lunes, 23 de abril de 2012

Negro sobre blanco

Sospecho que si mi casa no hubiera estado llena de comics y tebeos, a mí jamás me habría gustado leer. Los comics pertenecían a mi hermano mayor (15 años de diferencia). Eran de miedo, de kárate y pandillas callejeras; también pululaba por allí, pasando de mano en mano, El Jueves. Ninguno de ellos apropiado para una niña -creo. Los de miedo eran excesivamente eróticos y macabros, los de kárate eran excesivamente violentos, y eróticos; los de las pandillas callejeras eran excesivamente violentos y pornográficos. Ver los dibujos, cuando aún no sabía leer, me hacía imaginar historias tremendas de chicas desvalidas y mártires que siempre terminaban muriendo. Luego pude comprobar que nada tenía que ver con lo que aquellas historias contaban en realidad.

Claro que si no llega a ser por los tebeos, habría sido por rebeldía. Si te dicen desde pequeña que no puedes hacer algo, sientes la tentación de hacerlo, al menos durante una época de la vida que casi siempre está al borde de la adolescencia. Supuestamente no tengo capacidad para disfrutar de un buen libro -puede que por eso no sea capaz de leer (y entender -porque leerlo sí lo he hecho) el Ulises de Joyce.

Los escritores son seres irreales. Conozco sus voces, he escuchado entrevistas y conferencias de muchos; pero son inmortales. Sus ideas y sus palabras transcenderán mucho después de que todos nosotros hayamos desaparecido. Por unos momentos me gustaría estar en la mente de uno de esos escritores y saber qué engranajes se mueven en su cabeza mientras está imaginando la trama de una novela o un cuento; pero a la vez me daría miedo averiguarlo porque es fácil que descubrir el funcionamiento exacto de las cosas lleve a la decepción.




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