domingo, 5 de junio de 2016

El falso glamur de la infelicidad

De uno de mis profesores de la facultad aprendí más trabajando en su estudio de arquitectura que en sus clases. Cada vez que apunto cualquier comentario tonto dicho por un cliente en su expediente, lo recuerdo. Es una costumbre que heredé de él. Aseguraba que todo el mundo tiene su verdad, y que no necesariamente la verdad de otra persona tiene que coincidir con la tuya. Si hoy alguien dice una cosa, puede recordar, sin creer mentir, que dijo completamente lo contrario. Y tenía razón, esos comentarios apuntados en un archivo de txt me han evitado creer en más de una ocasión que mis neuronas no funcionan como deberían. 

En cuarto de primaria tuvimos de profesora a una monja que se obstinaba en obligarnos a mantener la espalda erguida para que no nos saliera chepa. Nos corregía la mala postura hincándonos el índice en el espinazo y exigiendo que nos pusiéramos bien. Ese simple contacto entre los omóplatos, que apenas duraba dos o tres segundos, tenía de libidinoso lo que una patada en las espinillas. Ni siquiera dolía, sólo obligaba a dar un respingo porque siempre era inesperado. No había olvidado a la profesora. Se portó bien conmigo: fue severa. Pero mi memoria sí había enterrado casi por completo aquella costumbre suya, y puede que jamás la hubiera recordado de no encontrarme hace pocos días, en el perfil de Facebook de una antigua condiscípula, la detallada descripción del gesto de la monja, pero convertido en un severo castigo del que, insinúa mi compañera, la profesora sacaba placer sexual. Se regodea en el martirio que para ella significó aquella experiencia. Lo considera el origen de mil problemas que ha tenido con posterioridad. Todo su perfil parece tener un único fin: hacer alarde de su infelicidad, como si eso la hiciera más interesante, y no más lamentable.

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