sábado, 10 de mayo de 2014

Los enamorados - segunda parte

El viernes de feria la calle principal del pueblo siempre está atestada de gente vestidos con la elegancia que suelen reservar para los domingos. Es difícil caminar entre el gentío. Pegados a las aceras hay puestos donde venden alcaparras, gigantes chupetes de caramelo, trozos de exótico coco y almendras garrapiñadas que llenan de su aroma dulzón el aire. Los cinco metros acordados con su hermana parecen una distancia infinita si los separa una marabunta. La cabeza de Mauricio sobresale entre el gentío y lo ve girarse y buscarlo con la mirada. Si esa aparente necesidad de fijar en él la vista cesa o se retarda, Josué no puede evitar sentir una punzada de celos y de temor, imaginando que su hermana ha conseguido conquistarlo.

Las miradas constantes de Mauricio a Josué y la buena voluntad del padre Zacarías forzaron el noviazgo entre desconocidos. El sacerdote se percató de la inclinación que Mauricio, uno de los pocos alumnos que no había probado sobre sus carnes el latigazo de su vara de avellano, sentía por su compañero y una tarde los reunió en su despacho para humillarlo. Después de escuchar el ensordecedor silencio que siguió al primer golpe sobre las nalgas de Mauricio, la imaginación de Josué fue rápida y sus palabras frenaron el segundo varazo. Aseguró que Mauricio lo miraba porque estaba enamorado de su hermana, y que Griselda y él eran como dos gotas de agua: lo miraba a él para suavizar el dolor de su ausencia. Cuando, ya fuera del despacho, Mauricio pretendió agradecerle que lo hubiera salvado del castigo, la respuesta de su compañero le dolió más que los golpes: le exigió, entre insultos, que no se volviera a acercar a él. El padre Zacarías pudo comprobar muy poco después, durante un recital de poesía al que estaban invitadas las familias, que el parecido de los hermanos sólo estaba en la imaginación del enamorado. Lo que era equilibrio y belleza en el rostro masculino, se desmadraba en el femenino; los grandes ojos de Mauricio eran como los de un besugo en el rostro de la hermana y los labios carnosos del alumno parecían trozos de carne inflamada en la chica. Ese día el padre Zacarías, en parte por sentir remordimientos de conciencia, actuó como celestino. 

La conciencia de Josué tampoco está muy tranquila. Sabe que es injusto lo que están haciendo a su hermana y que tarde o temprano tendrán que buscarse otra forma de verse sin levantar sospechas. Si Josué pudiera colarse en la mente de su hermana en el lapso que transcurre desde que dice sus oraciones hasta que se queda dormida, no sentiría ningún pesar, pero sí mucho miedo. Griselda fantasea con matarlo mientras duerme y cortarle la mano derecha. La enterraría en el alcorque que hay frente a la casa de su vecina, dejando la punta de los dedos fuera. Seguro que la mujer, bastante cegata, los regaría pensando que eran brotes que salían con el inicio de la primavera, hasta que el hedor de la carne en descomposición le hiciera pensar que el bulbo de la planta estaba podrido y lo sacara. Sabía que la mujer moriría de la impresión: dos pájaros de un tiro. Griselda la odiaba porque solía hacer que se diera cuenta de todos y cada uno de sus defectos. 

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