martes, 3 de noviembre de 2015

El gran salto (historieta) - Segunda parte

Lolita se despojó de las bragas y la falda. No dejó que la tocara, sólo le permitió mirar mientras ella misma se proporcionaba placer. Después utilizó el baño sin cerrar la puerta, sin importarle que la escuchara orinar, como si fueran una pareja antigua y consolidada. Volvió, apresurada, para recuperar la falda y cubrirse con un chubasquero que sacó de su mochila. La ropa interior quedó tirada en el suelo. Antes de irse con uno de esos besos ligeros y efímeros en los labios con los que se suelen despedir los amigos íntimos, Lolita le confesó a su profesor que si se hubiera asustado por su comportamiento, en aquellos mismos momentos estaría encerrada en el trastero de la limpieza, con los ojos hinchados por el llanto.

La esperaban para comer. Sus amigas ya habían llegado a la hamburguesería. Las estuvo observando desde el escaparate hasta que Tania se percató de su presencia y le hizo un gesto con la mano para que se apresurara a unirse al grupo. Durante algunos meses, desde la muerte de su madre, Lo había sido mimada por todas; ahora le tocaba a Lidia: sus padres se estaban divorciando de la peor forma imaginable.

¿Por qué eran amigas? No se parecían en nada. Loreto quiso bendecir la mesa y todas se persignaron aunque ninguna otra era creyente. El novio fantasma de Tania, al que sólo habían visto en un par de fotografías borrosas, ocupó la mayor parte de la conversación. Le siguieron los quejidos de Cristi, por su trabajo de mierda limpiando el edificio más alto de la ciudad. Nadie preguntó a Lidia por el asunto de sus padres, y ella tampoco sacó el tema. Cuando preguntaron a Lo por su vida, se encogió de hombros: su padre bien; Gus, bien. Todo bien. Incluir a Humberto habría implicado demasiadas explicaciones y ella tenía cita con su suegra. Dejó que sus amigas fueran solas al baño. Ella se quedó guardando las chaquetas y los bolsos. En el de Cristi, Lo metió su reproductor de música, para compensar el peso de las llaves que había sustraído.

La hora que todas las tardes Lola solía pasar con su suegra, era el único rato que don Manuel tenía para descansar. Solía aprovecharlo para ir al bar o dar un paseo. Las dos mujeres se sentaban ante la televisión y veían un culebrón sudamericano. Las cataratas sólo permitían a doña Catalina ver luces y sombras. Lola le describía el rostro de los protagonistas, los escenarios, el paisaje y los vestidos. A menudo los adornos que un presupuesto menguado impedía, salían de la imaginación de la joven. La mujer, con un amor maternal y sincero, le había dicho decenas de veces lo contentos que están por su relación con su hijo, su único tesoro.

Otras noches Lola aceptaba la invitación de don Manuel a cenar con ellos, pero no ésta, tenía un compromiso ineludible.

Cincuenta y dos pisos. Un edificio alto para una ciudad de provincias. La vista es impresionante. Casi todo el cielo se ha despejado. Quedan algunos cúmulos verticales, blanqueados por la luz de la luna. Sus formas están tan perfiladas que parecen elementos sólidos, compactos, de metal. En el horizonte las estrellas y las luces de casas y pueblos lejanos se confunden en mitad de la profunda oscuridad. El suelo de la azotea es de grava suelta, resulta complicado caminar por la superficie irregular. El lugar apesta a la grasa de algunas máquinas de calefacción y refrigeración. Hacen ruido, pero sin llegar a ser molesto, se parece al zumbido de un abejorro en verano. La luz de las farolas de la calle es muy pobre. Los conos se abren y expanden sin llegar a adicionarse los unos a los otros, dejando entre la claridad amarillenta mucho espacio de penumbra. Una ambulancia pasa fugaz y acaba con la oscuridad. Tranquiliza a Dolores. Ahí abajo no hay nadie. Deja su mochila de estudiante en el suelo y sobre ella las llaves de Cristi para evitar que se hundan en la grava. El parapeto que delimita la azotea debe de medir medio metro o 60 cm, como una encimera de cocina. Es fácil correr por él sin perder el equilibrio. Treinta metros se acaban en un suspiro. Cuando el suelo deja de sustentar a la joven, extiende los brazos y las piernas y piensa que sólo será un instante de dolor.

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No, yo tampoco sé por qué se suicidió Dolores.

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