariño de Rosarito, tuvieron la respuesta cuando los demás niños bajaron. Los gemelos cargados con cuentos, peonzas, pelotas, patines, bolsas de caramelos... y Gusti contenta y feliz con sus tres estuches de colores.

(El final feliz de un cuento sólo está en el preciso momento en el que se escribe la palabra fin y  se nos exige darnos por satisfechos sin preguntar qué ocurrió después).

6 comentarios:

  1. ¡Que barbaridad, que abundancia! Es lo que más me ha llamado la atención, de tan bien hilado relato. Seguro que tuvo que ocurrir muuucho antes de mi epoca de niñez. Me enteré que existía tal abundancia, al leer la bodas de Camacho en el Quijote.

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    1. Rosarito en la actualidad tiene 80 años y vive en un asilo de Málaga, cuando ocurrió esto tenía 11 años, así que era plena posguerra: 1943 o 44. En el cortijo nunca se pasó hambre, ni siquiera durante la guerra. Pero tal abundancia sólo existía para las tres mujeres que vivían en la parte noble del edificio: Angustias, su hija y su nieta. Rosarito recuerda que ese mismo año se tiró todo el invierno con la suela de uno de sus zapatos agujereada, desgastada, y que por la noche la arreglaba con un trozo de cartón que pegaba en la parte de dentro del zapato con cola hecha con la resina que cogía de los troncos de los almendros y agua caliente. Lo malo era cuando llovía: el agua le empapaba el pie y el cartón se desmigaba.

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    2. Procuraba un comentario literario sin más, pero ahora me conmueve la historia de Rosarito. Mi profundo respeto hacia ella.

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    1. Gracias. Con éste el cuaderno se acabó.

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  3. Lo bueno de Rosarito es que ha tenido una vida bastante larga y, dentro de lo que cabe y a pesar de su infancia algo difícil, bastante feliz. Se fue a Barcelona, se casó, tuvo un hijo, regentó un bar hasta enviudar, se volvió al pueblo paterno y estuvo viviendo en el mismo cortijo donde pasó la primera época de su vida (pero ahora sí, en la parte que le estaba vetada). Cuando empezó a sentirse achacosa, se ha buscado un buen asilo.

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