lunes, 30 de septiembre de 2013

El dulce embarazo de María Manuela

Las curvas en el cuerpo de María Manuela estaban erradas. Allí donde debería haber una protuberancia, existía una concavidad tan pronunciada como la boca de una cueva y donde la sensualidad y las manos ajenas buscaban llanuras, la naturaleza y la gula la dotaron de unos abombamientos fláccidos capaces de anular al mayor de los apetitos carnales.

María Manuela no se percató de su escaso atractivo físico hasta pasada la adolescencia, cuando todas sus compañeras de clase, incluidas las más tímidas, eran capaces de contar con todo detalle encuentros furtivos con chicos donde había besos y caricias atrevidas, y ella debía limitarse a callar porque en sus experiencias nunca existió otra persona.

Poco a poco María Manuela fue excluida de los corrillos que se formaban durante el recreo para contar secretos. Era considerada un topo, se sentían amenazadas por ella porque era la más atenta a cuanto se relataba y si interrumpía el silencio sólo era para incitar a que continuaran hablando. Supo que sus compañeras preferían evitar su compañía cuando dio la casualidad que siempre que se acercaba a uno de los grupos todas guardaban repentinamente silencio y nadie volvía a abrir la boca hasta que se alejaba, o cuando al acercase, el grupo se deshacía repentinamente, como una bandada de pájaros que se dispersa por un disparo y vuelve a agruparse al volver la tranquilidad.

Tres trozos de tarta de queso, dos de bizcocho de arándanos y cinco porciones de tocino de cielo más un Cola-cao fue el desayuno que María Manuela tomó la mañana que dejó de ser indiferente para sus compañeras. Había tenido que salir corriendo apenas comenzada la primera clase para arrojar en tres segundos lo que había tardado tres minutos en tragar. Durante el tiempo de descanso, lo que fue bandada de pájaros se convirtió en enjambre y María Manuela parecía ser la abeja reina. Le agradó tanto ser el centro de atención que fingió vomitar al día siguiente, y al siguiente y al siguiente... Una semana completa de fingimiento que sólo parecía corroborar el rumor de su preñez. Cuando el chisme llegó a la interesada, en lugar de desmentirlo tajantemente, compró una prueba embarazo, le dibujó con rotulador dos rayas y lo dejó abandonado en el baño del colegio, del que salió llorando como una magdalena.

El embarazo terminó como había comenzado: tres tartas de queso, dos bizcochos de arándanos y cinco tarrinas de tocino de cielo. María Manuela sólo quería que su cuerpo adoptara las curvas de una embarazada. Los padres de la desdichada nunca supieron por qué sobre el féretro de su hija sus compañeras de clase colocaron dos cruces, una de rosas amarillas y otra, mucho más pequeña, de capullos blancos.

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Esta historia me lo contó esta mañana mi aparejadora, mientras esperábamos a que llegara la persona que nos tenía que atender en el juzgado (para sacar fotocopias de los expedientes, hay que llevar los folios -cosa de los recortes-). Ocurrió en la década de los 80 en el Colegio Barrio Fígares.

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