jueves, 26 de noviembre de 2015

Estructurando el miedo

Desde pequeña me he martirizado pensando con hechos que podían ocurrir más o menos remotamente. ¿Y si hay un terremoto y huyo dejándome a mi madre atrás? ¿Y si soy incapaz de encontrar trabajo y termino convertida en una anciana indigente? El temor más recurrente, con el que me he castigado desde la más tierna infancia, tenía que ver con un supuesto embarazo. Nunca me intentaron engañar con fantasías de cigüeñas o paquetes enviados desde París. Creo que siempre lo supe, o, al menos, no recuerdo un momento de sorpresa en el que pensara: ¡Dios mío, es así como vienen a este mundo los bebés! Al principio me castigaba por culpa del pudor. Sentía de antemano una morbosa vergüenza por tener que exponer a un puñado de extraños mis partes íntimas. Cuando se me pasó la tontería del recato, llegó el miedo a no soportar la sensación de encerrar en las entrañas a un ser extraño y ajeno a mí. Creía que exigiría que me sacaran al bebé en cuanto sintiera las primeras patadas. Y al final llegó el terror a un embarazo no deseo con alguna de mis parejas de la universidad, no siempre propicias para la paternidad o para compartir alguna relación más o menos prolongada. Temores baldíos. Cada vez está más lejos la posibilidad de un embarazo. 

Mi amigo Nacho también comparte la frustración de no tener descendencia propia, aunque en su caso es por la decisión de su mujer. Pero la quiere demasiado como para dejarla por ese tema. Ella es restauradora de arte. Trabaja en un anticuario en París. Se complementan muy bien porque él es ebanista, probablemente el más preciso y quisquilloso que existe en esta parte del mundo. Viven pegados al Sena. El día de los atentados, Nacho estaba en Granada resolviendo un tema de documentos; su mujer, en París, en el taller del anticuario donde trabaja, terminando una reparación urgente. Regresó a casa pasadas las once, más de media hora de caminata, sin enterarse qué había pasado. 

El día 22 Nacho tenía planeado volver a París. Durante esos días se fue creando su propio miedo. Nacho tiene el pasaporte asaeteado por sellos de entradas y salidas de Marruecos. Es senderista y su cordillera, el Atlas. ¿Cómo van a saber los gendarmes que he ido a ver a la montaña y no a Mahoma? se preguntaba. 

Como tiene genes andaluces y los andaluces son más descendientes de quienes fundaron Al-Ándalus que quienes los reivindican en la actualidad, decidió teñirse de rubio para que su aspecto pareciera más del norte de Europa. Pero la barba cerrada que oscurece sus mejillas y mentón, incluso recién afeitado, lo delataba. Al final se marchó con la cabeza y las cejas rapadas. No tuvo problemas en el aeropuerto, que era su temor: que lo retuvieran durante horas para interrogarlo. Aunque a su mujer, que fue a recogerlo, le dio un susto tremendo porque temió que su aspecto se debiera a la quimioterapia y no a una absurda e inútil intención de disimular su aspecto. 

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