jueves, 19 de septiembre de 2013

Sin perdón

Dice mi madre que no hay nada peor que darle un poco de poder a un tonto. Creo que ella lo dice pensando en Francisco Franco, el dictador, ese tío que en las imágenes en blanco y negro parece un viejecito bonachón de voz meliflua, monótona y pastosa y mueve de arriba a bajo el brazo derecho como si fuera un gato chino de la suerte. A un tonto no sólo lo identifica la falta de inteligencia; las interacciones humanas también son importantes para considerar lista, o no, a una persona. Hoy me he topado con uno de estos seres.

Esta mañana terminé pronto en la obra. Iba con el uniforme de las visitas a la obra (en este momento están poniendo unos paneles específicos para los laboratorios, con un pegamento especial que echan con pistola a presión y que escupe unos diminutos pegotillos que estropean la ropa). Creí que no tenía importancia ir de tal guisa a los juzgados, a recoger la documentación de la última pericial para la que me han llamado (parece que es para lo único que hemos quedado los arquitectos). 

Cada despacho de un juez es precedido por una sala grande donde hay una media docena de personas (suelen ser muy simpáticos y amigables -aunque hay que pillarlos de 11 a 11:30 porque antes habrán salido a desayunar y después, habrán ido a tomarse un tentempié (quisiera decir que es una exageración, pero me temo que no es así)-). A esos señores se le conoce, en el documento que entregan los juzgados, por Negociado: X (la X corresponde a la inicial de su nombre de pila).



La documentación de los pleitos, por lo general, es muy divertida. Cuanto más tiempo ha estado activo el pleito, más tacos de papel tiene. Explicación del juez de lo que ha ocurrido, periciales de una parte, periciales de otra parte, periciales imparciales (que son las que yo suelo hacer), alegatos de los abogados... la documentación de esta mañana se habrá llevado 1/4 de árbol, unas 4 resmas (un árbol proporciona unas 16 resmas). 

Estaba imbuida leyendo (un edificio con estudio geotécnico pero con una bolsa de arcilla que no se detectó).Uno de los señores de la sala grande me pidió que fuera a ver a la jueza. La expresión tener cara de juez, nunca ha podido ser mejor utilizada. Estaba seria, como si le acabaran de pisar el dedo gordo del pie con un tacón de aguja. Sin previas presentaciones, comenzó a echarme una bronca tremenda, que me habría aterrado, de no estar tan pasmada. ¿Qué había hecho para enfadarla tanto? Durante cinco minutos fue como un martillo percusor en mis oídos. Después de cuatro o cinco frases comprendí que estaba metiendo la pata y me estaba echando la bronca destinada a otra persona. Quise explicárselo, pero me mandó callar y obedecí. Al parecer la secretaria de otra perita había ido en su nombre a comprobar la documentación (cosa que yo misma he hecho en muchas ocasiones -en los juzgados de Barcelona casi siempre va Guille en mi lugar-. Cuando se calmó, se lo expliqué y se enfadó por que no se lo había dicho antes. Llamó al secretario para echarle también la bronca por haberse equivocado de persona (la secretaria había salido por patas -chica lista-) y luego me echó también a mí la bronca por no ir vestida como una arquitecto. La hubiera perdonado... si me hubiera pedido disculpas (un mal día lo tenemos cualquiera).

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