lunes, 30 de abril de 2012

La dulce respuesta del silencio

A menudo parloteo. Hablo de libros a quien sé que no le interesa, como a Guille o mi madre, por la simple necesidad de compartir algo que me ha emocionado o ha resultado extraño. Debería apuntarme a un grupo de lectura para cubrir ese capricho, pero temo que en cuanto la lectura se convierta en una obligación y no en un acto de rebeldía (siempre me han dicho que no disfrutaría de los libros), dejará de ser un placer.

Cuando leí El Quijote, no recuerdo exactamente qué edad tenía, pero era verano y aún vivía con mi madre en la Base Aérea de Málaga, me gustó tanto el episodio donde regalan a Sancho una ínsula para burlarse de él y sale bien parado de todos los problemas que se le presentan, que se lo conté a mi madre con todo detalle. Pensaba que no prestaba atención; pero hace poco la escuché contárselo a una vecina, fardando de tener una hija que leía mucho.

Con Guille pasa más o menos igual. Le suelto mis historias, le hablo de lo que leo y pienso que no me presta atención, pero ayer apareció El espía, de Justo Navarro. Animalico mi Guille. Debo haberle soltado tantos rollos que ya conoce mis escritores favoritos. Los tres Mosqueteros, los llama: Saramago, Muñoz Molina y Justo Navarro... Me conoce mejor que yo, creo. A mí nunca se me habría ocurrido ponerlos en una lista de preferencias.

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