domingo, 22 de noviembre de 2015

Días contados

Adentrarse en la casa de mi vecina del segundo, es como hacerlo en un anticuario o en la mansión de una película de miedo en la que sabes que encontrarás tu rostro en alguna de las fotografías de principio del siglo pasado que cuelgan en sus paredes. Hoy bajé para compartir con ella algunos de los limones de la remesa de cítricos que regularmente me hace llegar mi tía del campo. (A 23 céntimos el kilo los venden ellos, de 1.50 a 2.00 € los suelo comprar yo por aquí, aunque de una calidad muy inferior; a 5.00 € los compra un compañero que ahora vive en el centro de París). 

Me gusta mi vecina cuando se olvida de la omnipresencia de Dios. Creo que es ella la que me manda, con una constancia que sobrepasa la terquedad infantil, a un par de beatas para que me den charlas cristianas. Cuando se olvida de Dios, mi vecina es muy interesante. Me cuenta cómo era el barrio y cosas de su pasado. Hoy fue uno de esos días, incitada, sin duda, por el álbum de fotografías que tenía en la mesita baja de la sala de estar y que comencé a hojear sin permiso mientras ella se cambiada la ropa de calle por una más cómoda. Acababa de volver de misa. 

Las fotografías eran en blanco y negro, antiguas, de cuando mi vecina era niña. Hace cinco o seis décadas. Es una mujer extraña, de una edad indefinida; la que sólo he preguntado de forma directa una vez, pero ella esquivó la pregunta con mucha coquetería. 

En una de las fotografías mi vecina señala a su yo del pasado. Es la imagen de un coro femenino de adolescentes, todas vestidas igual: pichi a cuadros, camisa blanca, corbata de la misma tela que el pichi y un velo transparente en la cabeza. La fotografía es lo suficientemente buena para distinguir el vello sin depilar de las piernas de una de sus compañeras. Con el tiempo mi vecina ha corregido la falta de garbo que le proporcionaba su constitución larguirucha y flaca. 

En otra de las fotos mi vecina es aún más pequeña. Posa en mitad de una calle que parece pertenecer a un país lejano -mi imaginación la traslada a Cuba-. La calzada está delimitada por un par de hileras de viviendas de dos plantas con modestos jardines delanteros que, sin embargo, están saturados de vegetación: árboles frutales o yedra que trepa por las fachadas hasta llegar a cubrirla. Parece un barrio rico, de clase media alta. Pregunto que dónde se encuentra y mi vecina se extraña que no lo reconozca. La calle está a la espalda de nuestro edificio. Algunas de las casas de la fotografía aún están en pie y sin muchos cambios. 



Cuando me apalanco de nuevo delante del ordenador, investigo. Tardaron en terminar de construir ese barrio. La casa más antigua de las que ha soportado las embestidas del tiempo y la especulación, data de 1935; la más moderna, de 1955. Dos plantas, patio trasero, un sólo dueño y enclavadas en un barrio que llaman La Otra Milla de Oro de Granada. Ninguna tiene protección histórica ni artística. Son solares demasiado golosos. Me temo que todas ellas tienen sus días contados.


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