sábado, 6 de agosto de 2016

Tedio

En los meses de invierno, los olores y los ruidos del patio de vecinos al que da mi cocina, arremeten contra los sentidos e incitan a mantener siempre cerrada esa ventana. Ahora añoro el hedor a coliflor cocida, a potaje o frituras que subían desde las profundidades y se colaba en mi casa apestándola. En estos días el patio, por la noche, sin ninguna vivienda iluminada, parece un pozo sin fondo. 

Primero se fueron los estudiantes. Luego los dos ancianos que aseguran que sus pisos serán sus sarcófagos, emigraron a sus pueblos. Incluso mi vecina beata, tan apegada a sus cosas, ha escapado a la casa de un familiar en las Alpujarras. A la par marcharon las familias con hijos a la playa. Y ayer, de madrugada, Guille volvió a Barcelona porque aquí, la mayor parte del día, sólo me miraba trabajar. 

En cualquier otro momento, tener una tarde libre, sin obligaciones, me habría satisfecho. Pero hoy, sabiendo que los demás están en lugares más divertidos, me hace aburrirme de la soledad que otras veces anhelo. Lástima que sea demasiado tarde para refugiarme en una playa. Creo que recurriré a Dostoyevski.

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