jueves, 15 de diciembre de 2011

La ceguera de la vidente

Tengo tres hermanos y cuatro o cinco cuñadas (en este caso no cuento a la hermana de Guille). Dos de las cuñadas son fijas, las otras intermitentes, pero no simultáneas. Lo que pasa es que cuando dejan de ser novias de mi hermano tardan en irse, en desaparecer del todo. 

Ayer tuve la visita de una de mis cuñadas fijas, la única que me ha hecho tita. Me pidió que la acompañara a la "consulta" -pensé que iba al médico, y por supuesto, accedí-. Fuimos hasta la calle Santa Clara, en el barrio del Zaidín, de aquí, de Granada. Subimos hasta una quinta planta a pie porque el edificio, aunque alto, no tiene ascensor (ni posibilidades de ponerlo, a no ser que lo haga exterior -lo siento, deformación profesional- siempre me fijo en esas cosas). En una puerta de contrachapado barnizada, un papel plastificado con dibujitos sacados del Office, se leía: Fina ~ Vidente. (Aún no salgo de mi asombro). En aquel momento no dije nada, aunque me sorprendió porque mi cuñada es una persona muy racional (se me están descuajaringo los palos del sombrajo en los últimos tiempos con mi madre yendo a un curandero -que para colmo la cura- y con mi cuñada yendo a la vidente). Una señora mayor bastante maltratada por el tiempo nos abrió la puerta y nos hizo pasar a una salita pequeña -como de casa de campo- con mesa camilla con ropa de cama, una catalítica en un rincón, muchos cuadros de santos y vírgenes colgados en las paredes, entre los que se colaba alguna fotografía antigua de, supongo, familiares. Nos hicieron esperar unos 15 minutos, asegurándonos que con la vidente había otra clienta -sería del más allá o tendría la capacidad de evaporarse- porque, de ser real y/o de carne y hueso, forzosamente debería haber pasado delante de nosotras. La vidente, la tal señora Fina, era la doble de la mujer que nos abrió la puerta, pero disfrazada de rumana, con un pañuelo  en la cabeza del que colgaba falsas monedas doradas y que tintineaban cuando decía que sí o que no. A mi cuñada ya la conocía de otras veces. Pensó que  yo también quería que me leyeran las cartas (forma de ver el futuro de esta señora). Le dije que yo pasaba. Que prefería que no lo hiciera. Aún así la señora insistió. Se prestó a adivinarme tres cosas, si las adivinaba me leía el futuro y yo le pagaba, si no adivinaba una de las tres, ella me regalaba una estampita de una virgen milagrosa que me guardaría de todos los males. Accedí. Los tres cosas que me predijo:

1º.- Mi novio estaba muy lejos, en Japón.
2º.- Mi novio se llama Guille
3º.- Tengo previsto un largo viaje para estas Navidades.

Bueno... el burro no hizo sonar la flauta ni por casualidad. Supongo que la señora y su hermana (el parecido entre ellas no puede ser por simple mimetismo), escucharon la conversación que mantuve con mi cuñada mientras esperábamos y se hicieron un pequeño lío. Si se hubiera fijado un poquito, la "vidente" podría haber visto colgado a mi cuello el anillo de casada. No lo utilizo en el dedo porque en la obra es peligroso, te lo puedes enganchar con un saliente, puntilla o clavo y quedarte sin dedo (para no tener que estar poniéndomelo y quitándomelo, por temor a perderlo, lo llevo en una cadenita corta de oro). Es más visible que si lo llevara en la mano.

A pesar de ello mi cuñada quiso que le leyera las cartas (una sarta de tonterías ambiguas). Veinticinco euros le costó que le tomara el pelo. Más otros diez de comisión por un billete de lotería que supuestamente va a tocar (nº 10101). En fin, mi cuñada es adulta, más adulta que yo. No creo que tenga derecho ni siquiera a pensar lo que pienso (imaginad).

[Nota informativa para los usuarios del blog de Antonio Muñoz Molina: Gotardo, el webmaster de la página, sabe que hay problemas, que no se puede acceder a las entradas más recientes, y está resolviéndolo. Espera que quede arreglado en breve -no es que sea vidente, es que le escribí un e-mail y me respondió casi en el instante -¡qué tío más amable!-]

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