miércoles, 4 de noviembre de 2015

¡Váyase, señor Muñoz!

¿Cómo se puede llamar de forma elegante memo a un pepino de mar? Reconozco que no sé hacerlo. Aunque me eduqué en un colegio de monjas, hasta los 14 años estuve asilvestrada y desde entonces fui influenciada por los amigos motoristas de mis hermanos y los obreros con los que tengo que lidiar casi todos los días. Sin eufemismos, se podría decir que soy más bruta que unas bragas de esparto. Admiro mucho a esas personas que saben destripar a un memo sin pringarse. 

Como respuesta al documental Imprescindible que la televisión española dedicó a Antonio Muñoz Molina, un señor llamado Alberto Olmos ha escrito una crítica (¿eing?) tan absurda e insustancial, tan sin fundamentos, que desde el principio al fin todas las palabras evidencian un ataque a la persona y no a la obra, que es lo que nos debería importar realmente de un escritor. 

Entre las muchas majaderías de la supuesta crítica, sobresale el siguiente párrafo:

Antonio Muñoz Molina debutó de clásico, desde arriba, siendo un caso sintomático de la cultura española en los años noventa, donde primero se volvía uno imprescindible y luego se buscaba el porqué. Llevamos 30 años dentro de la dictadura de la consagración, y por eso hoy no se consagra nadie: no hay sitio.

Aquello fue como el juego de las sillas musicales, que se dejó de jugar cuando una veintena de nombres ocupó los escaños de la gloria y decidió que con ellos terminaba la melodía.

Sin quererlo, el sr. Olmos ha sido sincero en esa parte de su parrafada: ¡Váyase , señor Muñoz! (para que me ponga yo). Como si el puesto que ocupa Muñoz Molina en la literatura española actual fuera transferible. 

En fin, este tío me parece un memo. Ustedes me perdonen por no saber decirlo con delicadeza. 

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