viernes, 11 de mayo de 2012

Odio que me digas que me quieres

Qué ciudad más rara es ésta. Ayer era invierno, hoy verano, sin transición, sin unos días de templanza para que el cuerpo se vaya adaptando. Manga larga y chaqueta un día, y al siguiente manga corta y los pies atrapados en un calzado semejante a una sauna porque aún no ha dado tiempo a adquirir unas sandalias. Sufro una especie de yet lag por culpa del cambio súbito de la temperatura y por que hoy ha sido un día muy extraño. Guille se quedó en la cama hasta tarde (las siete y media de la madrugada es tarde para él, a veces se levanta cuando yo me acuesto, coincidimos a posta para desayunar-cenar). Cuando le pregunté, me dijo que simplemente estaba muy cansado, pero de repente preguntó: Sabes que te quiero, ¿verdad? Le dolía el brazo izquierdo, la espalda y el cuello. No me pondré melodramática, no quiero recordar el miedo súbito ni las horas interminables en urgencias. Por fortuna no siempre es lo que parece. Se trata sólo de un nervio pinzado que están tratando con calmantes y relajantes musculares. Siempre me ocurre lo mismo: después de uno de estos miedos que casi me paralizan, siento como si todo discurriera a cámara lenta. 

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