martes, 10 de septiembre de 2013

La edad de la inocencia

Para los que sólo éramos conocidos, teníamos mala fama y el deseo de que la sospecha no se convirtiera en una realidad nos enseñó, a mis hermanos y a mí, a mostrarnos bastante indiferentes (casi sumisos) ante cualquier acusación falsa (nos culpaban de todo lo malo que ocurría a nuestro alrededor). 

Cuando tenía trece años, mi hermano mayor y mediano vinieron a buscarme al internado para llevarme al médico porque los mareos me impedían mantenerme en pie (una simple infección de oído). Mientras uno de ellos iba a buscar el coche que había aparcado lejos, yo permanecía abrazada al otro en el vestíbulo del colegio. Un gesto bastante inocente: me aferraba con ambos brazos a su cintura. sor Matilde, una monja que acababa de llegar de Mataró y de la que fui una de sus alumnas favoritas al año siguiente, sin preguntar ni interesarse por nada, sacó conclusiones erróneas y nos echó una bronca en voz baja e innecesariamente larga (habíamos comprendido que la molestábamos y mi hermano me dejó apoyada en la pared, en una esquina, sin protestar, sin dar explicaciones). No recuerdo qué nos dijo exactamente, pero de la memoria no se me han borrado las palabras sinvergüenza y encerrados en la habitación de un motel. En aquel momento sólo pensé que era una de las muchas manías más de las monjas: No pongáis los codos en la mesa. No comáis con la boca abierta. Cruzad las piernas a la altura de los tobillos cuando estéis sentadas... No abracéis a vuestro hermano dentro del colegio. Tardé varios años en comprender qué había visto sor Matilde (en lugar de a un hermano que se deja abrazar para impedir que su hermana se dé una leche contra el suelo). 

No sabría nada de Miley Cyrus si mi sobrina no hubiera sido su fan cuando hacía el papel de Hannah Montana en una serie de TV de Disney. Luego la actriz-cantante se hizo mayor mientras mi sobrinilla maduraba, y dejó de gustarle. Ahora Miley Cyrus hace lo que han hecho muchos cantantes desde Elvis Presley: provocar; con sus movimientos sensuales-barriobajeros, su desnudez y gestos. Y un periódico, progresista, supuestamente, como es El País, se dedica a criticar cada una de las actuaciones de esta cantante. Me pregunto si tardaré de nuevo varios años en darme cuenta de qué ven los ojos de los otros (tal vez un futuro juguete roto, como Amy Winehouse, o una inteligente campaña de publicidad de la compañía discográfica de la cantante o sólo ñoñería ante la provocación).

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