jueves, 11 de agosto de 2016

Verde que te quiero verde

Una de las cosas que mejor recuerdo de los veranos que pasaba en el pueblo con mi abuela, son los baños que me daba en la alberca de su casa de campo. Cada tres días me llevaba a ponerme en remojo durante todas una mañana, como si fuera un garbanzo para el cocido. Que fuera cada tres días, tenía una explicación. Era el periodo con el que regaban. La alberca quedaba vacía casi en su totalidad y la llenaban con el agua del mismo pozo donde sumergían melones, sandías y cervezas para que se pusieran frequitos. El sol necesitaba al menos dos días para quitarle el susto al agua, para templarla. 

El agua de la piscina olímpica de saltos se ha puesto verde. Al parecer debido a un alga  y por no haber pensado en los efectos que podían producir gran cantidad de nadadores. 



El despiste olímpico podría haber sido peor. Por ejemplo, que no hubieran pensado en la resistencia que debía soportar el suelo de los participantes de halterofilia. O podrían haber puesto el techo del palacio de deportes donde compitan las gimnastas de rítmica, demasiado bajo. En el colegio era divertido jugar a ensartar el aro en una luminaria que estaba a unos tres metros del suelo. Todas las semanas el conserje tenía que arriesgar su vida para deshacer el entuerto producido por la buena puntería de algunas. O podrían haberse olvidado de poner aseos en los vestuarios de la piscina... Aunque: amarillo + azul... ¿qué color produce esta mezcla?


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